Los viajes que no podemos olvidar
Con los viajes pasa como con los amores. Uno tiene presente y fresco el último viaje, se le borran de la memoria muchos detalles de los periplos que ha realizado y difícilmente pueda olvidar el primero de todos ellos. Viajé por primera vez cuando tenía nueve años, en un trasatlántico inglés llamado Arlanza. Mi madre, mi hermana y yo ocupábamos un camarote bajísimo en la clase turista, porque aquélla era entonces la forma más barata de atravesar el océano y llegar al Viejo Continente. Barato y todo, para mis padres, inmigrantes y pobrísimos, significaba una verdadera fortuna: se endeudaron durante años para que mamá pudiera finalmente reencontrarse con mi abuela María del Escalón en Vigo, donde se habían visto por última vez. En 1947 María había puesto a mi madre, con 15 años, en un barco y la había enviado a la tierra prometida: Buenos Aires. Le juró que toda la familia la seguiría. Pero algo falló y mi madre quedó presa en este lado del mundo y padeció siempre la cruel tragedia personal de haberse hecho argentina a la fuerza y de haber vivido alejada de su madre y sus hermanos. Era un mundo tan distinto. Las clases trabajadoras iban al cielo pero no volaban en aviones ni tenían dinero para las llamadas de larga distancia, que salían un ojo de la cara y que se destinaban sólo para navidades o fines de año. No había e-mails , ni chateo, ni Skype. Las distancias eran abismales. Y cuando uno se iba, lo hacía "para siempre". En 1969, casi treinta años después, navegamos quince días, nueve de ellos sin ver tierra, y nos deslizamos por mares calmos, nos zarandeamos en tempestades aterradoras y surcamos olas encrespadas frente a las costas de Portugal. Todo era para mí una aventura sin miedos. La inconsciencia de la edad me permitía incluso soñar despierto con naufragios apasionantes mientras nos colocaban los salvavidas anaranjados y nos hacían participar en cubierta de los simulacros de abandono del barco.
Al entrar en el puerto, mi madre reconoció a la suya entre el gentío y le gritó: "¡Mamá, estoy aquí!" Y María, llorando desde la dársena, gritaba: "¡Ay, hija mía, no te conozco, no te conozco!" Cuando se abrazaron en el hall, pegaban tantos alaridos que la gente empezó a rodearlas y a aplaudirlas como si fuese una obra de teatro. Algunas personas tenían los ojos llenos de lágrimas.
Estuvimos seis meses en España. Esa experiencia íntima, llena de prados, genealogías asturianas y aventuras imaginarias y reales cambió mi vida. Como decía Borges de la lluvia, el viaje ocurre siempre en el pasado. Quien viaja por placer viaja para evocarlo y compartirlo, y quien viaja por periodismo o literatura viaja para contarlo. La narrativa de los últimos siglos ha sido pródiga en libros de viajes -extrañamente emparentados con la autobiografía y el memorialismo-, desde los relatos de aquellos grandes exploradores de cuando el mundo era todavía joven hasta los de los peregrinos de la palabra que dejaron obras inolvidables. La crónica viajera es un género extraordinario, que han practicado en nuestro país con pluma excelsa clásicos de todos los tiempos, de Sarmiento y Mansilla a Arlt y Caparrós. En esta redacción, sin ir más lejos, convivimos con el fantasma de uno de los grandes cronistas viajeros de la historia: Manuel Mujica Lainez. En El arte de viajar , su prologuista y compiladora, Alejandra Laera, cuenta las andanzas de ese escritor viajero que recorrió el planeta para narrarles a los lectores de LA NACION los fulgores y ruinas de la Humanidad. Su primera crónica de viaje la escribió a propósito del primer vuelo del Graff Zeppelin entre Río de Janeiro y Alemania, donde Manucho se quedó por dos largos meses mirando y escribiendo.
En vísperas de las fiestas, al borde de las vacaciones, el verbo "viajar" resuena en nuestra cabeza. Fue ese eco el que nos llevó a pensar y realizar, a modo de regalo, esta edición especial que contiene textos de siete nómades que, sin intentar emular a Manucho, de alguna manera lo hacen. Los escritores Edgardo Cozarinsky, Leopoldo Brizuela, Daniel Guebel, Vlady Kocianchich y Luisa Valenzuela, y los periodistas Hugo Beccacece y Leonardo Tarifeño cuentan, cada uno a su modo, Beirut, Lisboa, Barcelona, Río de Janeiro, Viena, Budapest e Illiers, la ciudad de Marcel Proust. No entiendo aún qué figura forma este rompecabezas hecho de crónicas viajeras. Tal vez pruebe que todos los viajes son uno solo. Y que ese viaje es el primero de todos los que hicimos.
Mientras editábamos este número, yo volví a sentirme, por un momento, en la cubierta del Arlanza, en aquellas tardes doradas en que nos perseguían delfines míticos y nos saludaban con sirenas y bocinas atronadoras otros buques, otros viajeros esperanzados.





