Las víctimas de la sangre azul
La porfiria es uno de los flagelos que la Matrona de Europa infligió a su linaje. Se trata de una afección que produce todo tipo de trastornos y que causó estragos entre las testas coronadas.
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HE aquí un libro que, a la vez, desconcierta y fascina.(1) Al principio, recelé de la motivación política que podría tener un estudio sobre la presencia de genes defectuosos en la realeza. El telespectador de documentales de tono siniestro ("Un sombrío castillo de Silesia guardó por medio siglo un secreto que aflige a la Casa Real británica...") o el lector ocasional están convencidos de que si se ha podido demostrar que uno o dos miembros de la familia real, poco conocidos, padecieron de porfiria -una enfermedad de la sangre, rara e incurable-, debe haber, por fuerza, más parientes afectados.
Este libro fue escrito conjuntamente por un historiador distinguido y dos genetistas calificados. Presentan numerosas evidencias, nos indican cómo detectar la porfiria, insinúan muchas cosas, pero exponen su tesis sin caer nunca en la exageración o el énfasis excesivo. El historiador, John C.G. Röhl, ha pasado largos años investigando al káiser Guillermo II, su mal carácter, sus asesores corruptos, su antisemitismo incontrito.
La porfiria es una enfermedad fascinante y horrible; básicamente, es "un conjunto de trastornos, en gran parte heredados, que traban la capacidad del organismo de fabricar el pigmento rojo de la sangre", o sea, un trastorno metabólico heredado. La porfiria variada o "enfermedad real" afecta la piel y ocasiona, entre otras afecciones, dolores abdominales, alteraciones mentales temporarias y decoloración de la orina.
Conocemos sus síntomas a partir de varios estudios sobre Jorge III. Su colon había desarrollado "adherencias anormales contra la vejiga, acompañadas de un depósito inflamatorio sólido del tamaño de una naranja" y otras cosas peores. La salud de todos los hijos de Jorge III genera sospechas.
Los autores rastrean el gen (que, a veces, permanece latente) hasta la reina Victoria -no me convencieron de que haya padecido realmente la enfermedad-, su hija Victoria Adelaida, esposa del emperador Federico III de Alemania, y, en la generación siguiente, Carlota de Sajonia-Meiningen y su trágica hija, Feodora Reuss, que se suicidó tras soportar una vida de sufrimientos.
En el caso de las dos últimas princesas, los autores dieron un paso macabro y extendieron el papel del biógrafo más allá de la habitual exhumación de oscuros documentos de archivo: las exhumaron a ambas y extrajeron muestras suficientes para hacer pruebas de ADN definitivas.
Demuestran que en 1968 aún se detectó la porfiria variada (en remisión) en el príncipe Guillermo de Gloucester; de esto se infiere que también fueron portadores su padre Enrique, duque de Gloucester, Jorge V y Eduardo VII, con lo cual volvemos a la reina Victoria. Insinúan que el médico de ésta, sir Ronald Bodley Scott, que también era hematólogo, examinó a la mayoría de los miembros de la Casa Real, al parecer con resultados tranquilizadores.
No obstante, los autores del libro podrían sacar provecho de un examen clínico más minucioso de la achacosa Luisa, hija de Eduardo VII, de cuya muerte se dice que fue "una liberación misericordiosa", y de su hija, casada con el príncipe Arthur de Connaught, postrada desde 1945 hasta su muerte en 1959.
Ante este cuadro de linajes reales afectados, algunos, por la porfiria y, otros, por la hemofilia, me parece admirable que la numerosa descendencia de Victoria haya hecho y logrado tanto, y pienso cuán distinta habría sido la historia si se hubiese advertido a otras familias reales que no debían concertar enlaces con hijas de la reina-emperatriz.
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