La vuelta de un detective singular

Después de su pastiche protagonizado por Philip Marlowe, el álter ego policial de John Banville firma una trama en la que el patólogo Quirke debe enfrentar viejos fantasmas
Armando Capalbo
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17 de abril de 2015  

Después de La rubia de los ojos negros, donde resucitó nada menos que al legendario detective Philip Marlowe por invitación de los herederos de Raymond Chandler, Benjamin Black, pseudónimo del prestigioso irlandés John Banville (Wexford, 1945), vuelve en español con Órdenes sagradas (en el original inglés es anterior a La rubia...) a su serie policial protagonizada por Quirke, cirujano forense y detective de hecho, para ofrecer un estilizado relato en el que las convenciones del hard boiled se cruzan inteligentemente con el retrato psicológico y con la más áspera crítica social. Distinguido con el premio Príncipe de Asturias de las Letras, el autor renueva, en este logrado trabajo, su proverbial manejo del género y hace confluir los dos linajes de su prosa, el policial y el realismo uniendo como nunca antes sus dos máscaras en una misma y rica identidad.

Arrecia la lluvia o se adensa la neblina pero nunca hay sol en aquella Dublín de los años cincuenta, donde el forense Quirke y el detective inspector Hackett deben hacerse cargo de la investigación del crimen de un joven periodista, cuyo cadáver aparece desnudo, apaleado y desfigurado una noche en las frías aguas del Grand Canal. Es Jimmy Minor, conocido de ambos por su intrépida tarea y amigo íntimo de la hija de Quirke, Phoebe. La pesquisa se presenta enredada y peligrosa: el hermano del muerto, Patrick, estuvo vinculado con el IRA; la hermana, Sally, se siente vigilada y está armada; un popular sacerdote católico, el padre Michael Honan, a punto de viajar a África en misión, dice ignorar por qué el periodista lo investigaba y el nombre del rudo chatarrero Packie el Quinqui, acusado de liderar una banda de delincuentes, figura varias veces en unas notas personales del asesinado periodista. El patólogo Quirke deambula, casi alcoholizado, entre ambigüedades y mentiras, mientras, inevitablemente, el oscuro caso le recuerda lo peor de su pasado: su infancia en un orfanato religioso, los maltratos, los abusos y una inconfesable trama oculta que parece sostenerse hasta el presente. En crisis de angustia y de identidad, con náuseas, mareos y alucinaciones, el médico confunde pasado y presente, realidad y ensueño, pero debe esforzarse por desentrañar el misterio antes de que sea demasiado tarde, a pesar de que todo se presente como insoluble, como un asesinato sin asesino, cometido por órdenes dictadas más allá de este mundo.

El forense y su angustia son centrales en el relato, aún más que el seguimiento de las pistas para resolver el crimen. Mientras avanza la investigación, también lo hace el minucioso trazado psicológico del personaje, que acude al alcohol para soportar los inclementes fantasmas del recuerdo. Pero esta vez la borrachera no alcanza: desde la primera imagen del cadáver, ultrajado y desvalido hasta el doloroso paso por cada uno de los lugares donde las pistas se resisten a mostrarse, Quirke vaga por una Dublín hostil, idéntica al pasadizo de sombras que es su propio espíritu. La densidad psicológica no sólo progresa sino que termina siendo la única vía para entender la complicada madeja del delito, la urdimbre de mezquindad, hipocresía y abuso de poder que se erige detrás del cuerpo muerto del pequeño y casi insignificante periodista de sucesos.

Black, astutamente, estructura su relato en secciones que van marcando tiempos subjetivos tanto del investigador como de su hija Phoebe (esta vez casi protagonista junto con su padre), que culminan en una insospechada transformación. Resucitan maltratos y abusos que Quirke padeció en el orfanato católico de su infancia, hasta que fue adoptado por un importante juez. Pasado y presente se funden en una continuidad sombría. La misma gran trenza que el patólogo sospechó en su lejana adolescencia, entre los poderes laicos y religiosos, sigue vigente y ahora es también el telón de fondo de un horrible crimen. De esta manera, conciencia crítica y psicologismo se amalgaman para potenciar todavía más la lectura de un relato que excede en mucho el marco del suspenso y el policial, porque las implicaciones de la misma ruindad que lleva al asesinato de Jimmy pueden imaginarse aún intactas en el presente del lector. Este magistral juego con los tiempos y las significaciones pone a Black en el más merecido trono del hard boiled contemporáneo y no es exagerado afirmar que Órdenes sagradas está a la altura de El largo adiós, obra cumbre de Raymond Chandler.

Tanta fragilidad y vulnerabilidad no impiden que la apasionante trama progrese y atrape definitivamente al lector en sus prolijas garras. Refulge mucho más el suspenso que la narración del hecho cruento, para así dar paso al verdadero horror que se está contando, el del encubrimiento y la impunidad. Junto con el fino trazado del derrumbe emocional de Quirke, Órdenes sagradas expande la tradicional complicidad del policial entre texto y lector hacia un registro todavía más audaz: echar luz acerca del género mismo, como sagaz pasaje del relato de lo intrigante al de lo moralmente revulsivo. Lo consigue con creces, a través de una prosa de sutilezas y sugerencias poéticas que se integra con inusual tersura en el crudo lenguaje criminal. Cuando accedemos al sorprendente y revelador final, no hay un show artificial de raciocinio sino la reaparición de la clave de esta trama, que estuvo desde el principio: la apaciguada aceptación de la propia finitud es lo único que permite superar una identidad en crisis. C

Órdenes sagradas

Benjamin Black

Alfaguara

Trad.: Nuria Barrios

298 páginas

$ 199

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