Leyendas involuntarias
La circulación social de libros requiere del autor un perfil, una figura. Algunos la cultivan a conciencia, pero otros han adquirido dimensión de mito desde una soberana indiferencia. Es el caso de Juan L. Ortiz y Macedonio Fernández, en los que se centra este texto de Beatriz Sarlo. A vuelta de página, Fogwill pone en evidencia los equívocos de una desmedida exposición mediática
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"Una de las obras más importantes de un escritor -quizá, la más importante de todas- es la imagen que deja de sí mismo a la memoria de los hombres, más allá de las páginas escritas por él."
Borges profesor: curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires, edición, investigación y notas de Martín Arias y Martín Hadis (Buenos Aires, Emecé, 2000).
Macedonio y Juan L. Ortiz, delgadísimos, descuidados y elegantes como mendigos principescos, raros, apartados de la competencia literaria, criollos viejos y amigos de los jóvenes: dos escritores cuya imagen es tan fuerte como su obra. Soles de sistemas planetarios ocultos, alrededor de Macedonio orbitaron Borges, Scalabrini Ortiz y casi todos los martinfierristas; alrededor de Juan L. Ortiz, los jóvenes Hugo Gola y Juan José Saer. A Macedonio y Juan L. se los menciona prescindiendo del apellido, a uno por su nombre raro, al otro acompañado por la inicial, juanele. Lo que fue intimidad de unos pocos, con el tiempo se convirtió en denominación pública. Macedonio fue el Gran Viejo de las vanguardias en los años veinte; Juan L. fue la verdadera literatura casi secreta, para quienes empezaban a escribir en los años sesenta y no se reconocían en lo que se llamó boom . En todo caso, los grandes escritores argentinos de la primera y la segunda mitad del siglo XX están unidos por la amistad más intensa y la respetuosa admiración que suscita el genio extravagante del viejo en el escritor joven: Macedonio y Borges, Juan L. Ortiz y Saer.
Macedonio es el primer mito literario argentino. A diferencia de su contemporáneo Lugones, no hizo nada que lo colocara en la luz, ningún movimiento hacia afuera. Fue revelándose a medida que lo conocía el grupo de jóvenes de los años veinte. ...l, como su amigo Santiago Dabove, era un escritor secreto. A Macedonio se lo conoció un poco por sus cartas, por sus intervenciones orales, por páginas fragmentarias y por unas pocas ediciones que él no promovió. Con auténtico desinterés pasó décadas sin publicar un libro. Pero sus amigos lo leían y sobre todo lo escuchaban. Cuando Borges afirmó haberlo admirado hasta el plagio, fundaba su propia imagen eligiendo darse un antecesor a su altura (Piglia, de algún modo, retoma y ficcionaliza ese gesto). La leyenda de Macedonio atraviesa el tiempo, desde los años veinte a los sesenta, cuando un joven escritor, Germán García, va nuevamente a la busca del Gran Viejo, y Horacio Achával lo edita en el Centro Editor de América Latina; luego, lentamente, su hijo Adolfo de Obieta va publicando sus obras, como una especie de minucioso monumento póstumo.
La solidez de la leyenda del anciano que vivía en pensiones, había querido fundar una colonia anarquista, se cobijaba bajo capas y capas de ropa y tocaba hipotéticamente la guitarra inaugura la imagen del artista retraído, a contracorriente, escritor de escritores, un vanguardista por sus dichos, alguien que, como un dandi de fin de siglo, hizo de su vida un objeto raro y admirable.
Juan L. Ortiz es la otra leyenda. Paraná, el Gualeguay, su figura tan leve como la de Macedonio, su larguísima boquilla y los incontables cigarrillos, su viaje a China Roja donde, en el medio de un camino polvoriento, alguien le recitó un poema y ese alguien pudo haber sido Mao, su escucha de Radio Pekín en las noches al borde del río, el carácter no cerrado de su Libro, una obra que corrigió infinitamente, mandando ejemplares a los amigos con tachas y agregados en letra casi imperceptible. Cruzar el río a Paraná fue en los años cincuenta y sesenta la peregrinación de elegidos, que pasaban un fin de semana en una suerte de Weimar semirrural, escena de pequeños hechos curiosos que se transformaban de inmediato en anécdotas. Juan L. fue un poeta para poetas, descuidado de cualquier relación con eso que se llama público.
Sus obras, inconseguibles hasta los años sesenta, fueron editadas por primera vez por la Biblioteca Constancio Vigil de Rosario. Ninguna empresa comercial se ocupó de Juan L., excepto un librito impulsado por otra poeta, Juana Bignozzi, hacia fin de los años sesenta, publicado por la misma editorial Carlos Pérez donde apareció el libro de reportajes de Germán García sobre Macedonio. La Universidad de Santa Fe presentó, en 1996, su Obra completa , en edición a cargo de Sergio Delgado. A Macedonio lo editó su hijo; a Juan L. lo han seguido editando los amigos y los amigos de los amigos.
Tanto Macedonio como Juan L. Ortiz se movían fuera de los recintos de la vida literaria y francamente desentendidos del efecto que se extendía más allá de una casa en las afueras provincianas o de una pieza de pensión en Buenos Aires. Practicaban una especie de indiferencia olímpica, pero no soberbia. Son probablemente los mayores mitos de la historia literaria argentina del siglo XX y, sin embargo, solamente los escritores llegan a afirmar que son los más grandes. Son como el secreto de una logia: algo que no se muestra todo el tiempo y que verdaderamente conocen solo los iniciados. Lo que se reunió alrededor de Macedonio y de Juan L. Ortiz tuvo el rasgo de una conjura estética.
Vamos hacia atrás. Racine no era otra cosa que un cortesano que escribía las tragedias magníficas que le gustaban al Rey Sol; Voltaire no quería ser sino un hombre de sociedad conocido por sus ideas, no por sus caprichos ni por sus aventuras. Pero a fines del siglo XVIII, la circulación social de libros requiere del escritor una figura, como si la obra no fuera suficiente, porque quienes comenzaban a conocer la obra, los nuevos lectores de las nuevas industrias de impresión de libros, ya no conocían directamente a sus autores. Samuel Richardson, el fundador de la novela europea sentimental moderna, quería ser identificado como un caballero, simplemente por esa marca de origen y de estilo, porque vivió el desconcierto producido por el cambio de público: de lectores pertenecientes a las elites a los nuevos lectores desconocidos. Unas décadas más tarde, con Byron, con Chateaubriand, con Victor Hugo, el mito del escritor fue tan fuerte como su obra y la historia literaria se refiere, con propiedad, a la "coronación del escritor".
Según las épocas, muchos escritores establecen su imagen sobre un horizonte exterior a la literatura. A mediados del siglo XX, esa última instancia de la literatura fue la política. La época obligaba a la toma de partido, sobre la revolución cubana por ejemplo, tanto como el estilo contemporáneo juzga anacrónicos los pronunciamientos ideológicos fuertes. Los que siguen haciéndolo mantienen una especie de reflejo del pasado, como si fuera una resistencia que se activa respecto de lo político, pero que no forma parte central de una imagen actual de escritor. Solo los más viejos conservan esa tensión como una dimensión permanente de su figura. La política se ha separado de la vida literaria y se acepta (casi diría: se promueve) que el escritor no se identifique como intelectual. David Viñas y Rodolfo Walsh responden, y esto no tiene nada que ver con el contenido de sus posiciones políticas, a la figura moderna del escritor como intelectual. Esta división entre escritor artista y escritor intelectual es característica de buena parte del siglo XX. No coincide de modo inevitable con una división ideológica entre izquierda y derecha. Hoy ha perdido sentido salvo para escritores nacidos antes de 1940, es decir, escritores que en los próximos años entrarán en el olvido o en la historia literaria.
Donde dominan los medios, la imagen (si es que algo literario es tolerado eventualmente en las pantallas) puede ocultar la obra salvo para los fieles a la literatura. Como sucede con la imagen popular de Borges, en la que se descubre alguien bien distinto (un sabio
benevolente, un erudito) de lo que Borges fue como escritor (alguien que desquició, por ironía, todos los saberes). Debajo de los "grandes" están los escritores sin figura pública, el proletariado de las editoriales, los redactores de best sellers que no logran venderse y de biografías históricas rápidas que no alcanzan a ser best sellers; o las vanguardias más secretas, publicadas en pequeñas editoriales que, de todos modos, hoy no aceptarían el nombre de vanguardia porque les parece demasiado moderno, demasiado siglo XX.
Oliverio Girondo paseó un espantapájaros por las calles de Buenos Aires, cuando apareció su libro de ese título; era el gesto del vanguardista rico que buscaba el escándalo, no el de un responsable de marketing . La parafernalia que hoy rodea la presentación de una novela le hubiera parecido descarada a un fabricante de tónico para la calvicie en 1915.
En los intersticios que ahora dejan la prensa y los "eventos" producidos por la industria editorial, el escritor debe ingeniárselas para construir una figura en espacios que son adversos a las personalidades originales, porque necesitan estereotipos más accesibles al efecto mediático. Es casi imposible ser un escritor sin imagen pública. Cuando, en los últimos años de su vida, Borges aplicada y pacientemente contestaba reportajes, construía, pese a las equivocaciones políticas que quizás lo sustrajeron de las listas del Premio Nobel, pequeñas escenas literarias, dramas de lectura, que se parecían a lo que había escrito por sus paradojas y su ironía, pero que estaban como esfumadas, como atenuadas por la proximidad de un micrófono y la incógnita de un público que Borges ya no conocía.
En esos mismos años, Puig afirmaba que escribía desde cierto desdén por la literatura. Como si su pasión por el cine fuera una disyunción autoimpuesta (o novelas o películas). Puig buscaba que su imagen pública fuera la que confirmaba una popularidad de masas que, en realidad, nunca tuvo del todo, porque sus novelas eran demasiado artificiosas, estaban demasiado escritas para fingir que no estaban escritas, eran, entonces, no realistas, literarias como las canciones de Alfredo Le Pera que citaba en Boquitas pintadas . Osvaldo Lamborghini y Alejandra Pizarnik construyeron pieza a pieza, los dos con violencia, pero con violencias diferentes, una personalidad de escritor arraigada en la tradición literaria: la niña suicida, el maldito. Sobre ambos escribió César Aira, cuya imagen se produce por abundancia de novelas y sustracción de reportajes. Un escritor dandi, como lo fue Charlie Feiling, cultivó una personalidad casi fuera de época, porque hay demasiado detalle imperceptible en un dandi y se necesita mucha cultura literaria para apreciarlo: el dandise muestra y se sustrae .
¿Son imaginables los dos grandes viejos, Macedonio y Juan L. Ortiz, en el mundo literario contemporáneo? Probablemente tendrían el perfil de Ricardo Zelarayán o de Roberto Raschella: no su literatura sino sus figuras introvertidas y austeras, conocidas casi únicamente por los miembros de un club de iniciados.
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