La vigencia de un clásico
HISTORIA, ARTE, CULTURA Por José Emilio Burucúa-(Fondo de Cultura Económica)-197 páginas-($ 25)
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Las ideas de Aby Warburg, muerto en 1929, están vivas. Lo prueba el renovado interés por sus escritos en las tres últimas décadas, así como la perduración de sus temas, sus preguntas y sus intuiciones en la obra de distinguidos continuadores que, siguiendo cada uno su camino, han dado forma al legado de Warburg. Tal la idea que desarrolla, en Historia, arte, cultura. De Aby Warburg a Carlo Ginzburg , José Emilio Burucúa, uno de los más destacados especialistas en el trabajo del historiador alemán del arte y la cultura.
Tres cuestiones guiaron las investigaciones de Warburg. En primer lugar, la compleja relación entre "la vuelta a la vida de lo antiguo" y el despertar de la modernidad en el Renacimiento, de la mano de los "hombres nuevos" que encontraron en ese retorno a la Antigüedad una experiencia filosófica y humana global, capaz de ser contrapuesta a la cristiana que los envolvía. La segunda se refiere a la magia y sus relaciones con la lógica racional y la técnica modernas, que Warburg investigó en el Renacimiento y en pueblos arcaicos contemporáneos. La tercera, de índole metodológica, es el estudio de motivos artísticos presentes en distintas culturas (los pathosformeln ), que le permitía enlazar experiencias y memorias comunes a la humanidad.
Warburg exploró uno de esos motivos, el de la ninfa, desde los vasos griegos hasta las imágenes de Mucha, pasando por los célebres cuadros de Botticelli, e imaginó a partir de ello un gran programa de investigación. Tal era el propósito de su Instituto de Hamburgo, que en 1933 sus discípulos trasladaron a Londres. Antes de que eso ocurriera, otros académicos exploraron temas afines con los de Warburg. F. Saxl y E. Panofsky estudiaron el tema de la melancolía en Durero y probaron la fecundidad de explorar cruces entre arte, ciencia, religión y filosofía. E. Cassirer analizó el tópico del hombre y el cosmos a través de la relación entre el universo legal, físico-matemático, y la autonomía del individuo creador. E. Panofsky se ocupó de la perspectiva pictórica renacentista, persiguiendo el tenso cruce entre la subjetividad del observador y la universalidad de la representación.
Instalado en Londres, el Instituto Warburg se convirtió en un centro de notable creatividad. Eric Gombrich profundizó el tema de la representación pictórica y buscó fundar en la psicología la novedad renacentista de la ilusión de realidad. Frances Yates encontró el poderoso influjo de la magia en todas las prácticas artísticas renacentistas y mostró cómo Giordano Bruno, apoyándose en el pensamiento hermético, creyó ver en la magia -como saber y como técnica-, un camino de superación del pensamiento cristiano. En Italia, Eugenio Garin ha mostrado, en los "hombres nuevos" del siglo XVI, la relación íntima entre el nuevo humanismo y el pensamiento mágico. Paolo Rossi recorrió un camino inverso: a partir de la contraposición entre conocimiento filosófico escolástico y nuevo saber técnico en el siglo XVI, muestra cómo éste recurre a aquélla para fundamentar sus principios.
Finalmente, Carlo Ginzburg, un historiador que ha renovado profundamente este oficio, coloca sus reflexiones sobre el "método indiciario" -una alternativa a la legalidad newtoniana, siempre inalcanzable para la historia- bajo los auspicios de Warburg: "Dios está en lo particular". Burucúa se pregunta hasta qué punto este método, que se apoya en las huellas dejadas por cada pequeña situación, refleja realmente las ideas de Warburg, preocupado por identificar unos pathosformeln casi eternos: en realidad, Warburg se propuso siempre llegar a conocer cada forma específica de realización de lo general y tópico.
Así, a más de siete décadas después de su muerte, Warburg aparece en el centro de los debates historiográficos contemporáneos, asociado con algunas de las corrientes más renovadoras. Esto se debe en parte a lo que se descubre con nuevas lecturas de sus escritos; también, a la fecundidad de una tradición que, siguiendo las intuiciones iniciales, ha llegado mucho más lejos de lo que el maestro probablemente imaginó. Para probar este punto, Burucúa hace uso de una erudición notable, de un conocimiento singular de la historia, las artes y la filosofía, y sobre todo, de una capacidad destacada para pensar las relaciones, las conexiones. Tal es, probablemente, el mayor aporte que los historiadores pueden hacer al estudio de campos de conocimiento especializado. La manera como Burucúa lo hace demuestra que ese aporte puede ser decisivo.
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