La tercera vía de Giddens
Por William Underhill Para La Nación - Londres, 1998
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RECTOR de la London School of Economics, presentado a menudo como el intelectual predilecto del primer ministro británico Tony Blair, el sociólogo Anthony Giddens, de 60 años, ha llamado la atención por sus ideas respecto al desarrollo de una nueva política que evite caer en la ultraizquierda o la ultraderecha. Precisamente, las expone en su último libro, The Third Way: The Renewal of Social Democracy (La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia), publicado a mediados de septiembre. Días después, disertó sobre ellas en Nueva York, donde compartió el estrado con Blair y Clinton. Antes de partir hacia allí, concedió una entrevista a Newsweek , de la que ofrecemos el siguiente extracto:
Underhill: - Los políticos llevan décadas hablando de una tercera vía. ¿Por qué se ha reavivado a tal punto el interés por el tema?
Giddens: -La expresión "tercera vía" venía dando vueltas desde hace un tiempo pero, por lo común, designaba las tradiciones medulares del socialismo parlamentario y la socialdemocracia. Hoy tiene un significado muy distinto: intentar seguir un curso intermedio entre las dos filosofías predominantes que nos han fallado, el socialismo, en un sentido más general, y el fundamentalismo de mercado. El thatcherismo de aquí o el reaganismo de allá. Sencillamente, no se puede gobernar el mundo como si fuera un mercado gigantesco. La tercera vía implica buscar políticas que nos permitan reconocer la nueva situación en que nos hallamos, compitiendo en un mundo globalizado, y mantener una sociedad razonablemente coherente.
- ¿La gente no está votando por un nuevo estilo de socialdemocracia sin saber del todo qué "compra" con eso?
-Todos estamos en esa situación: en un mundo donde no sabemos en qué nos metemos. Solíamos creernos capaces de controlar la historia; en eso se basaba el marxismo. El punto de vista alternativo era que sólo podíamos dejar todo en manos del mercado; pero tampoco se puede gobernar el mundo así. Ahora hay un vacío, pero van emergiendo muchas ideas acertadas.
- El primer ministro francés, Lionel Jospin, utilizó la frase "Sí a la economía de mercado; no a la sociedad de mercado". ¿Es ésa su posición?
-En cierto modo, sí. Mi tarea es dotar de carnadura a ese esqueleto. Pero no podemos rechazar los mercados. El capitalismo no tiene alternativas. Ese es el gran cambio. La única posibilidad es hacerlo trabajar para la gente en lo económico, lo social y lo cultural. En todo el mundo, los gobiernos de centro-izquierda han introducido una gama de políticas novedosas: por ejemplo, políticas activas en el mercado laboral, regeneración de la comunidad, renovación del tercer sector (el del voluntariado) y un sinnúmero de cosas relacionadas con la educación. Lo que les ha faltado es algún medio de armar todo esto dentro de un marco estructural, y eso es lo que intento darles.
- Las viejas diferenciaciones entre izquierda y derecha, ¿aún son pertinentes?
-La división entre izquierda y derecha es demasiado práctica para desaparecer. Ciertamente, toca algunas cuestiones bastante importantes: el debate en torno a la desigualdad, si dejar o no a los pobres librados a su suerte -como quien dice, "¡Que se las arreglen!"- y si el Gobierno puede hacer mucho al respecto. Hay toda una gama de problemas que no corresponden ni a la izquierda ni a la derecha: por ejemplo, afrontar la globalización, tratar de reconstruir ciertos aspectos de la sociedad o abordar la política familiar.
- Usted ha hablado del gobierno global mejorado (me refiero al ejercicio de una autoridad) como un componente clave de la tercera vía...
-Vivimos en una era de globalización intensa, no sólo en lo económico: está emergiendo una nueva sociedad mundial. Para la mayoría de los países, ya no hay enemigos obvios. En vez de éstos, los países encaran ciertos riesgos -por ejemplo, ecológicos- que es preciso enfrentar en forma conjunta. Creo que el mundo necesita urgentemente mejorar la estructura institucional y extender la democracia por encima de la nación-Estado. Hasta ahora, la Unión Europea no lo ha logrado. No obstante, veo en ella un fenómeno precursor. No es una nación-Estado ni una federación: es otra cosa, un intento de proporcionar una forma política para un mundo globalizado.
- ¿Teme que la crisis económica global nos arrastre a extremismos políticos?
-Si el fracaso de la economía mundial se generaliza más, es probable que la crisis robustezca la extrema derecha en Europa y, posiblemente, en los Estados Unidos. Tiene usted que comprender a la ultraderecha ante la globalización. En la mayoría de los países, toma una posición de proteccionismo cultural y económico. Eso vincula al francés Le Pen con el norteamericano Ross Perot y la australiana Pauline Hanson. Pero semejante fracaso no me parece inevitable. El propósito de estas reuniones neoyorquinas es ver qué clase de diálogo podemos entablar respecto a un gobierno global más amplio. Por ejemplo, hoy gozan de gran apoyo aquellas medidas que podrían estabilizar el movimiento de capitales financieros por todo el mundo, en especial la especulación monetaria.
- Rusia parece apartarse por completo de la economía de mercado...
-Eso sería un desastre. La gran lección de Rusia es que no se puede tener una economía capitalista eficiente sin contar con las instituciones sociales adecuadas para respaldarla.
- ¿Considera a Tony Blair un discípulo eficiente? ¿Cree que aplica sus enseñanzas?
-No veo en él a un discípulo, sino a un líder político independiente e interesante. En los últimos veinte años, ha rondado la idea de que los mercados son la suma total de los deseos de la gente y, por ende, pueden proveer un liderazgo. Ahora salta a la vista que, en realidad, no es así. Necesitamos mercados, pero también hacen falta buenos líderes políticos.




