
Mendelssohn, un creador fascinante
Llegan hoy sus sinfonías tercera y cuarta
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A diferencia de los formatos sonoros anteriores, los compactos son poco menos que indestructibles, completamente a salvo de rayones, quebraduras o desgastes. Por lo tanto, no es erróneo imaginar que, tras unos veinte años de vida de los discos digitales, las dos sinfonías de Mendelssohn, la "Escocesa" y la "Italiana", que hoy ofrece LA NACION a sus lectores, ya deben estar ubicadas prolijamente en los estantes de los melómanos habituales.
En consecuencia, más allá de que alguno de ellos tal vez quiera acceder a la posibilidad de observar y disfrutar de una nueva lectura interpretativa por parte de una orquesta y un director diferentes, parece oportuno dirigirse a aquellos que no frecuentan este campo de la cultura y que, por consiguiente, aún no han descubierto las maravillas de Mendelssohn.
Dicho de un modo más sencillo, este registro es una excelente puerta de acceso al mundo de uno de los compositores más logrados y fascinantes de su tiempo. Félix Mendelssohn, nacido en Hamburgo en 1809, junto con Berlioz, Chopin, Schumann y Liszt forma parte de la primera generación de compositores románticos, aquellos que, a su modo, rompieron con la tradición académica del clasicismo anterior.
La creación de Mendelssohn abarca prácticamente todos los géneros musicales de aquella época, y su destreza en cada uno de ellos fue proverbial.
De toda esa producción admirable, este compacto ofrece las dos sinfonías más conocidas de las cinco que escribió. No viene mal recordar que una sinfonía es una obra para orquesta, hasta aquel entonces, invariablemente en cuatro movimientos de perfiles claros. El primero era rápido y dramático; el segundo, lento y melódico; el tercero, un minué o, de Beethoven en adelante, un scherzo, y el último, nuevamente rápido, pero mucho más chispeante.
También a raíz de las propuestas de Beethoven, el segundo y el tercero podían alterar el orden de aparición. En este caso, en la Sinfonía Nº 3, Mendelssohn incluye un scherzo como segundo movimiento, en tanto que el minué, toda una antigüedad, aparece en la Nº 4, luego del movimiento lento.
Mendelssohn comenzó a escribir ambas obras muy motivado por las emociones personales vividas en dos viajes que realizó, en 1829, a Escocia, y dos años después, a Italia.
Pero como los procesos creativos no necesariamente son lineales o continuados, la tercera, la "Escocesa", fue finalizada casi diez años después de la cuarta. Tal vez se deba a la enorme distancia entre aquel viaje motivador y su conclusión, en 1842, que, salvo alguna asociación simbólica muy etérea, no haya referencia musical concreta a melodías o situaciones escocesas.
Por el contrario, en la "Italiana", en el segundo movimiento existe la intencionalidad de describir una procesión de peregrinos italianos en tanto que el último se basa en un saltarello napolitano, una danza muy cercana a la más difundida tarantella. De todas formas, en ambas sinfonías, mucho más allá de los eventuales colores locales, lo que abunda es una música fantástica, atractiva, vital y bella de un compositor fenomenal.
Una música que es irresistible para los melómanos consuetudinarios y que debería ser suficientemente atractiva para quienes toman conciencia de que, efectivamente, vale la pena atreverse a incursionar en el espléndido mundo de las sinfonías románticas.




