
La transparencia en la opacidad
En esta conversación telefónica, la autora de El Gato Eficaz habla con su amigo mexicano de la vasta obra iniciada con La región... y que ahora culmina con una nueva novela, La voluntad y la fortuna, de la que ya ha escrito seiscientas páginas. Esa frondosa producción abarca los temas cruciales del continente americano
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Mientras escucho el sonido de llamada me siento avanzar por callejuelas de rotundos adoquines entre muros de piedra y enredaderas hasta su casa en San Jerónimo, aunque la conversación será telefónica. Estoy inmersa en la literatura de Carlos Fuentes. Escritor generoso, que promueve cercanías a pesar de vivir una mitad del año en México, la otra en Londres, la tercera asistiendo a congresos y dando conferencias por el mundo. Sí. Su milagro, entre otros, es vivir como si el tiempo fuera elástico, prodigándose en obra y en persona. En estos días su primera novela, La región más transparente, cumple cincuenta años, y quienes la hemos leído años ha y la releemos hoy nos encontramos ante una obra nueva, absolutamente actual y premonitoria. Se lo comenté en una llamada previa y Carlos recordó que "un intelectual mexicano que no quiero nombrar" dijo después del lanzamiento que México producía un genio literario por mes, y le había tocado a La región.. . Esa frase quizá marcó el instante cuando el tiempo se volvió fuentiano , porque aquel mes de 1958 resultó ser el más largo de la historia.
La obra de Carlos Fuentes es vasta, multifacética, abarcativa. De su nueva novela, La voluntad y la fortuna, ha completado ya 600 carillas. Le pregunté cuántas páginas en total llevaba escritas hasta ahora. "Nunca las voy a contar" me respondió. "No quiero competir con el anuario telefónico".
-Fue para mí un deslumbramiento volver a sumergirme en La región más transparente, novela que invita a irse acercando con cautela a lo profundo. Siempre me desconcertaron esos capítulos iniciales (luego del monólogo de Ixca Cienfuegos) que arrojan plena luz sobre la frivolidad burguesa, como una trampa juguetona. ¿Por qué arranca así?
-Porque esa es la apariencia de la ciudad, su capa externa. En aquellos años, sobre todo, dominaban las páginas sociales. Era una burguesía que se estrenaba, que quería mostrar sus lujos, sus mujeres, sus propiedades, su incultura, con lo cual se rodeaba de algunos intelectuales fantoches que decían frases célebres. Era todo el aspecto exterior de la sociedad. Detrás había otra cosa, pero el escenario era ese. No podía dejarlo a un lado.
-Lo que más me impresionó fue notar cómo todo tu futuro proyecto literario está condensado ya en esa primera novela. ¿Tenías conciencia de un plan desde el comienzo?
-No, no, para nada. Mira, hasta Cristóbal Nonato , en 1987, no pensé en eso. Entonces me dije "Estoy viviendo en el infierno blanco. Ese infierno blanco te hace recogerte en ti mismo". Y ahí nació el proyecto de La edad del tiempo . Pero, claro, desde que leí La comedia humana de Balzac, lo tenía metido por ahí, en algún resquicio del cerebro.
-Para pintar tu país, ¿cómo influyó el hecho de haber nacido en Panamá, vivido de pequeño en Washington, de adolescente en la Argentina? ¿Eso te abrió a una doble mirada?
-Hay dos maneras de ver un país. Una es la de Rulfo, que es más profunda. El está metido en la tierra y prácticamente no salió de México hasta los treinta o cuarenta años...
-Sos la cara opuesta a Rulfo en todos los aspectos. El anti Rulfo.
-No, no quiero decir el anti Rulfo, porque lo admiro mucho. Y creo que la suya es una gran obra. Lo que quiero decirte es que ese surco borroso se debe mucho a su permanencia en el país, a la perspectiva desde dentro del país. Con los vicios y las virtudes que eso implica, yo tenía la oportunidad constante de salir de México y de ver México desde fuera. Primero, de sentirme mexicano en el extranjero. Cuando Cárdenas expropió el petróleo yo tenía ocho años, mi padre era consejero jurídico de la embajada en Washington y por primera vez dije: "¡Carajo! ¡Soy mexicano!". Pero siempre es una ventaja la de poder ver el país en perspectiva y críticamente.
-¿Ya habías estado en México varias veces?
-Sí. Todos los veranos los pasaba con mis abuelitas. Todo lo que yo sé del pasado mexicano lo sé por ellas, que me contaban esas grandes historias. Una venía de Veracruz y la otra de Mazatlán, de Sinaloa. Eran historias de las dos costas. Historias fantásticas.
-Y la narración tenía lugar en la montaña, ¿no? Se ve en tu obra, el vaivén de lo tropical a lo tremendamente cerrado, serrano...
-Yo veo a México como un país de tres pisos: hay la costa y los valles, y luego hay la montaña y el desierto. Son las cosas que definen realmente a México. Y su incomunicabilidad. Cuando Carlos V le preguntó a Cortés cómo era México, Cortés tomó un pergamino, lo arrugó, se lo puso delante y dijo: "Esto es México". Es decir que la comunicación entre mexicanos es muy reciente, Luisa. Y lo raro es que recién la revolución rompió las barreras. Digo, Villa viene desde Chihuahua con toda su gente armada, a tomar café a Tambos, a invadir la ciudad de México y a mostrar la otra cara del país, la que el porfiriato escondía.
-A lo largo de los años en ese pergamino arrugado por Cortés vos fuiste escribiendo la historia del país.
-Bueno, después de alisarlo un poquito. Estaba muy arrugado.
-Las arrugas son importantes, las arrugas aparecen en tus viejas excepcionales, y las exaltás.
-Sí, sí. Es un país con ancianos maravillosos. Todos los países tienen ancianos maravillosos, pero los nuestros son especiales. Y se están muriendo, están desapareciendo. Ahora la mitad de la población tiene menos de 25 años. Somos ciento diez millones, veinte millones solo en la ciudad, imagínate.
-La región más transparente transcurre cuando eran cuatro millones los habitantes del Distrito Federal, y allí ya hacés alusión a cómo avanza el deterioro. Fuiste el primer novelista "urbano" en México, y esa ciudad despiadada sigue siendo tu escenario favorito.
-Es una ciudad que exige el odio como precio del amor, y el amor como precio del odio. No puedes escaparlo. La ciudad es un gran tema literario, basta con leer la Petersburgo de Gogol, o el París de Balzac, o el Londres de Dickens. Yo estoy convencido de que Londres es una ciudad que decidió parecerse a las novelas de Dickens, no al revés.
-¿Cuándo dejó la ciudad de México de ser "la región más transparente del aire"?
-La frase, como tú sabes, es muy vieja, de Sófocles. Y luego la toma el barón de Humboldt para aplicarla al valle de México. Ya en 1940 Reyes escribe un hermoso ensayo que se llama Palinodia del fuego y dice: "¿Qué habéis hecho de mi región más transparente? Esto se ha llenado de turbiedad, de polvo, de grisura...". Imagínate lo que diría Reyes si resucitase. Aquí estoy, hablando contigo y llorando, ¿sabes? No por la emoción que me procuras, sino porque los ojos me arden.
-Ojalá fuera de emoción. Pienso en la transparencia del mal, de Baudrillard. Baudrillard dijo que tras todas las cosas y los hechos siempre se transparenta el mal. En tu obra la situación se invierte, el mal está a flor de piel y lo que transparenta es el secreto de aquello que permanece oculto bajo tierra, como el mundo de Teódula en La región..., como ocurre en Una familia lejana o en Terra nostra, o con los fantasmas que suelen habitar tus cuentos.
-Sí, siempre vas pasando de capas de transparencia a capas de opacidad mayor, buscando, paradójicamente, la transparencia en la opacidad. Esa es la paradoja de la escritura.
-Paradoja que tan bien sabés exprimir. Como lo hacés con la metonimia, esa continuidad de lo superficial y lo profundo, de lo viejo y lo nuevo.
-Mira, es la gran lección de la poesía moderna. Neruda o a T. S. Eliot. Todo ese ingreso del mundo cotidiano a la poesía es lo que me enseñó, más que cualquier otra cosa, la lectura de la poesía contemporánea.
-Es interesante que hayas cursado la carrera de Derecho. En una charla contaste que al quejarte de esa imposición, Alfonso Reyes te dijo que la tacita de café, es decir la literatura, necesitaba un asa para poder sostenerla. ¿En qué medida el estudio de las leyes te ofreció un asa, más allá de lo económico? Porque también es admirable cómo lográs sostener los diversos temas hasta casi agotarlos. En cada libro tuyo, no solo en La región más transparente, vas por un camino, por otro, por otro, siempre explorándolos a fondo e intentando atravesar las barreras de lo imposible de ser dicho.
-Bueno, te digo que no me resistí mucho, como tú sabes, a estudiar Derecho. También mi padre me decía: "Tienes que entrar, porque el escritor se muere de hambre". Y yo les agradezco, porque tuve grandes maestros y porque pertenecí a una buena generación. Estaban Porfirio Muñoz Ledo, Víctor Flores Olea, Javier Wimer, que son mis amigos de toda la vida. Pero sobre todo despertó mi fantasía desbocada: tuve que asumir los ropajes áticos, tuve que estudiar Derecho Romano con su exigencia de claridad y brevedad que se resume en frases gloriosas: pacta sunt servanda , ¿qué más puedes decir? "Los tratados se cumplen." Allí había una gran concisión que me apasionó. Fue una formación paralela a la vocación literaria, si quieres.
-Posiblemente también te dio las herramientas para explorar. Cuando hablabas de derecho romano, pensé en la figura del homo sacer que trabaja Giorgio Agamben. El hombre que no puede ser sacrificado porque está consagrado de antemano a los dioses, pero que cualquiera tiene derecho a matar. Es como el destino de muchos de tus personajes. Yo sé que te interesa Wittgenstein, no sé si has leído a Agamben
-No, no he leído mucho a Agamben, pero los dioses, ¿no? son algo en lo que ya no creemos. Todos sabemos que los dioses son hechura nuestra, aunque tengo mis dudas Hasta mi último momento las tendré.
-La duda es siempre la gloriosa posibilidad dentro de la cual te movés.
-Sí, si no, no escribes. Mira, la literatura está hecha de incertidumbres, de cuestiones. La política es ideológica; la religión, dogmática, pero la literatura es incierta en todo sentido.
-Claro. Por eso huís de la religión dogmática y escribís sobre las religiones infinitamente más unificadoras de los mundos indígenas.
-Porque yo vivo en un país donde lo importante no es lo religioso sino lo sagrado, que son dos cosas distintas.
-Estaba pensando en la dificultad de tocar lo sagrado con el lenguaje, cosa que vos elaborás a fondo. La búsqueda ya está entablada en La región más transparente, donde los diálogos interiores aparecen en bastardillas para lograr poner en palabras lo no dicho. Una progresión constante, hasta que en Cristóbal Nonato el protagonista habla desde la no palabra.
-Bueno, estás siempre dándole oportunidad, en lo que escribes, a lo no dicho. La palabra es un terrible desafío, Luisa, porque estamos hablando y no es un momento de refrigerio. No, cuando te sientas a escribir vas a usar un lenguaje que no es un lenguaje de la calle, aunque lo emplees, sino que vas a tratar de convertir el cobre en oro.
-Si bien, al mismo tiempo, no renunciás al cobre en ningún momento. Todo lo contrario. Sabés sacarle el mejor lustre.
-Un escritor no renuncia a nada. Un pintor puede renunciar al cobre del color y la forma cotidianos, y un músico es la abstracción total, ¿verdad? A qué se están refiriendo Bach o Beethoven, yo no sé. En la literatura, estás atado a la realidad cotidiana de la palabra. Y es el desafío mayor, porque debes darle a esa realidad otra verdad, y otro brillo, y otra importancia, y otra trascendencia. La palabra te está mirando a la cara y diciendo: "Somos un pan". "¡No! ¡Eres algo más: eres alimento de los dioses!"
-Pienso en Heidegger, ¿no?: el lenguaje como la casa del ser. Escritores como vos tratan de habitarla desde el altillo hasta los más profundos sótanos. Además, creo que tu escritura es la del movimiento: "No somos, estamos siendo, constantemente" dicen tus personajes.
-Yo soy de la familia de Heráclito.
-No cabe duda. Y de Spinoza también, con su "pasión alegre".
-Cierto, de Spinoza, mucho. En la novela en la que estoy trabajando, protagonizada por dos hermanos antagónicos, cierto profesor de una escuela religiosa les sugiere: "Para tener un buen debate, tú vas a ser San Agustín y tú vas a ser Nietzsche". Y ellos no logran ponerse de acuerdo, por lo cual el profesor les dice: "No llegan a un acuerdo porque no han leído a Spinoza; pues yo soy Spinoza, y van a ver cómo todo se concuerda en Spinoza". Spinoza no se dobló ante la Iglesia y no se dobló ante el Estado. Siempre fue independiente, puliendo sus cristales y viendo cómo se movían las hormigas.
-Como si me hablaras de tu proyecto de vida. Volviendo a la casa del ser, y dado que vas estructurando tus personajes a través del lenguaje, ¿creés que la mujer ocupaba un lugar diferente al del hombre en esa casa, que es distinto su acercamiento a la palabra?
-Bueno, ese es un tema muy complejo, porque indudablemente la voz de Virginia Woolf no es la misma que la de T. S. Eliot. Sin embargo, Madame Bovary y Ana Karenina no existen si no las escriben hombres.
-Sí, pero ¿son voces de mujeres o son imágenes de mujeres imaginadas por hombres? Ambas son un poco arquetípicas ¿no te parece?
-Quedan como imágenes muy poderosas de la mujer. Dime si hay personajes femeninos más poderosos en la literatura del siglo XIX. Yo quisiera acostarme con ellas.
-Podrías lograrlo, en una novela tuya. Si para Rimbaud je est un autre, para vos yo soy yo y los otros, y soy todos y ninguno. Lo que nos remite al tema del nombrador y los nombres
-Tú sabes que una lectura fundamental para mí, en mi vida, fue la del diálogo Cratilo . ¿Por qué nombramos? ¿Qué significa un nombre? ¿Tiene un significado intrínseco, o solo el valor formal que le damos nosotros, o es, dice Sócrates, lo que permite la relación entre las cosas? Sin los nombres no sabríamos relacionar las cosas.
-En La región... se discute si el poeta es el nombrador, si el poeta tiene que mirar hacia atrás o hacia adelante. Es tema recurrente en tu obra. En El naranjo un personaje se pregunta cuándo empieza el futuro. Carlos, ¿el futuro empieza en tu novela de anticipación La silla del águila?
-En toda novela empieza un futuro y se resume un pasado, porque la novela está situada en una zona del presente que tiene el privilegio de la memoria, del futuro, y también la posibilidad de que se actualice el pasado. La paradoja de la novela: presente, pasado y futuro adquieren resonancias mutuas, se complementan entre sí. El futuro no es el porvenir, el pasado no es lo que ya sucedió. Hay un presente que encarna a ambos, pero en una paradoja que le da futuridad al pasado y memoria al porvenir.




