
Macchi, la ascensión y Venecia
Hace siete días, cerca de las seis de la tarde, cuando la luz de Venecia de vuelve incandescente, comenzó a arremolinarse el público en el pasaje Della Fava, vecino del campo de San Bartolomé, donde la ciudad muta en un laberinto húmedo y oloroso. Alli nomás, al final del pasaje, está el oratorio de San Filippo Neri, elegido como sede del envío argentino a la 51° edición de la Bienal. Ya se sabe, la Argentina no tiene pabellón propio y cada dos años la dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería inicia el peregrinaje en pos de un edificio adecuado para albergar el envío.
A pesar del laberíntico camino de acceso, en minutos, la capacidad del oratorio estuvo colmada y las dos performances previstas se convirtieron en cuatro. Solemne, la viola da gamba, instrumento barroco por excelencia, selló el silencio con los primeros acordes de la partitura escrita por Edgardo Rudnizky, mientras un joven performer iniciaba con sus saltos rítmicos la intermitente ascención sobre la inmensa cama elástica azul cobalto. El intento de ascender, inútil empresa, alcanza para medir los limites de la condición humana y remeda, desde lo terrenal, la celestial Asunción de María, la madre de Dios, al Reino de los Cielos, tema del fresco que cubre el techo del oratorio.
En ese instante, Jorge Macchi, empinado sobre la suela de sus zapatillas, mirando sin ver la sala llena de gente, percibió el sentido y los alcances de la instalación construida en la remota Buenos Aires y trasladada a Venecia. Una mudanza de peso si se piensa en la fragilidad de casi todas sus obras; volátiles y etéreas construcciones realizadas, en algunos casos, con el esqueleto de la página de un diario. Macchi, presente también con una obra en el pabellón central curado por María de Corral, ha tocado en Venecia el cielo con las manos, y no precisamente por la agónica ascención del performer. Aunque refractario a los rótulos, es un conceptual con la inteligencia precisa de un estilete y el talento para construir una obra "hecha de ausencias", según la definición de María Gainza en el luminoso texto que prologa el Libro de Artista, editado para la bienal.
La inauguracion oficial en el oratorio, con la presencia de Carlos Basualdo, Teresa Bulgheroni, Ivo Mesquita, Giacinto de Pietrantonio, Alphonse Hugh, Lillian Llanes, Adriano Pedrouso y de la galerista Orly Benzacar, cerraba el círculo abierto por Jorge Macchi y Adriana Rosenberg, artista y curadora, cuando asumieron el desafío de representar a nuestro país en la Bienal de Venecia, que sigue siendo la madre de todas las bienales.






