La rubia Mireya canta ópera
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LOS artistas argentinos en Francia no sólo se destacan en la plástica, la literatura o el teatro, también hay quienes brillan en el mundo de la ópera; entre ellos se encuentran Jorge Zulueta y Jacobo Romano. Sin duda, este género ha sido siempre muy exigente porque requiere el trabajo de profesionales de distintas áreas: instrumentistas, cantantes, régisseurs , escenógrafos. Pero además, en nuestra época abundan otras dificultades: no es fácil hallar productores, los cantantes siempre tienen sus agendas completas, los teatros líricos no quieren arriesgarse con nuevas obras y prefieren dedicarse a las de repertorio.
Pese a esas complejas circunstancias, Romano y Zulueta han logrado realizar trabajos experimentales como La femme 100-tête , L´Empire de Dadi, dedicado a Erik Satie, y L´Hystérie , especie de collage lírico-teatral en el que se presentaba la ópera como el momento histérico de la historia de la música. Desde los años 80 han compuesto óperas concretas, en las que han renovado el lenguaje del canto dramatizado. También montaron María de Buenos Aires , primera ópera tanguera sobre música de Astor Piazzolla (arreglada y desarrollada por Zulueta) y letra de Horacio Ferrer, con una concepción escénica de Romano. En Francia, esta obra se estrenó en la Opera de Tourcoing y luego se representó en otras ciudades francesas, en los Estados Unidos y en Brasil.
Recientemente, Romano y Zulueta estrenaron con mucho éxito Un tango pour Monsieur Lautrec (música de Zulueta, guión de Jacobo Romano y libreto de Jean-Louis Bachelier, sobre una idea de Julio Cortázar). Esta nueva ópera escenifica la relación de Toulouse-Lautrec con Mireille, la prostituta que sirvió de modelo al pintor francés y que el artista retrató en Au salon de la rue des Moulins , el cuadro sin terminar que se expone en el Museo de Albi.
La hipótesis de Cortázar sobre la que se basaron los autores de la ópera es la siguiente: las cartas de Lautrec testifican que el pintor abandonó su cuadro cuando su modelo predilecta, Mireille, dejó París, hacia 1896, convencida por dos argentinos de que viajara a Buenos Aires. Después no se supo más nada de ella. Cortázar imaginó que Mireille, ya en Buenos Aires, había logrado independizarse del prostíbulo porteño y, con su pelo teñido, se había transformado en la rubia Mireya. De ese modo, habría enriquecido la leyenda de la rubia del tango de Manuel Romero. Sobre la base de esta idea, Romano organizó una estructura dramática. Primero, la acción se desarrolla en París y luego, en la noche porteña de fines del siglo XIX y principios del XX. Por eso, el primer acto de esta "ópera-latina" -así la calificaron sus autores- transcurre en París y el segundo, en Buenos Aires.
Un tango pour monsieur Lautrec se estrenó hace pocos meses en la Opera de Nancy, con régie de la española Blanca Li. El maestro Rüdinger Böhn dirigió la Orquesta Sinfónica y Lírica de Nancy así como a un conjunto de veinticuatro intérpretes en escena. El argentino Néstor Tirri colaboró en la estructura del guión, la escenografía la hizo el francés Bernard Michel y el italiano Emmanuel Peduzzi diseñó los trajes.
En su crítica para la revista francesa especializada Opéra International , Bruno Villier señala: "Se trata de una obra vital y muy evocadora(...) Zulueta compuso una partitura copiosa y romántica que recuerda la época de oro de Broadway y de Hollywood".
Como telón del escenario, hay una reproducción gigante del cuadro de Lautrec, que el guía del Museo de Albi comenta a los visitantes. La primera escena, en la que predomina el rojo, muestra un prostíbulo. Como explica Villiers en su reseña: "Luego de una brillante obertura, el compositor opone los coros a los dúos. Mientras que las ´señoritas´ de París y de Buenos Aires cuentan sus vidas, una docena de chiquilines juegan con figuritas. Los dúos reúnen a Mireille y a Lautrec, y también a Mireille y a Martínez-Brown, un estanciero, así como a dos hermanos rivales".
El desempeño de los intérpretes ha merecido también amplios elogios: "Valérie Millot presta a Mireille su voz cálida y sensual y su personalidad enternecedora en su rebeldía, frente a Philippe Duminy, que nos ofrece un Lautrec profundamente humano. Los intérpretes argentinos Víctor Torres, José Luis Barreto y Rubén Amoretti otorgan una autenticidad fascinante a los episodios relacionados con el tango".
El crítico francés destaca la acertada puesta y el vestuario: "Con los juegos de espejos y desdoblamientos que reflejan la mutua atracción entre París y Buenos Aires, la puesta inventiva de Blanca Li encuentra el tono justo. Los trajes de Emmanuel Peduzzi dan la impresión de que las telas de Lautrec se ponen a vivir delante de nuestros ojos".
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