Marilyn Monroe y la literatura: un affaire que rompe con los prejuicios sobre el mayor símbolo sexual del siglo XX
En el centenario del nacimiento de la diva de Hollywood, que se conmemora esta semana, publican un estudio que ahonda en la importancia y funcionalidad que los libros tuvieron a lo largo de su vida
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Pocos artistas habitan el Olimpo de la cultura pop con tantas imágenes icónicas como Marilyn Monroe: conteniendo el revuelo de su pollera sobre la rejilla del subte, colocándose una gota de Chanel Nº 5 o susurrando “Happy Birthday, Mr. President”. Pero entre todas hay una fotografía en particular que siempre generó una vibración distinta, la incomodidad solapada que convivía con esa fascinación universal que despertaba: Marilyn leyendo el Ulises de James Joyce.
La perturbación nace de un prejuicio: la supuesta incongruencia entre el intelecto y el objeto de deseo. Para el ojo especializado, esa imagen contenía algo necesariamente falso, una puesta en escena orquestada. No encajaba que el mayor símbolo sexual femenino del siglo XX estuviera inmerso en una de las novelas más complejas de la literatura moderna. Esta duda se volvió tan intolerable para algunas personas, que llevó al profesor de literatura moderna de la Universidad de Leeds, Richard Brown, a consultarlo con Eve Arnold, la artista que tomó la fotografía. ¿Estaba Marilyn realmente leyendo el libro o fue utilizado como un accesorio para la imagen? Arnold le respondió: “Estábamos trabajando en una playa de Long Island. Ella estaba visitando a Norman Rosten, el poeta. Le pregunté qué estaba leyendo cuando fui a recogerla. Me dijo que guardaba el Ulises en su auto y que llevaba mucho tiempo leyéndolo. Dijo que le encantaba su sonoridad y que lo leía en voz alta para intentar comprenderlo, pero que le resultaba difícil. No podía leerlo de corrido. Cuando paramos en un parque para hacer fotos, sacó el libro y empezó a leer mientras yo cargaba el carrete. Así que, por supuesto, la fotografié.”
Lejos de ser un mero recuerdo circunstancial, este relato se evidencia como una toma de posición de Arnold sobre una discusión de larga data: ¿tenía Marilyn un vínculo real con la literatura? Esta pregunta entretuvo al público y a la prensa durante muchos años y volvió a tomar fuerza en 1999 cuando Christie’s subastó el lote de más de 400 libros que pertenecieron a Marilyn. La primera reacción de muchos críticos y especuladores anónimos fue la sospecha. Se debatió abiertamente la posibilidad de que esa biblioteca fuera una farsa, un intento de validación intelectual. No obstante, esta postura condescendiente fue rápidamente desmontada por los peritos de la casa de remates quienes demostraron que gran parte de los ejemplares tenían pasajes subrayados, notas al margen con su letra y marcas de lectura.
Un trabajo similar es el que realiza la escritora Gail Crowther en su libro Marilyn and her books. The literary life of Marilyn Monroe, publicado en conmemoración de los 100 años del nacimiento de la actriz. Según Crowther, fue ese mismo escepticismo acerca de la inteligencia de Marilyn el que la hizo interesarse por indagar acerca de la importancia y funcionalidad que la literatura tuvo a lo largo de su vida. Su investigación no se limitó a catalogar títulos sino que propone una lectura biográfica a través de los textos encontrados, transformando la biblioteca privada de la actriz en un mapa de su evolución intelectual. Para la autora, los libros no fueron un accesorio decorativo sino un refugio personal frente a las exigencias del estrellato: un espacio de resistencia y construcción subjetiva que la acompañó desde los primeros años hasta sus últimos días.

Para llegar a esta conclusión, la autora se introdujo en un arduo trabajo de archivo: revisó los recibos de compra de Marilyn en la mítica librería Ivy Bookstore de Los Ángeles, rastreó las cartas donde discutía sus lecturas y catalogó minuciosamente los títulos que tenía en su poder al momento de morir. En función de estos datos Crowther llegó a la conclusión de que su biblioteca representaba para ella, sobre todo, un elemento de estabilidad: “Estos libros, algunos de los cuales databan de su infancia, habían seguido a Marilyn de una dirección a otra”, afirma Crowther. En una vida marcada por mudanzas constantes, divorcios y el asedio de Hollywood, sus más de 400 libros funcionaban como una especie de refugio portátil.
Por otro lado, Crowther logra desmontar la idea de que Marilyn comenzó a interesarse por la literatura a partir de su matrimonio con el dramaturgo Arthur Miller. La autora demuestra que mucho antes de mudarse a Nueva York, Monroe ya devoraba poesía modernista y literatura clásica por iniciativa propia, buscando en autores como James Joyce o Walt Whitman elementos para entender su propia identidad. Habiendo abandonado la escuela secundaria antes de graduarse, Marilyn sintió la necesidad de embarcarse en un programa de autoeducación que pretendía no sólo completar lagunas literarias sino también obtener recursos para comprender su propia psiquis. Allí es donde cobran importancia las figuras de Sigmund Freud –especialmente sus Cartas y la Psicopatología de la vida cotidiana– y los libros de la poeta Emily Dickinson, con quien sentía una afinidad no solo estética sino también personal.
Años después, cuando Marilyn entra en contacto con Lee Strasberg y el Actors Studio, las lecturas de Chejov y Dostoievski le permitirán profundizar en la complejidad psicológica de los personajes y perfeccionar su técnica interpretativa. El trabajo sobre esta obras a menudo era realizado en colaboración con el mismo Strasberg, con quien analizaron la posibilidad concreta de que la actriz interpretara, sobre los escenarios, los papeles de Irina o Natasha de Las tres hermanas, de Chéjov. Aunque ese proyecto teatral nunca llegó a materializarse, el riguroso estudio de los textos, sumado a manuales técnicos como Un actor se prepara, de Konstantín Stanislavski –que también albergaba en su biblioteca– demuestra que su aproximación a los autores rusos no obedecía a un mero afán de validación intelectual, sino a una búsqueda metódica y profesional, orientada a dominar las herramientas de su oficio.
Por último, Crowther rescata anécdotas de su juventud como el período en que compartió apartamento con Shelley Winters en West Hollywood. Allí, las actrices ya organizaban veladas literarias por iniciativa propia y recibían a poetas de la talla de Dylan Thomas. Al llegar al éxito en Hollywood, su vínculo con figuras del ámbito intelectual se hizo todavía más estrecho. Luego de su encuentro con Karen Blixen, la escritora danesa expresó en una carta a Fleur Cowles Meyer: “Jamás olvidaré la abrumadora sensación de fuerza invencible y dulzura que transmitía”. Carson McCullers la conoció a través de Arthur Miller en 1954 y luego siguió visitándola regularmente, dejando sentadas sus impresiones en su autobiografía, Iluminación y fulgor nocturno. Truman Capote conoció a Marilyn en el set de filmación de La jungla de asfalto y, desde ese momento, se volvieron amigos cercanos, como puede percibirse en su texto “Una adorable criatura” publicado en Música para camaleones. Y, por supuesto, el dramaturgo Arthur Miller, con quien estuvo casada entre 1956 y 1961 y comprendía a la perfección la dualidad entre cuerpo y mente que aquejaba a Marilyn: “Era una poeta en una esquina, intentando recitar ante una multitud que trataba de sacarle la ropa”, según recuerda él en su autobiografía, Vueltas al tiempo, publicada en 1987.
Otra fuente de material sobre la relación entre Marilyn y la literatura puede hallarse en el libro Fragmentos: poemas, notas personales, cartas (2010), que recopila textos escritos por la actriz a lo largo de toda su vida. Luego de su muerte en agosto de 1962, sus pertenencias fueron legadas a Lee Strasberg y, cuando este falleció, su esposa, Anna Strasberg, heredó una extensa colección de objetos característicos entre los cuales había vestidos, cosméticos, fotografías, libros. Lo que Anna nunca imaginó fue que, dentro de esa serie de objetos, encontraría dos cajas repletas de agendas, libretas, sobres y papeles, en los que la actriz había volcado su costado más íntimo: “De todos estos ejemplos emerge una Marilyn culta y curiosa, con un fuerte deseo de comprender a los demás, el mundo exterior, el destino y, por supuesto, a sí misma. Tomaba notas, plasmando rápidamente sus sentimientos y pensamientos y expresando su asombro”, explica uno de los editores del libro, Stanley Buchthal.

De todas formas, quien lea este libro buscando una obra literaria consumada, terminará necesariamente decepcionado. En primer lugar, porque se trata de retazos de escritura en crudo, producidos sin la expectativa de ser publicados. Pero también porque el intento de juzgar los textos de Marilyn según cánones estéticos, deja de lado la funcionalidad esencialmente expresiva que la poesía y la escritura en general tenían para la actriz. Lejos de intentar deslumbrar a un lector, el trabajo literario de Marilyn buscaba llevar al papel sus emociones y pensamientos y, en ese proceso, comprenderlos. Es por eso que en sus textos se vuelve una y otras vez sobre los tópicos que la obsesionaron desde la infancia: su miedo a la muerte y al abandono, sus inseguridades y su espíritu perfeccionista, el peso de la mirada ajena y la sensación de ahogo por parte de los hombres y del público en general: “Perdóname, lamento despertarte, pero me pregunto si podrías ayudarme. Me están secuestrando, ya sabes –raptada– por él. Pensé que tal vez en cuanto llegáramos a algún lugar le pediría al conductor que parara y me dejara bajar, pero llevamos horas conduciendo y parece que no estamos en ninguna parte. No solo eso, sino que me estoy congelando; no llevo casi nada debajo del abrigo.”, escribe en uno de los tantos manuscritos sin referencias que fueron recuperados en el libro, y que probablemente haya sido escrito en 1956, en el set de filmación de El príncipe y la corista.
Marilyn, ícono feminista
Es fuerte la tentación de abordar la dimensión intelectual de Marilyn Monroe como un hallazgo arqueológico, una excentricidad oculta tras el mito. Sin embargo, los hechos demuestran que esa subjetividad crítica y emancipada estuvo siempre allí, a la vista de todos. Lejos de la vulnerabilidad pasiva que la industria intentó comercializar, a lo largo de su carrera Marilyn ejecutó sutiles y potentes actos de resistencia frente al orden patriarcal de su época y del mundo de Hollywood en particular.
Uno de los primeros libros que rescata este costado de su vida es la biografía publicada por Gloria Steinem en 1986, Marilyn: Norma Jeane. Allí, la autora reconoce la reapropiación de su imagen como uno de sus primeros frentes de batalla. Cuando en los comienzos de su carrera se descubrió que años atrás había posado desnuda para un calendario de la Western Lithograph Co., los estudios de cine le exigieron que negara la veracidad de las fotos. Sin embargo, la actitud de Marilyn ante las críticas y el previsible escándalo fue de una honestidad brutal: lejos de victimizarse o pedir disculpas, asumió la autoría del hecho explicando que había aceptado hacerlo con el único fin de pagar el alquiler. Al negarse a encarnar la culpa o la vergüenza que la sociedad le exigía, Monroe transformó una potencial humillación pública en un manifiesto de supervivencia y autonomía corporal. Más disruptiva aún fue la decisión de disputar el control a los estudios de cine para los cuales trabajaba. Cansada de los contratos abusivos y la imposición de personajes superficiales por parte de la 20th Century Fox, fundó a finales de 1954 su propia compañía: Marilyn Monroe Productions. Esta empresa funcionaba en forma asociada con los grandes estudios bajo un esquema de coproducción, lo cual le permitía a Marilyn tener el derecho a veto y aprobación sobre el director, el guionista y el director de fotografía de sus películas, así como participar directamente de los porcentajes de las ganancias de taquilla, en lugar de recibir un sueldo fijo. De esta manera, Marilyn demostró que era posible cuestionar el monopolio de los estudios de cine y sentó un precedente fundamental en la lucha de las mujeres por la soberanía creativa en Hollywood.
A pesar del carácter insurrecto de estas acciones, Marilyn sabía de la imagen superficial que el público se había hecho de ella. En su libro, Crowther afirma que la actriz se hacía pasar por inocente de manera consciente y deliberada, haciendo uso de su corporalidad, su tono de voz y su famoso susurro. Basándose en cartas enviadas a su entorno neoyorquino en las cuales Marilyn se reía en privado sobre cómo engañaba a los ejecutivos de la Fox, la autora llega a la conclusión de que la actriz entendía que el Hollywood de los años 50 le temía a las mujeres intelectuales o con opiniones políticas fuertes. Es por eso que, como afirma recurrentemente Steinem, decidió darles el cliché que querían ver, utilizando la farsa de la rubia ingenua como un caballo de Troya que le permitiera seguir adelante con sus proyectos personales.
A un siglo de su nacimiento, la apertura de sus archivos personales y el análisis de su biblioteca obligan a reescribir el mito. Entender a Marilyn Monroe como un icono feminista exige desarmar la mirada condescendiente que aún se proyecta sobre ella y preguntarse por qué una sociedad prefiere perpetuar el fetiche de la superficialidad de la belleza antes que concebirla como una mujer dueña de su propio deseo, de su intelecto y de su carrera.
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