Las misteriosas razones que nos hacen disfrutar de las historias
Tres "cuentacuentos" reflexionan sobre el placer que causa en las personas escuchar relatos
1 minuto de lectura'
El misterio pervive a través del tiempo. ¿Por qué a todos nos gusta que nos cuenten historias? ¿Qué magia esconden los cuentos? Sorprende que en un mundo atiborrado de sofisticados avances tecnológicos en la comunicación el relato oral cautive a audiencias numerosas.
En los últimos tiempos, el público que asiste a espectáculos de narración oral ha aumentado. Las narradoras trabajan a sala llena. Y es curioso observar a gente de todas las edades permanecer con el oído atento frente a una "cuentacuentos", cuyas exclusivas herramientas son el verbo, el lenguaje gestual, un registro adecuado de voz, un notable sentido del humor y mucha imaginación.
Develar el misterio resulta complejo porque, según las experiencias compartidas con LA NACION por las narradoras orales Ana María Bovo, Ana Padovani y Marta Llorente, las razones hacen a la propia condición humana.
"Las historias, las anécdotas, las experiencias de los otros, nos enriquecen, nos permiten crear una dimensión metafórica de la vida cotidiana, nos conectan con nuestra infancia más pura, nos elevan y tienden puentes con los demás", dicen estas juglares del siglo XXI.
Si en el fondo del relato está el deseo, como decía Roland Barthes, en un común anhelo de comunicación se traduce el lazo que une a un narrador con el oído eventual que alguien le presta a su historia.
Estas tres mujeres decidieron lanzarse de lleno a la tarea de contar desde un escenario, porque siempre se sintieron seducidas por las historias domésticas que escuchaban a hurtadillas en sus casas, al margen de las que leyeron en los libros.
En ese intercambio con diversos públicos descubrieron gozosamente que por muy sólida que sea la armadura de la gente, siempre hay un hueco por donde es posible conectarse desde la narración oral.
Había una vez...
El año último -el de la hecatombe económica local- Bovo pensó que su Escuela del Relato, creada en 2001, naufragaría sin remedio como infinidad de proyectos argentinos. Sin embargo, el espacio que funciona en el Club del Progreso tuvo que rechazar postulantes, porque colmó su capacidad de alumnos.
¿Cuál es el perfil de estos estudiantes? Son abogados, agrimensores, chefs, médicos, biólogos y hasta futuras abuelas y eventuales padres.
"La gente llega atraída por la fuerza del relato, como una necesidad personal de estar en un ámbito donde puedan oír y narrar historias. Su primera motivación es encontrar un espacio de trueque de historias", explica Bovo.
Hay en estos alumnos otra necesidad manifiesta: la de "levantar una muralla virtual contra el asedio cotidiano de la información que les llega por los medios", según la narradora.
Sostiene Llorente que "el hecho de contar y escuchar tiene que ver con algo personal del hombre. El intercambio nos enriquece, aunque lo que contás sea un problema sentimental. Si la historia es literaria nos enriquece más ampliamente".
Para Padovani, "hay una necesidad que todos tenemos y es la de levantarnos de la vida cotidiana. Eso crea una dimensión metafórica de la realidad que nos permite desprendernos de lo cotidiano y elevarnos. Las historias tienen una función catártica".
Según Bovo, "la gente se engancha con lo que uno le cuenta, pero también con algo personal que tiene adentro. Cuando nos cuentan una historia, eso se vincula con resortes míticos que llevamos adentro. ¿Quién ignora quiénes fueron Ulises y Penélope, aunque jamás hayan leído sobre ellos? Hay una especie de matriz ancestral en nosotros que nos vuelve ávidos por repetir el rito", dice Bovo.
Y completa: "Tenemos una necesidad de que otros nos transmitan experiencias. Parecería que el tiempo se detiene cuando otro se demora en contarte una historia. Ese tiempo pródigo y ocioso es por el puro derroche de oír un cuento. Hay un espacio imaginario que abre un lugar distinto en la vida cotidiana".
El niño interior
Para las narradoras, una buena historia nos remite a la infancia diáfana, a ese punto ingenuo que permanece intacto dentro del hombre. De allí que cuando alguien dice a otro: "Te hicieron el cuento", refiere a una actitud incrédula e ingenua del que ha sido engañado.
Para Llorente, "las historias funcionan como espejos. Algo del personaje de una historia, de un conflicto que narro, tiene que ver con esos hombres y mujeres que me escuchan. Todos nos parecemos mucho. Los cuentos se usaban para transmitir creencias. Los mitos transmitían valores y hoy las historias que uno cuenta también tienen una función educativa".
El fuego y la palabra, agrega Padovani, "están en las primeras experiencias del hombre. Siempre que hay oscuridad, fuego y un grupo de hombres reunidos, se cuentan historias. Las historias nos conectan con nuestras emociones".
De la narración oral a la lectura, el paso no parece largo. Sin embargo, las narradoras discrepan. "No necesariamente -sostienen- un chico que escucha cuentos se convierte en un ávido lector con el tiempo", pese a que "la lectura estimulada ayuda mucho en los primeros años", dice Padovani.
Llorente aporta una interesante mirada al respecto: "Cuando era chica, mi abuela contaba anécdotas familiares que para mí eran cuentos. En la relación padre-hijo, lo más valioso para el niño es el tiempo exclusivo que su padre le dedica a la hora de narrar, más que la historia en sí. Por eso la recuerda".
Coinciden las cuentacuentos en que "al narrar se tira una red y el que escucha se queda con una frase o una imagen en la que ancla su historia".
Y las historias que dejan huellas, según estas damas, son las de finales trágicos o las que golpean el corazón, despertando recuerdos personales.
El arte de hablar y de callar
- La eficacia del relato, dicen las narradoras, está en el equilibrio entre lo que se cuenta y lo que se calla, porque en lo no dicho hay un caudal de belleza insondable. Este es uno de los secretos que descubren los que le sacan pecho a la narración oral y deciden embarcarse en su aprendizaje. Bovo, Padovani y Llorente coinciden en que el mejor narrador no siempre es quien confía en la eficacia de su propio discurso, sino el que piensa que carece de todo talento para capturar el interés del otro con una historia. ¿Por qué? "Porque éstos son los que saben escuchar."



