
Minitratado del desapego
DAMAS CHINAS Por Mario Bellatin-(Anagrama)-102 páginas-($ 35)
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Con la misma impasibilidad con la que detalla, en los dos primeros párrafos, el desinterés creciente que últimamente le causan su profesión, su mujer y sus amigos, el ginecólogo que narra en Damas chinas dice, al principio del tercero, "He tenido dos hijos, uno de los cuales está muerto". A esta declaración no le siguen, como podría esperarse, una catarsis que acorta la distancia del narrador o -como hace, frente al mismo tema, John Banville en Eclipse - una pesquisa alrededor de un pasado o una interioridad siempre elusiva. Estamos hablando de Mario Bellatin, un autor que ha hecho de sus catorce libros publicados un minitratado del desapego.
Damas chinas , novela que Anagrama acaba de distribuir en la Argentina, es en realidad la quinta de esa serie de libros y originalmente fue publicada en 1995, diez años antes de Lecciones para una liebre muerta , que llegó a la Argentina el año pasado. Estas alteraciones del orden cronológico con las que se acostumbra a leer a los escritores no locales son, además de un acertijo para los lectores interesados en seguir el derrotero de un proyecto narrativo, una constatación del punto de consagración en el que se encuentra un autor: cuando ese punto ha llegado, se empiezan a reeditar sus libros previos.
El proyecto de Bellatin -autor que, después de publicar sus primeros seis libros en Perú, donde pasó su infancia, volvió a instalarse en México, donde nació en 1960- está construido sobre la base de constantes a las que cada uno de sus relatos, a su manera, vuelve. Una es ese tono terso, distante. Otra es el párrafo breve, condensado. Por eso, cuando al principio de esta reseña decimos "párrafos", no debe entenderse a éstos según la definición de la normativa sino en relación con la propuesta de Bellatin, en la cual más bien habría que hablar de unidades narrativas capaces de llevar la síntesis y la alusión a una tensión máxima. Muchas -no todas, pero sí muchas- de esas unidades, de cualquiera de sus libros, podría ser tomada como un relato breve en sí mismo. O como el principio de un relato que en pocas líneas fue capaz de atraparnos y que sin embargo se interrumpe (en esta austeridad de Bellatin hay, paradójicamente, un alto grado de derroche: situaciones, personajes que muchos otros autores no abandonarían) o es retomado más adelante, como ocurre en Lecciones para una liebre muerta , donde una serie de hilos narrativos de apariencia inconexa terminan dando forma a un entramado donde todo confluye.
En Damas chinas , la fragmentación del relato y el desdoblamiento de la voz narradora son más imperceptibles. El narrador principal de esta novela es un ginecólogo de apariencia anodina al que ya nada parece intrigar salvo el relato que una vez le hizo un niño, hijo de una paciente. Durante toda la primera parte de esta novela dividida en dos, el relato del chico vuelve como una obsesión que se intercala entre las aventuras con prostitutas que el ginecólogo va consignando con asepsia de parte médico. Como al hombre inmóvil de Perros héroes (novela editada por Interzona en 2003), a este hombre el relato de un niño lo conmociona de un modo radical. La infancia, en la narrativa de Bellatin, parece ser portadora de un saber difícil de desentrañar y capaz de trastornar.
En la segunda parte de Damas chinas , la voz del ginecólogo cede lugar a lo que ese niño tenía para contar: una historia acerca de un trámite burocrático con tintes de absurdo, que a su vez incluye el relato que una señora desquiciada que el niño encuentra en una de las instancias del trámite le cuenta acerca de una mujer profundamente alterada por la muerte de su hija (una chiquita que se ahogó en el mar, a metros de su madre, y que al niño le recuerda, muy fugazmente, una tarde en la que su padre, entretenido con la pesca, casi no llegó a tiempo para rescatarlo de la marea que avanzaba sobre la playita en la que lo había dejado) y por el hecho de que ya no tendrá con quién jugar damas chinas en las tardes.
La estructura de cajas chinas a la que esto rápidamente remite se afina todavía más si pensamos en el juego de mesa al que el título de esta novela hace referencia. En él, fichas de hasta seis colores distintos que tienen como aparente objetivo único desplazarse hacia el extremo opuesto de una estrella de seis puntas, van creando, en su entrecruzamiento, dibujos imprevistos. En este caso, las voces del ginecólogo, del niño y de la señora se desplazan hacia la voz del otro con el aparente objetivo de agregar una anécdota -los encuentros con prostitutas, el trámite burocrático, el accidente de una niña- y paralelamente, en ese movimiento, van haciendo referencia a la tentación del filicidio. Tema que, sea fantaseado por los padres o por los hijos, concretado o no, infligido en un solo acto o diseminado a lo largo de toda una vida, es cualquier cosa menos sencillo. La estrategia sutil y la distancia con la que aparece tratado en Damas chinas sólo aumentan la agudeza de su abordaje. La impasibilidad, en Bellatin, no está exenta de conmoción.
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