La sonrisa de Kafka

Según una idea muy extendida, el autor de El proceso era un ser torturado y sombrío. Sin embargo, quien lea atentamente sus cartas y sus diarios podrá advertir también la alegría genuina de este escritor monumental
(0)
10 de mayo de 2008  

"Los libros de Chejov son libros tristes para gente con humor -aclaró por si acaso Vladimir Nabokov en un curso sobre literatura rusa brindado en Wellesley y en Cornell-. Solo el lector propenso a la ironía podrá apreciar verdaderamente el dolor que emana de su obra." Y así era en realidad. Para el autor de "La dama del perrito" las cosas eran (son) tristes y graciosas al mismo tiempo, como un velorio de esos donde se bebe café con vodka y se cuentan chistes divertidos. Resulta imposible al leerlo, o simplemente al mirar la vida con alguna amplitud, no comprender que ambos aspectos van siempre unidos por un puente estrecho.

La referencia es útil, además, para entender mejor a otro eterno malentendido de la literatura del siglo XX que lleva el nombre de Franz Kafka. Sobre él se ha construido una leyenda universal -admitida ya como irrefutable- según la cual el señor K fue poco menos que el monstruoso insecto de La metamorfosis o ese sujeto a la deriva que, por ejemplo en su novela El proceso , es perseguido sin causa ni objeto por una máquina de hacer burócratas y matar individualidades.

El tema es aludido de manera tangencial por el ensayista Josef Cermák en el recientemente publicado Franz Kafka/Ficciones y mistificaciones (Emecé), con prólogo de María Kodama, que cuestiona la inmensa cantidad de mitos que algunos autores inescrupulosos construyeron en torno a la figura de Kafka. Supusieron ellos (Cermák menciona concretamente a Michal Mares y Gustav Janouch) que Kafka era kafkiano, que se trataba de un ser siempre atormentado, apocalíptico, un pobre infeliz, un depresivo sin cura.

Artificio para incautos

Los primeros que salieron al cruce de esta extendida fábula fueron Gilles Deleuze y Felix Guattari en el ya clásico ensayo titulado Kafka, por una literatura menor , donde sostienen con buenas razones que el autor al que se consagran es un hombre que ríe, un ser profundamente feliz (con alegría de vivir) en cuya obra lo cómico aparece de manera constante. Nada de lo dicho está destinado a negar los aforismos sombríos, los momentos de angustia (¿quién no los tiene?) que Kafka revela tras la ruptura con Felice Bauer en 1918 o cuando se muestra realmente triste, cansado, con miedo a la vida y sin deseos de escribir. Pero la risa de Kafka brota a cada instante a pesar de sus declaraciones oscuras que, subrayan Deleuze y Guattari, tienden un cerco o una trampa en la que muchos críticos y simples lectores cayeron fácilmente. Una cosa es depositar el mal (la zona oscura) en una obra literaria y otra muy distinta es parecerse a ella.

No son justos aquellos que suponen a un Kafka siempre sufrido y en penumbras. El hombre tuvo sus momentos de alegría, risas, deseos y placer. Con no poca frecuencia practicaba natación, hacía gimnasia, remaba, trabajaba y tomaba sol desnudo en el jardín de su casa: el nudismo como filosofía de vida, al igual que la opción vegetariana en las comidas, era una de sus aficiones; de tanto en tanto, además, frecuentaba las tabernas de Praga, donde bebía y dialogaba con almas perdidas como la suya. Fue quizá para compensar los excesos (que incluían visitas reiteradas a los prostíbulos de la ciudad) que con el tiempo se hizo naturista. En un pie de página de los diarios por él compilados, Max Brod cuenta que Kafka siempre había mostrado interés por la terapia natural: "Siguió todas sus derivaciones: la comida cruda y vegetariana, el nudismo, la gimnasia y la antivacunación".

No fue tampoco un hombre pasivo de esos a quienes todo les da lo mismo. Durante su juventud y madurez Kafka se mostró afín al ideario socialista y abogó por la "solidaridad inmediata" con los excluidos. Mantuvo reuniones con los anarquistas checos y hasta redactó un proyecto de sociedad ascética básicamente compuesta por trabajadores pobres. Se lo podría ver como a un intelectual progresista, según la ambigua denominación moderna, un hombre austero, delicado, que deseaba con fervor a las muchachas con las que se cruzaba pero que, al mismo tiempo, concebía el trato con sus cuerpos como algo degradante o, tal como se lo expresó a una de sus amantes circunstanciales, "un castigo por la felicidad de estar juntos".

Si consideramos estas contradicciones y cierta visión atormentada del amor, que se refleja nítidamente en varios relatos y pasajes de los diarios, debe aceptarse que las chicas funcionaron para el escritor como una interesante vía de escape a la despótica influencia de su padre, el severo y denostado Hermann Kafka, que despreciaba la vocación literaria de su hijo. Pero aun ese punto es discutible, porque ese padre malvado ayudó, acaso involuntariamente, a la gestación de una obra en eterna resistencia contra las limitaciones que el destino le imponía.

De Felice a Milena

La sonrisa de Kafka no se desliza tanto en sus abrumadores y por momentos fingidos mensajes a Felice Bauer (la abundante correspondencia con esta esposa imposible compone, según el escritor, "cinco años de tortura") como en las más relajadas cartas a Milena Jesenská. Fue ella, quizá, la mujer que más cerca estuvo del espíritu libre del escritor. Y fue con ella con quien Kafka pudo empezar a superar sus angustias y enfrentar la vida como nunca antes. Incluso el tono de las cartas que le escribió es más franco y espontáneo que el que caracterizó el intercambio con Felice. "El día es tan corto. Transcurre y termina contigo y fuera de ti. Apenas me queda un rato para escribirle a la verdadera Milena, porque la Milena más verdadera aún ha estado aquí todo el día: en la habitación, en el balcón, en las nubes", le dice en una de ellas.

La habitación a la que Kafka alude estaba situada en un hotel de Viena donde los amantes se habían encontrado en dos o tres oportunidades y no solamente a conversar. Milena, una especie de salto a la alegría, se colocó más cerca de la sensibilidad artística y amorosa del escritor. El checo le escribió cartas menos trascendentales pero más honestas que al resto de sus amores. Con ella, el escritor intentó superar el casi patológico miedo a la vida. Por algo le ofrendó sus diarios, máxima donación imaginable para alguien como Kafka, extremadamente cauteloso a la hora de exhibirse ante los otros.

Joven, rica, desgraciada y rebelde, Milena está signada por la transgresión en todas sus formas. Se embriaga con alcohol, música, cuadros y las novelas de Dostoievski. A los catorce años le da un beso a un amigo de su padre, treinta años mayor que ella. Un poco más tarde, posa desnuda para pintores, prueba cocaína, se hace practicar un aborto, cruza a nado el río Moldava en plena noche para acudir a una cita amorosa, se enamora de Kafka pese a estar ya comprometida. Y una vez establecida con él una relación sentimental que empieza (cuándo no) con cartas, lo insta a compartir una cama en un hospedaje de Viena, petición a la que Kafka accede anteponiendo todo tipo de reparos defensivos.

Kafka llega a entender con Milena que el sexo puede ser agradable y que su ejercicio es doblemente placentero si el amor o alguna mínima corriente de afecto domina la escena. En Viena, al menos por un tiempo, Kafka se entrega a la alegría de amar con locura a una mujer. Los dos suben, un día, a una colina boscosa y allí se tumban al sol. Milena descubre uno de sus hombros (primero el derecho, detalla él con su habitual precisión) y Kafka fotografía el instante con palabras conmovedoras y algo inusuales en su discurso: "(...) tu rostro sobre mí en el bosque y ese descansar mío sobre tu pecho casi desnudo".

Mujeriego incurable

Franz Kafka no lo pasó mal en su vida cotidiana. Tuvo casa, comida, buen trabajo e incluso se jubiló con una asignación razonable. Fue además, usando la jerga moderna, un mujeriego incurable. A los 33 años un comentario al pasar revela la intensidad con que se dedicó a las damas: "¡Cuántas complicaciones con muchachas! -escribe en su diario-. ¡Cuántos problemas a pesar de todos mis dolores de cabeza, el insomnio, las canas, la desesperación! Voy a contarlas: desde el verano ya van por lo menos seis. No puedo resistir. No puedo no ceder al deseo de admirar a todas las que son dignas de admiración y amarlas hasta agotar esa admiración".

También es cierto que el hombre no gozó de celebridad pública (sí, de manera creciente, luego de su muerte), no pudo formar una familia, tuvo casi un único amigo y temió la sola existencia al tiempo que se aferraba a ella con la mayor energía posible a través de la palabra como principal recurso. Pero no logró establecer lazos duraderos en el terreno afectivo. Consiguió en cambio "casarse" con la literatura, un matrimonio que jamás abandonó.

No todo el mundo sabe, sin embargo, que sobre el final de su vida (truncada por la tuberculosis cuando había cumplido poco más de cuarenta años), Kafka logró establecer un vínculo afectivo tan normal como intenso con Dora Diamant, una judía berlinesa de 19 años con quien convivió felizmente y hasta pensó en casarse. Ambos lo habrían hecho, seguramente, si la dolencia física no hubiera ganado la carrera.

Dora era una joven polaca que había conocido a Kafka en un centro de vacaciones de la costa báltica llamado Muritz, donde trabajaba como voluntaria atendiendo a niños judíos. Enseguida fueron a vivir juntos a Berlín. Allí las veladas discurrían entre largas discusiones sobre literatura y compartidos ideales políticos: ambos coincidían en defender una ingenua forma de socialismo agrario.

Puerto final en la vida de Kafka, Dora aparece cuando la existencia del autor checo ya está cercada por la enfermedad. Con esa mujer (la última antes de la señora muerte), el escritor alcanzó a convivir durante varios meses, algo que hasta el momento no había ocurrido con ninguna otra. La conexión entre ambos iba más allá de lo íntimo ya que, a diferencia de otros amores más inestables, este vínculo abarcaba también lo intelectual. Dora ayudaba a Kafka con sus estudios de hebreo y él le enseñó a considerar la literatura algo sagrado, absoluto, incorruptible, leyéndole una y otra vez sus libros favoritos. Los dos concibieron un plan de mudarse a Tel Aviv; allí abrirían un restorán en el que Dora -que además era actriz- iba a ser la cocinera y Franz, el camarero.

Nada de lo subrayado hasta aquí abona el mito de un Kafka oscuro y desgraciado. Quizá la idea fue alimentada (¿forzada?) por aquellos que no pueden concebir una convivencia posible entre genialidad y alegría. O por quienes piensan que la felicidad es un don que no admite la angustia y que, por alguna razón desconocida, no puede ni debe armonizar con el indiscutible arte kafkiano de escribir como los dioses.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.