
Librería de barrio
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EN este camino hacia el tercer milenio el hombre ha ganado mucho. Sin embargo, siendo el balance positivo, a veces se impone cierta nostalgia por mínimas pérdidas: el aroma de los budines caseros recién horneados -ahora se compran en las confiterías, igual que el arroz con leche no sé si cubierto de canela-, el olor de la lluvia sobre la tierra -inexistente en los departamentos-, el llamado callejero del afilador y, más allá de estos entrañables goces materiales, otros más intelectuales como el placer de entrar en una librería, revisar las novedades y oír la opinión del librero que las ha leído y aconseja en consecuencia. De esta especie en extinción, todavía se encuentran algunos individuos que persisten en el amor por los libros. Y uno de ellos está en mi barrio, en Palermo, en la antigua Canning, que ahora se llama Scalabrini Ortiz, cruzando Las Heras hacia el río. La librería es conocida como "La barca"; nombre y logotipo derivan de la graciosa barquita de Picasso. A Esther Weissmann, la dueña, todos le dicen "Chiche". Hace diecisiete años que está allí porque le gustan los libros.
-¿Qué pide la gente, en general?
-Mis clientes, buenas novelas que nosotros, Osvaldo, mi empleado, y yo leemos y recomendamos. Así, después de hacernos un juicio, podemos decirles: "esta novela es para vos" y los clientes nos tienen confianza. Nos abstenemos de los best sellers , de esos que se venden solos. Buscamos buenos autores y lo que más nos gusta es descubrir nuevos nombres y ver si valen la pena.
-El 99 fue el año Borges. ¿Se vendieron más sus libros?
-Sí. Más de él y sobre él, incluyendo las biografías. Por supuesto, ayudaron los medios y mucha gente que no lo había leído se interesó, pero ahora, en el 2000, ya pasó. Lo busca el lector de siempre.
-¿Qué tipo de gente frecuenta tu librería y quiénes leen más?
-Hay muchos profesionales, pero las mujeres leen más. Luego está el público que durante el año lee materias de su especialización y literatura sólo en el verano.
-¿Cuál es el promedio de edad de tus lectores?
-Más o menos cincuenta años. Sin embargo, tenemos muchos jóvenes y ellos suelen ser muy exigentes.
-¿Se vende poesía?
-Sí, mucho más que hace unos años, tanto que la cambié de lugar; la puse más a mano. Lamentablemente, se leen más ediciones extranjeras, las de acá suelen ser muy pobrecitas como aspecto y la vista es importante. Una edición bonita vende.
-No quiero ponerme al lado de los inspectores de la DGI, pero, ¿cuántos libros vendés por día como promedio?
-Unos cincuenta... Hay más posibilidades de vender con las ediciones de bolsillo. Eso hace las cosas más difíciles para el librero porque se debe vender más, para ganar lo mismo, pero es mejor que la gente lea.
-¿Las madres les compran libros a sus chicos?
-Las lectoras, sí; las otras se quejan: "A vos te parece, en el año ya le han pedido cinco libros". Ahora, en este nuevo local, les doy más importancia a los chicos, he armado un espacio para ellos.
-¿Cuál es el comprador más difícil?
-El que no sabe qué quiere y te larga vaguedades. Te piden una buena novela pero no te das cuenta qué consideran ellos como tal.
-¿Cortázar se vende?
-No, muy poco. El quedó relegado como tantos otros que en su momento llenaban el horizonte: Mallea, Marechal, Mujica Lainez. Es que hay demasiados; es como esas mamás que tienen un hijo por año y no pueden atenderlos a todos. No se les da un mínimo de tiempo y el libro se muere. Esto es contraproducente: cuando hay tantas opciones, la gente se embarulla y se va sin comprar.
-Hay mucha competencia con los quioscos o los supermercados?
-Sí y es desleal. Las editoriales les dan muchas ventajas, a ellos y a las grandes librerías; a los pequeños libreros de barrio nos hacen trabajar mucho, casi como si fuéramos sus empleados.
-¿Ha cambiado el público en estos últimos años?
-Sí, creo que está mejor informado e indudablemente aumenta.
-¿Te roban mucho?
-No, porque tengo una clientela fija y conocida: la gente del barrio.
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