Los 50 años del Mamba
Era jefe de gobierno Enrique Olivera cuando se abrieron los sobres de la licitación para la ampliación del Mamba de la avenida San Juan. Desde entonces, la danza de los sobres ha seguido un ritmo extraño de marchas y contramarchas, sin que arranque el proyecto de Emilio Ambasz que sumará el Museo del Cine. La información del día dice que la firma de Hacienda ya está puesta y que, a pesar de haber perdido tiempo y un crédito del BID, la ciudad tendrá el Museo de Arte Moderno que se merece como sexta capital elegida por los viajeros, cuando el turismo es una fuente de ingresos más importante que los granos y la carne.
Si se sigue la lección de España, habrá que fortalecer la red de museos y liderar el turismo cultural de la región, meta cercana y posible con la apertura del MNBA de Neuquén; el MAC y el Museo de Alta Montaña de Salta; el asombroso Macro de Rosario, y el nuevo triángulo de las artes que formarán en Córdoba el Museo Caraffa, el Palacio Ferreira y la ex cárcel del Buen Pastor. Ningún país del mundo creó tanto museos como España en los últimos veinte años, desde La Coruña hasta Málaga, desde León hasta Castellón, con el afán de acortar la brecha abierta por el aislamiento franquista. Bilbao levantó la cabeza con el Guggenheim, y Valencia con la Ciudad de las Artes y las Ciencias.
El Mamba es a Buenos Aires lo que el Reina Sofía a Madrid y el MoMA a Nueva York. No hay tiempo que perder. Las colecciones merecen un techo digno como imaginó 50 años atrás su fundador, el crítico Rafael Squirru. Para medir la inoperancia basta con un dato: cuando se anunció la ampliación del Mamba ni siquiera existía el Malba, salvo en la cabeza de Eduardo Costantini.





