Las mujeres en florde Alfons Mucha
El gran pintor e ilustrador checo marcó con sus imágenes el espíritu y la fantasía de una época. A través de sus afiches unió de un modo imprevisible lo poético y lo comercial. En estos días, algunos de sus trabajos pueden admirarse en una muestra del Museo de Arte Decorativo
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P arís se aprestaba a festejar la Nochebuena. En el atardecer de ese 24 de diciembre de 1894, tan sólo dos personas trabajaban aun en el vasto taller gráfico del impresor Lemercier: el gerente, monsieur de Brunhoff, sumergido en los libros de contabilidad, y un dibujante checo, Alfons Mucha, cuya generosa disposición le hacía sacrificar el descanso para corregir las pruebas de una litografía de un colega y amigo, un tal Kolb. En el silencio repiqueteó la campanilla del teléfono. Atendió Brunhoff: era el gerente del Theâtre de la Renaissance, quien llamaba en nombre de Sarah Bernhardt. La Divina, a punto de estrenar "Gismonda", de Sardou, necesitaba con urgencia, de inmediato, esa misma tarde, un artista para diseñar el cartel de publicidad de la obra, ya que el encargado de hacerlo había enfermado de repente. ¿A quién recurrir, a esa altura del 24 de diciembre? Brunhoff era hombre expeditivo y de reflejos rápidos. Personalmente, las ilustraciones de Mucha en revistas populares, y hasta las de la serie de "Escenas y episodios de la historia de Alemania", del célebre historiador Charles Seignobos, no lo impresionaban demasiado. Pero el joven checo era el único artista a mano en el taller, esa tarde. Sin más, el gerente arrastró a Mucha, primero a una sastrería para alquilarle la ropa de etiqueta y el sombrero de copa, atuendo sin el cual no podía presentarse en el teatro, y luego a la Renaissance, donde el atónito dibujante se halló de pronto en presencia de una mujer delgadísima, de roja cabellera artísticamente desaliñada, nariz aguileña y mirada tan penetrante que resultaba molesta: la actriz más famosa del mundo, la Divina Sarah. Quien, con su voz de oro, gorjeó, imperiosa: el afiche de "Gismonda" debía ser bosquejado en el acto. Nueva carrera de Brunhoff y Mucha, hacia un café cercano donde, sobre la tapa de mármol de la mesita, en un carnet de apuntes que siempre llevaba consigo, el joven checo esbozó la imagen que no sólo lo convertiría, antes de transcurrida una semana, en el artista más comentado y solicitado de París sino que sería también el símbolo perdurable del Art Nouveau: la mujer-flor.
Aprobado el boceto por Sarah, encantada (Mucha había estilizado y rejuvenecido idealmente sus extraños rasgos, otorgándole ademas _ gracias al formato vertical del afiche y a que la figura está vista desde abajo _ mayor estatura de la real), el dibujante le mostró una versión al óleo, que terminó de fascinarla. E1 cartel la representa de cuerpo entero, en tamaño natural, de pie sobre una consola más o menos gótica, la cabeza rodeada por una aureola donde se lee su nombre, sobre fondo de mosaico bizantino. E1 formato, opuesto al horizontal preferido en la época; los colores tenues (rosado, verde pálido, castaño, oro viejo, lila) en contraste con los colores vivos favorecidos por los dos grandes afichistas de entonces, Toulouse-Lautrec y Jules Chéret; la imperiosa rama de laurel enarbolada por Bernhardt en la mano derecha; lo compacto y expresivo de la composición - Mucha y Aubrey Beardsley han sido los dibujantes con mayor dominio del espacio-; todo proclamaba una renovación y sintetizaba, a la vez, los referentes de la cultura del tiempo: exotismo, historicismo, la vuelta a la Naturaleza pero como la hubiera entendido un erudito bizantino... Nadie se acuerda, con razón,de la pieza de Sardou, pero el cartel de Mucha sigue siendo uno de los iconos.fundamentales en la historia de las artes decorativas en Occidente.
¿Quién era este hombre, todavía joven, este recién llegado del la periferia cultural europea, que de tal manera conquistaba a París, de la noche a la mañana, en el apogeo de "la belle époque"? Nacido el 24 de julio de 1860 en la pequeña ciudad de Ivancice, en los confines del imperio austrohúngaro, hijo menor de un escribiente del tribunal local, Alfons Maria Mucha (pronúnciese Múja) mostró desde muy niño dotes excepcionales de dibujante. La tradición familiar quiere que le colgaran al| cuello un lápiz atado a una cinta, para que no enloqueciera a todo el mundo pidiendo con qué dibujar. La madre, Amalia Malá, era hija de un molinero de Moravia y había pasado unos años como institutriz en Viena. E1 padre, Andrés, descendía de gente que desde la Edad Media cultivaba la vid, y no veía en las aptitudes de su retoño más que una manera de entretener los ocios de la familia. De modo que lo mandó a estudiar en el Gimnasio de la ciudad más importante de la zona, Brno, y a lo sumo lo autorizó a cantar en el coro de la iglesia. A los quince años, Alfons mudó la voz. Despedido del coro, desconcertado, volvía una tarde a pie a su casa cuando se le ocurrió entrar en una iglesia, acaso en busca de consuelo, pues era un espíritu religioso. Encontró allí al pintor Johann Umlauf, quien trabajaba en unos frescos detrás del altar. En ese instante supo Alfons lo que el destino le indicaba: sería pintor. Umlauf reconoció el talento del muchacho y lo recomendó a un maestro en Praga, sin otro resultado que el consejo de dedicarse a otra cosa.
El dedo del destino
Alfons no se dio por vencido. Se conchabó con una empresa de escenografías teatrales, en Viena, y trabajó en ella hasta 1881 cuando, destruído en un incendio el Ring Teater, la firma se vio obligada a reducir personal. Fatalista, con profunda fe en el destino y unos pocos gulden, Mucha caminó por Viena, entró en la Estación Central y vio que partía un tren a Laa, mínima ciudad de la Baja Austria, cuyo nombre le encantó por la rareza. "Debo ir allí", se dijo, y se embarcó. Llegado a Laa, pudo comer sólo una salchicha y resolvió volver a casa de sus padres. El boleto que su peculio le autorizaba lo dejó en Mikulov, en la frontera morava. Se alojó en una fonda y empezó a vender, a cinco florines, retratos al lápiz de los huéspedes. Uno de los retratos, expuesto en la vidriera de una librería, llamó la atención del conde Karl Khuen-Belasi, propietario local de tierras y de un flamante castillo, en Emmahof, cuya decoración encargó al joven checo. E1 Destino tejía su trama en favor de Mucha: el conde Karl lo recomendó a su hermano para decorar el castillo de éste, en Bolzano. Esto sucedía en 1883. En la primavera de ese año, los Khuen lo invitaron a viajar con ellos a Milán y Venecia, y lo becaron para estudiar en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de Munich.
En Munich adquirió Alfons los primeros conocimientos sistemáticos del arte para el que se hallaba tan singularmente dotado. En 1887 ganó un premio de composición por un cuadro de altar, sobre los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de Europa Central (el cuadro está hoy en la pequeña ciudad norteamericana de Pisek, residencia de una próspera comunidad checa). E1 conde Karl le dio entonces a elegir entre París y Roma, para continuar sus estudios. Ya se sabe cuál fue la elevación de Mucha.
Antes del encuentro con la Bernhardt, sin embargo, hay un período de privaciones, característico de la vida de bohemia en aquellos años. E1 conde Khuen-Belasi perdió su fortuna y Mucha, en consecuencia, su apoyo económico. Como siempre, no se arredro y confió en los hados. Hombre de buen carácter, simpático, apuesto, con la predisposición natural y la destreza profesional adquirida en Munich y en las academias parisienses Julian y Colarossi, enfrentó la mala racha y logró ubicar ilustraciones en algunas de las numerosas revistas que en París daban cuenta de la intensa actividad artística. Vivía en una piecita en Montparnasse, en los altos de la legendaria cremería de Madame Charlotte, involuntaria mecenas de tantos artistas hambrientos. Cuando le encargaron las ilustraciones para el libro de historia de Seignobos y otras para "Cuentos de las abuelas" de Xavier Marmier (con las cuales conquistó una mención en el Salón), necesitó un lugar más amplio y se mudó al que sería su estudio definitivo, en la rue de la Grande_Chaumiere, frente a Madame Charlotte. Allí daría generosa hospitalidad por un mes a Paul Gauguin que regresaba, distanciado ya de su familia, de su primer viaje a las islas, y trabaría profunda amistad con August Strindberg, el genial, atormentado dramaturgo sueco.
Alquimia y ocultismo
Importa consignar la relación con Strindberg por las vinculaciones de este con el ocultismo y la alquimia, temas que apasionaron a Mucha y que se deslizan, hábilmente camuflados, en la compleja ornamentación de sus obras. "Con frecuencia _escribió Mucha, años después _, Strindberg y yo caminábamos juntos por el Boulevard Saint-Michel, veíamos pasar la vida por el viejo Barrio Latino, o visitábamos los cementerios: estos eran sus lugares favoritos. Hablábamos de nuestros más íntimos pensamientos, de la vida después de la muerte y cosas por el estilo. Lo que más le interesaba a Strindberg era la vida de los átomos y la trasmutación de los metales en oro".
Que un hombre tan cordial y extrovertido como Mucha albergara pensamientos de ultratumba y participara _ o simpatizara, al menos_ de movimientos como los Rosacruces, no debe extrañar. Los fines de siglo engendran siempre presagios y temblores. La civilización europea alcanzaba un grado altísimo de prosperidad (no para todos, por descontado) y de refinamiento. Son los años del simbolismo y el decadentismo, del apogeo de Oscar Wilde y su prosa florida _ y su formidable inteligencia _, de Huysmans y su "A rebours", de "Pélleas et Mélisande", de la Bernhardt misma, con el lujo abrumador de sus atuendos en escena y fuera de ellos, la opresiva atmósfera sobrecargada de objetos de su casa del Boulevard Péreire. Las óperas de Wagner proponen un vago misticismo, Madame Blavatsky inventa la teosofía y procura develar a Isis, los escrnógrafos prodigan castillos y monasterios entre románticos, arabizantes y normandos. El mundo intuye, en el vértigo del placer, de la velocidad en incipiente aumento, junto a la convicción del progreso indeifinido y la superstición de la técnica, como Wotan en "El anillo del nibelungo", el crujido todavía lejano pero perceptible, de los engranajes del universo que comienzan a rebelarse.
Lo que rescata a Mucha del encanto demasiado fácil, a veces, de sus sensuales mujeres cuyas cabelleras compiten, en complicados zarcillos y volutas, con los pliegues excesivos de ropajes reveladores de anatomías muy rotundas, es la frescura indeclinable de sus concepciones.
Sensualidad, si, pero sana, saludable. Si algunas de estas hieráticas damas parecen monjas perversas (el afiche del licor "La Trappistine"), o sacerdotisas de una liturgia voluptuosa, la mayoría son rozagantes muchachas checas que para divertirse se han disfrazado de ninfas, o de diosas. La exactitud compositiva (ya se dijo del dominio absoluto que Mucha tiene del espacio en blanco, de la página) y el esplendor ornamental hacen de casi todos estos carteles, auténticas obras de arte por derecho propio. Su inventiva es prodigiosa. En las setenta y dos láminas, en negro y en color, de los "Documentos decorativos" (1897), repertorio exhaustivo de diseños para cualquier necesidad y ocasión (menús, papel y sobres de cartas, vajillas, lámparas, cubertería, cenefas y frisos, ex-libris, alhajas, tapizados, empapelados, indumentaria, accesorios varios), no se repite un detalle, ni una combinacidn de lineas. En algún zaguán de barrio porteño deben perdurar todavía, en casas del fin de siglo anterior y comienzos del actual, revestimientos de azulejos inspirados en los modelos que creó Mucha.
Un checo en USA
Lo curioso es que el artista que dio su sello al Art Nouveau y lo difundió como ningún otro, renegó siempre de esa tendencia. "¿Qué es es esto del Arte Nuevo? _-escribió -. El arte es eterno, de modo que no hay nuevo, ni viejo". E1 quería ser reconocido como gran pintor. En busca de ese reconocimiento, se marchó a los Estados Unidos, donde resididió casi permanentemente entre 1904 y 1912 . Para su disgusto, y desazón, encontró que los norteamericanos le reclamaban lo mismo que los europeos: afiches, envases, ilustraciones, frisos decorativos.
Con su habitual preocupación ética, procuró desdeñar esas frusilerías y ganarse la vida como pintor "en serio". No le quedó más remedio que dedicarse a la enseñanza, en la Academia de Brooklyn, y a pintar algunos retratos de sociedad. Condescendió a diseñar la envoltura de unos jabones de tocador fabricados por Armour de Chicago, decoró íntegramente el Teatro Alemán de Nueva York, demolido en 1929, dibujó portadas para las revistas de lujo de la cadena Hearst. En 1903 había conocido a la joven checa con la que se casaría y cuyas facciones, de neto corte eslavo, muy rubia, pómulos altos y ojos claros ligeramente rasgados, aparecen a menudo en su obra posterior, bajo la apariencia de musa, ninfa, o hada. Lo más importante de la etapa norteamericana es el mecenazgo del millonario Charles R. Crane, quien aceptó financiar la formidable serie de pinturas concebidas por Mucha como homenaje a la patria tan amada y añorada: la "Epica eslava".
El poema lineal
Mucha seguía siendo, en medio de sus triunfos artísticos y mundanos (no económicos, pues su generosidad y benevolencia hacían derrochar lo mucho que ganaba, en ayudar a amigos necesitados, algunas veces, y a aprovechadores, las más), un sencillo campesino checo. No veía la hora de volver a su tierra. Y si bien no dejó de fabricar, por así decirlo, los productos exigidos por el público, consagró sus últimos años a la "Epica eslava" veinte inmensos cuadros de historia que narran el itinerario de los pueblos eslavos. Por fin regresó Alfons a Praga, donde nunca fue bien recibido: el encargo de la decoración del Salón de Honor del palacio municipal de la capital checa, provocó el rechazo de los colegas compatriotas, que se reían de su "afrancesamiento" y de lo que consideraban un arte afectado, degradado, más propio de una casa de cortesanas que de un edifico publico representativo de un país de tradiciones viriles. Una historia que por repetida no deja de ser dolorosa, y absurda.
La bella catedral gótica de San Vito, en lo alto de la Colina del Castillo, en Praga, fue comenzada en el siglo XIII y terminada en 1929. Allí está una vidriera de Mucha, ejecutada en 1931, no con la técnica de los vitrales de la Edad Media sino con la del vidrio pintado. Representa la predicación de los santos Cirilo y Metodio y retoma así uno de los temas de la juventud del artista, cuya última obra gráfica es la ilustración de un libro de su compatriota Hais_Tynecky, "El angelito barroco". Se advierte allí lo que durante mucho tiempo se pasó por alto en la formación de Mucha: la influencia del arte barroco y rococó del área checa, que con tanta riqueza exubersncias ornamental decora iglesias y palacios. Recibió también, es indudable, influjos del prerrafaelismo inglés y de los diseños de William Morris. Más lejos aún, de los entrelazos gozosamente tramados por los monjes irlandeses en sus evangelianosmediales, y del Oriente, las miniaturas persas e hindúes, la decoración árabe, las estampas japonesas tan de moda en Europa a fines del siglo XIX.
Entre sus herederos figuran Alejandro Sirio (ilustrador admirable de este Suplemento, y René Gruau, el gráfico favorito de Dior.
El arte de Mucha, que falleció en 1939 en Praga ocupada por los nazis, deprimido por el interrogatorio al que inexplicablemente lo sometió la Gestapo, conoció un revival inesperado en los años 60. Su afiche de propaganda turística "Mónaco Montecarlo" (1897), lo mismo que el de los cigarrillos Job, del año anterior, y los nueve que hizo para Sarah Bernhardt, trascienden la intención comercial y la meramente decorativa.
Deben contarse, por derecho propio, entre los más hermosos poemas lineales del arte occidental, junto a los de Beardsley y a la ronda de las Tres Gracias en La Primavera de Botticelli.
Por Ernesto Schoo
Para La Nación




