
Magris, el hombre en la frontera
El escritor italiano, autor de la celebrada novela Danubio y ganador del premio Strega en 1997 por Microcosmi , habla en esta entrevista de su literatura y de su interés por la historia pequeña, la de los hombres con minúscula. A la vez, realiza una pintura entrañable de su Trieste natal, una ciudad "en la periferia del mundo" que fue punto de convergencia de culturas diversas y le dio a Italia algunas de las voces más importantes del siglo, como Italo Svevo y Umberto Saba.
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LAMENTO que no nos hubiésemos encontrado en el Café San Marco (los lunes, se sabe, está cerrado). "El San Marco es -me explica Claudio Magris- un verdadero café, situado en la periferia de la Historia, contraseña de la fidelidad conservadora y del pluralismo liberal de quienes lo frecuentan. Pseudocafés son aquellos en que acampa una única tribu, poco importa si de señoras bien, jovencitos de esperanzas hermosas, grupos alternativos o intelectuales aggiornados . Toda endogamia es asfixiante: también los colleges , los campus universitarios, los clubes exclusivos, las reuniones políticas y los simposios culturales son la negación de la vida, que es un puerto de mar". A pocos pasos del mar, la cervecería Da Primo, donde los mozos hablan triestino y, si es necesario, un correctísimo italiano, sirvió de marco a una charla con Claudio Magris, escritor italiano, profesor de literatura alemana y ensayista, cuya obra ha tenido en los últimos diez años una importante repercusión en el ámbito de la literatura peninsular y europea.
Encrucijadas
Claudio Magris nació en 1939 en Trieste, que se distingue de otros centros culturales de Italia por su condición de ciudad de frontera (donde, en un pasado reciente, convivieron italianos, eslavos, hebreos y austríacos) y también, por ser puerta natural de comunicación con el mundo danubiano-balcánico que definió la fisonomía triestina. Magris ha reflexionado mucho acerca de su lugar de origen: "Trieste ha sido y sigue siendo una ciudad rica en contrastes, pero sobre todo ha buscado su propia razón de ser en esos mismos contrastes y en su consecuente indisolubilidad. Los escritores que han vivido a fondo la heterogeneidad, la multiplicidad de los elementos irreductibles a una unidad, han entendido que Trieste -como el Imperio Austríaco del que formaba parte- era un modelo de la naturaleza contradictoria de toda la civilización moderna, exenta de un fundamento central y de una unidad de valores".
Ahora bien, Trieste es antes que nada su literatura, su vida cultural intensa, su orgullo de ciudad multiétnica y plurilingüe, que dio a Italia voces fundamentales de este siglo: Italo Svevo, Carlo Michelstaedter y Umberto Saba, para mencionar sólo a los más conocidos entre nosotros. Magris confiesa: "Nací y viví hasta los dieciocho años en Trieste, amándola mucho, amando el mar, el Carso, sin reflexionar demasiado acerca de ello. Es más, yo desconfiaba de mi ciudad como quien no cree en las glorias del propio hogar, sobre todo respecto de Trieste que ha dado lugar a demasiadas. Yo, que a los trece años había leído a Proust, a los dieciocho no había leído una línea de autores triestinos. Luego en Turín, donde cursé mis estudios universitarios, sentí por primera vez nostalgia de mi ciudad. La había dejado no porque hubiera sentido la necesidad de dejarla, sino porque quería estudiar en Turín. Y fue así como en Turín comencé a leer libros de autores triestinos; me enamoré de los más grandes y comencé también a reflexionar sobre mi ciudad: su realidad compuesta, el mundo eslavo, el primer acercamiento a la cultura hebrea gracias a amigos de mis padres, y sobre todo, la experiencia de la frontera.
"Aprendí ante todo que las fronteras son cicatrices que no están fuera de nosotros, sino adentro, fundamentalmente en el caso de Trieste, una ciudad que ha vivido numerosas laceraciones. Estas laceraciones del propio lugar, se las encuentra dentro de uno mismo. Superar las cicatrices significa quitar con dolor los puntos para recomponer la unidad quebrada, violentada. Pero, dejando a un lado todo esto, dos cosas señalo de Trieste, no directamente literarias: la frontera cercanísima que yo veía cuando tenía seis o siete años no era una frontera cualquiera, sino la cortina de hierro que dividía el mundo en dos, una frontera infranqueable, hasta el fin de Stalin y la normalización de las relaciones entre Italia y la ex-Yugoslavia. Ahora bien, detrás de esa frontera, yo veía un mundo en parte conocido y otro completamente ignoto. Conocido, porque Istria, adonde iba cuando niño, era tierra italiana que Yugoslavia anexó a su territorio al final de la Segunda Guerra Mundial y que, por lo tanto, era un mundo igual al mío. Ignoto, porque era el mundo amenazante, temido y vago de Stalin, a tal punto que yo mismo creía que Praga estaba al este de Viena, sólo porque pertenecía a Europa del Este. Mi descubrimiento de esa dualidad se asemeja a la esencia de la literatura, que es un viaje de lo conocido a lo ignoto y viceversa: descubrimos que algo que nos parecía desconocido nos es cercano y por el contrario, algo que creíamos conocer nos resulta extranjero, lejano. Mi condición de triestino, en tanto situado en la periferia de un mundo, me ayudó a comprender, en fin, que todos estamos situados en la periferia de la historia".
A principios de siglo los intelectuales triestinos se hallaron ante la gran encrucijada de su historia: aceptar su destino de italianidad y abandonar definitivamente el Imperio. Magris define ese fenómeno en términos poéticos: "Se trataba de transformar el ocaso en una aurora, salvar la contradicción existente entre el nacimiento de una gran literatura y la muerte de un universo compacto, orgánico, totalizador como era el de la cultura austríaca. Esos intelectuales sabían que sólo a partir del caos, de la pérdida de un nexo, de la disociación, podía emerger una realidad que fuera espejo de la condición humana. No fue por casualidad que Joyce se instaló en Trieste. Esto es quizás sintomático de esos momentos en que, como decía maravillosamente Svevo, se produce un cortocircuito entre la dimensión sanguínea, sensual, picaresca de la vida y la nada. Todas estas cosas las siento propias desde el punto de vista cultural, pero de un modo muy libre, pues yo he tenido mucha suerte: viví en Trieste mi infancia y mi adolescencia, y la juventud y la madurez en Torino y en Alemania. He vuelto libremente a Trieste, por propia iniciativa, sin rencores ni odios. En realidad, ya no reflexiono mucho sobre mi ciudad, así como soy hombre y no pienso en mi masculinidad, o también de la misma manera en que amo a mis hijos pero no pienso siempre en mi paternidad".
Viaje, vocación y experiencia
El año pasado, Magris recibió el Premio Strega por Microcosmi (de próxima aparición en español), novela en que la mano de un narrador viajero introduce al lector en el mundo cotidiano de Trieste, del Friuli y de Dalmacia. En ella, la descripción de los habitués del café San Marco, la de los pescadores de las islas vecinas, o las fascinantes historias de revolucionarios fracasados y las fábulas de animales solitarios, así como la minuciosa celebración de un gesto, de una voz, de un instante fugitivo, componen un universo en el que deslumbra el ansia de exploración del significado oculto de las cosas y de la existencia de los hombres, con minúscula.
Magris prefiere comentar así su nueva obra: "Este libro no tiene ninguna tesis. Narra la experiencia de un protagonista anónimo que no dice casi nunca yo, y que pareciera que trata de entenderse a sí mismo observando los lugares de su existencia que son etapas y moradas, hasta el momento final de su propia muerte. Es el intento de contar la historia de lo que ha visto una persona, identificando aquellos destinos que se cruzaron con el suyo, como si mirando hacia atrás en el terreno interpretáramos las huellas que quedaron y entendiéramos así quién ha sido esa persona. Por eso elegí como epígrafe el texto de Borges que dice que un hombre se ha propuesto dibujar el mundo y, a lo largo de los años, puebla el espacio de la página con imágenes de reinos y provincias, montañas, naves y bahías, astros, caballlos y personas; luego, antes de morir, descubre que ese laberinto de trazos es la imagen de su rostro. ¿Cuál es, de hecho, el único modo de hablar de nosotros? Hablar de las personas más amadas, de los animales que estuvieron junto a nosotros, de los libros que nos sedujeron, de los paisajes que hicimos nuestros, en fin, de todo aquello que conforma la historia de nuestra vida.
"Naturalmente, en esta historia que compuse se franquean muchas fronteras, no sólo fronteras nacionales y lingüísticas, sino las fronteras entre el agua y la tierra, entre la vida y la muerte, continuamente temida, elidida. El corazón del libro es, quizás, el momento en que la figura femenina que recorre toda la historia atraviesa esa especie de cortina de luz y desaparece. El sentido final es que toda frontera es necesaria, peligrosa, tiene una propia realidad que es incluso ilusoria. El libro está hecho de mundos pequeños, sin que ello signifique que lo pequeño es hermoso. Yo detesto los localismos, prefiero el nacionalismo de un francés, por ejemplo, y no el de un triestino que cree que el mundo comienza en Monfalcone y termina en Murdoch. Prefiero los imperios a los castillos medievales con el puente levadizo alzado, justamente porque la variedad de la vida, la variedad de culturas, de religiones, de lenguas fue siempre tutelada por los grandes imperios. Fue en el Medioevo cuando el débil estaba a merced del poderoso, cuando una identidad de minoría era devastada por un grupo mayoritario. Volviendo a mi libro, confieso que hay una empedernida fidelidad a los grandes deseos de cambiar el mundo: el libro está lleno de revolucionarios fracasados, tenaz pero no ciegamente fieles a sus ideales, capaces de aceptar su derrota. Hay también un profundo sentido de la sacralidad del individuo. La carne -que la Biblia no contrapone al espíritu, sino que conforma la unidad inidisoluble en la fragilidad del individuo mortal- esta carne pesada, grave, pero en ciertos momentos encantadora, digna de ser amada, es también protagonista de mi libro. En fin, hay mucha fidelidad a los hombres, a las bestias, al amor, a la amistad por sobre todo.
"Microcosmi es sin duda la contrapartida de su más aclamada novela, Danubio, compuesta en 1986 (hay traducción española en Anagrama), en la que ese mismo narrador recorría con empeño y minuciosa escrupulosidad el mundo danubiano, descubriendo en cada ciudad -o mejor dicho, en algunos rincones de cada ciudad- las huellas que dejaron los grandes hombres y las grandes ideas. Si en Microcosmi asistimos a la pormenorizada descripción de una cultura milenaria, hecha de tantos momentos fugaces y de tantos hombres anónimos, en Danubio estamos frente al ambicioso proyecto de un hombre que intenta, no sin ironía, penetrar el sentido de las estaciones de la cultura contemporánea, especialmente la que fusionó las apiraciones de la nación germana con las del mundo balcánico. "El Danubio conduce más allá del Rhin -afirma Magris- es un río asutríaco como austríaca es la desconfianza en la Historia, que resuelve las contradicciones eliminándolas, en la síntesis que supera y anula los términos del juego, en el futuro que nos acerca a la muerte".
Ambos libros están unidos por una misma vocación, la del viaje, como forma esencial de la experiencia humana. "El viaje -escribió en Danubio- es la fidelidad del sedentario que, dondequiera se encuentre, confirma sus hábitos y sus raíces e intenta engañar, con la movilidad a través del espacio, la erosión del tiempo, para repetir siempre las cosas y los gestos que le son familiares: sentarse a la mesa, charlar, amar, dormir. [...] Cada viaje es una resistencia a la privación, porque se viaja no para llegar, sino para viajar. [...] El viaje es siempre un camino hacia aquellas lejanías que resplandecen rojas y violetas en el cielo del atardecer, más allá de la línea del mar y de los montes, en lugares donde surge el sol mientras aquí, donde estamos, inicia el ocaso. El caminante avanza en el atardecer, cada paso lo acerca a la línea de fuego que se apaga. Cualquiera sea la opinión o la fe profesada por los hombres, aquello que los distingue es la ausencia o la presencia, en su pensamiento y en su persona, de este más allá, es decir, el sentido de habitar o un mundo acabado y agotado en sí mismo, o más bien, abierto e incompleto".
El océano de la nada
Trieste es también una ciudad de literatos que no escriben, de hombres de cultura que han renunciado a su vocación en un acto cargado de desprecio e ironía. Otro mar (1991), la tercera novela de Magris, aborda la historia de Enrico Mreule, quien nunca escribió más que apuntes y notas. Para huir de su ciudad, se refugió en la Argentina donde, alejado de todo centro habitado, llevó la vida del gaucho, adaptando su exquisita formación clásica (era profesor de griego antiguo) a las exigencias de la Patagonia árida.
"El destino de Enrico Mreule -explica Magris- fue un destino triestino. Entre Roberto Bazlen, otro gran intelectual triestino que también prefirió no escribir, y Enrico Mreule hay, sin embargo, grandes diferencias: el primero estaba dotado de una inteligencia notablemente superior, gozaba además de una lúcida ironía y de una debilidad que lo hacía quebrantable. La debilidad de Enrico, en cambio, era su fortaleza, su capacidad de dominio, su excesiva masculinidad. Enrico ardió en pos de la búsqueda de lo absoluto; Bazlen, en cambio, vivió desde una posición irónica que le permitía mofarse de quienes estaban a su lado. Enrico tuvo razón en lanzarse a una búsqueda desenfrenada de una respuesta, pero se equivocó -según creo- en el modo que eligió. Otro mar es la historia de una vocación frustrada. Lo único que tuvieron en común fue la incapacidad desigual, por cierto, de aceptar la relatividad del todo: Bazlen se salvó a sí mismo con la ironía pero corrompió su capacidad de vivir y amar; Enrico intentó sobrellevar su existencia, sobreviviendo al suicidio de Carlo Michelstaedter, su mejor amigo. A ambos, en el fondo, les faltó la capacidad de captar en lo imperfecto, en lo corrupto, en lo falaz que nos circunda, ese pequeño destello que nos ofrece la vida. En este último sentido, ambos son personajes trágicos: Enrico tenía una potencia exagerada; Bazlen, una impotencia exagerada. Ellos fueron triestinos en la medida en que aceptaron su destino de náufragos".
La Patagonia ha sido un espacio que Magris ha recreado sin haberlo visto. En su libro, la Patagonia es el silencio asfixiante que sirve de escenario a la persuasión, el estado del alma que Carlo Michelstaedter había definido en su tesis de doctorado, antes del suicidio.
"La persuasión -afirma Magris- es la posesión presente de la propia vida y de la propia persona, la capacidad de vivir a fondo el instante, sin el apremio insistente de quemarlo inmediatamente, en vistas de un futuro que llegará, es decir, destruir el instante en la espera de que la vida pase velozmente. La retórica es la organización del saber, el enorme engranaje de la cultura, los febriles mecanismos de la actividad con la cual los hombres incapaces de vivir logran engañarse, impidiendo el acceso a la aniquiladora conciencia de su falta de vida y de valores, del vacío que los domina. Enrico rechazó la retórica y abrazó la persuasión. Cuando estuve en Salvore, cerca de Trieste, y tuve en mis manos los apuntes de Enrico Mreule, guardados en un baúl que él mismo trajo a su regreso desde la Argentina, con cítara y lazo incluidos, me emocioné realmente. En ese momento decidí no ir a la Patagonia, porque yo debía respetar el sentido de la búsqueda de Enrico. Para él, el sur argentino era el vacío, la nada. Si yo hubiese ido, no habría podido resistir la tentación de describir la inmensidad del paisaje, la exuberante sensualidad de la tierra patagónica. Yo necesitaba vislumbrar el océano de la nada".
La relación que Magris ha entablado con la Argentina no termina allí. Sus libros retoman muchos de los temas que fascinaron a Borges: "Borges ha sido para mí una presencia significativa en dos sentidos: por un lado, mi relación personal con él, cuando lo conocí, en los años setenta, en Venecia. En ese momento le conté la historia del sable que luego fue mi primera novela, Hilaciones sobre un sable (publicada en español por Anagrama). Él me dijo: «Esa trama es suya, escriba usted mismo la historia». En segundo lugar, mi relación literaria con él. Hay para mí tres Borges: uno que fue realmente grande, el de Borges y yo, que nos hace sentir la intensidad del vacío, de la ausencia, de la falta. Luego, está el Borges ya cansado que se repite, aparentemente complicado y profundo, aunque en realidad muy simple. Por último, el Borges intermedio, el que más me fascina, el que, en lugar de escribir grandes cuentos, escribe fascinantes imitaciones, fingiendo escribir un cuento, una reseña, un ensayo. Se preguntará por qué éste es el que más me fascina: porque el Borges mistificador es el que nos hace entender que la grandeza es lo que nosotros no somos: mi gloria son los libros que he leído, no los que he escrito. Lo más impactante en Borges es su capacidad de decirnos lo que no somos. Esto es lo que más ha contado en mi obra".


