Las dos caras de la inteligencia
PARIS.- La carrera en el séptimo arte de esta redactora no despuntó auspiciosa. En el primer papel, extra en una película ambientada en un desfile de modas, al llegar no sólo fue enviada al fondo porque "el look no daba" para pasar por glamorosa clienta (totalmente esperable), sino que ni siquiera daba (humillación total) para ser asignada a los asientos para falsos periodistas. Aun así, media pierna y un codo de quien suscribe aparecen en pantalla en acción estelar.
Sin embargo, la fascinación por conocer más de cerca la producción de películas no decae, la culpa de lo cual posiblemente sea de Pauline Kael.
Kael, la histórica crítica de cine del New Yorker -para muchos, la más grande de la historia- era a la vez la del sentido del humor más afilado y la que menos temía demostrar pasión por lo masivo y popular si creía que lo ameritaba. Aunque fue tan amada como odiada (sobre todo por su libro sobre El ciudadano ), son innumerables las personas a las que sus textos irónicos y salvajes crearon una adicción por la industria del cine que las películas solas quizá no habrían logrado.
Cuando todo el mundo literario habla de la flamante publicación de los diarios de Susan Sontag, es irresistible recordar a Kael, ya que para muchos, ambas grandes damas del New Yorker eran la una contracara de la otra.
De hecho en Sontag & Kael. Opposites attract me , Craig Seligman (que conoció a ambas en la mítica revista) dice que si bien Sontag fue mucho más famosa internacionalmente, ambas marcaron una era. Pero mientras Sontag era pomposa, rebuscada y antipática, Kael descreía de un arte que no atrayese al público.
"Si el arte no es entretenimiento, ¿qué es entonces: castigo?", solía decir Kael. La pregunta de fondo de Seligman es, a la luz de la manera de Kael de burlarse de todo y de todos (ella incluida), si alguien que, por el contrario, se tomaba a sí mismo tan en serio como Sontag podía realmente ser tan inteligente. La respuesta, reconfirmada por los nuevos escritos, es absolutamente que sí, pero el autor agradece que haya existido alguien igualmente brillante con quien se haya podido ponderar el arte de manera más banal.





