Milena Busquets Tusquets: "La muerte de mi madre me expulsó de la infancia"

En su novela También esto pasará, la escritora española narra la pérdida de su madre, Esther Tusquets, la legendaria editora de Lumen. El libro fue la revelación de la última Feria de Fráncfort
Carles Geli / Babelia
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17 de enero de 2015  

Da la sensación de que Blanca pasa por la vida muy deprisa, por instinto, necesitada de aferrarse a ella, por la vía de un amor que busca en paraísos perdidos de hombres, madres o amigas. Vive incómoda en este mundo, del que se defiende con una fórmula: mentiras más cortesía, más sonrisa veloz. "Creo que no sé mentir, pero mi madre decía que lo hacía por los descosidos", intenta alejarse Milena Busquets Tusquets de la evidente vida paralela con la protagonista de su novela También esto pasará (Anagrama), que se distribuirá en la Argentina en marzo

La autora está inquieta porque es consciente de que en su segunda obra, tras Hoy he conocido a alguien (2008), se desnudó demasiado. No hace falta que aparezca el nombre de Esther Tusquets -la escritora y editora de Lumen fallecida en julio de 2012- para identificarla con la madre de Blanca. Del dolor por su pérdida, la protagonista intenta guarecerse desplazándose al pueblo de Cadaqués con sus dos niños pequeños de diferentes matrimonios, invitando a sus dos ex maridos, coincidiendo con su amante casado, y llevando de notarias morales a sus dos mejores amigas.

El grito vital que destila la breve novela tiene un timbre particular, detectado pronto: un fenómeno no visto en décadas en un autor español; en la última Feria de Fráncfort fue comprado por prestigiosas editoriales como Gallimard, Rizzoli, Suhrkamp y Hogarth Press (que pagó 500.000 dólares). Los derechos se vendieron a 27 países.

"Siempre me he dejado llevar por el apasionamiento por las cosas, por la vida misma y por la gente", se sincera Busquets (Barcelona, 1972), que admite una nostalgia imposible por los años sesenta y setenta, los de la Gauche Divine de sus padres.

Mostrar un punto de cándida mirada infantil en un entorno hostil a los 40 años no le parece una suerte. "No lo es; por eso quizá vivo tanto en mi propio mundo, tengo poca vida social... En algún momento es bueno que te expulsen de la infancia, y la muerte de mi madre fue mi expulsión, la primera pérdida de un gran amor. ¿Cuántos tienes en una vida? ¿Dos? ¿Tres? Pues yo ya perdí uno." El libro no ha servido, al parecer, de exorcismo de esa ausencia. "Lo creí, pero no; hoy sé cómo parar el dolor; me ataca en medio de la calle y sé cómo controlarlo. La vida es bastante mierda, nos va hiriendo a la primera que puede. Mi alegría loca por la vida se ha acabado", lanza soltando una risa incómoda.

Una relación compleja

La sensación de fiesta terminada es patente y agria en También esto pasará, donde con dureza se autocritica a la generación que hoy supera los cuatro decenios, gente de "promiscuidad gratuita y tolerancia blanda". "Esa tolerancia ha surgido de una falsa idea imperante de igualdad que ha sido nefasta; en casa teníamos un ambiente de gran libertad, pero con poca broma. Mi madre era muy exigente con los modales. Claro que también con muy buenos modales se puede ser una persona cruel; mi familia es muy salvaje."

No era fácil, sostiene, el trato con su madre, esa "bruja burlona y hada posesiva. Fue una relación muy apasionada, pero muy compleja; era un trabajo de seducción puro y duro". Y eso se intuye en la novela. "No me duele ser tan transparente; mi madre decía que un buen libro era aquel que podías haber escrito sólo tú, si no, no valía la pena. Insisto en que no sé mentir... ¿Que cómo se puede hacer ficción, entonces? No sé, pero yo no tengo mecanismos de defensa." El resultado es que se siente "muy incómoda en esta vida. Confío en que la gente me vaya salvando; uno, a sí mismo, nunca se salva; de la gente, quiero la salvación, si no, nada".

En esa línea entiende también el sexo, muy presente en la novela, con cierta tendencia a la promiscuidad, y donde el ejercicio de la seducción es casi connatural a la existencia. "El sexo es una manera de salvarse, de intentar sacar la cabeza en medio del oleaje; no lo veo para nada banal ni pornográfico", afirma con contundencia, quizá para alejar esas primeras clasificaciones promocionales de su libro en el que se quiere ver cierto aire a El diario de Bridget Jones, que ella editó en Lumen. Ni tampoco al estilo de su admirado Woody Allen. Se siente mejor con el símil con Françoise Sagan y su Buenos días, tristeza, "quizá por ese mundo burgués y culto que evoco y porque, en el fondo, acaba mal; preferiría que me vincularan a Colette o a Proust".

La del autor de En busca del tiempo perdido es una cita con peso: la que fue estudiante del Liceo Francés y luego se licenciara en Arqueología en el University College de Londres lo leyó con 17 años, de una manera casi enfermiza, tras la muerte de su padre. Cita a Chejov, Thomas Bernhard, Javier Marías o Juan Marsé, pero a casi nadie de su generación como referentes.

El ámbito literario le parece "muy malévolo y agresivo". ¿Está ahí la explicación a que su madre vendiera, en 1996, Lumen al hoy grupo Penguin Random House? "Hubiera preferido que no lo hiciera, me hubiera gustado continuarlo yo, que llevaba poco; se deshizo porque empezaba a ser mayor y temía quedarse sin nada en su vejez."

Busquets ha regresado al mundo de las letras con una novela que, al contrario que Hoy he conocid o a alguien, ha levantado expectativas. "No sé por qué; la primera era más infantil; aquí quizá puede haber algún momento así, pero ya el mundo que describo es más profundo y jodido", sentencia.

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