
Modernidad sobre ruedas
A cien años de la presentación del Ford T-promesa de vehículo para las masas- La vida cultural del automovil (Universidad Nacional de Quilmes/Prometeo 3010) compendia la trayectoria de un invento que transformó para siempre las formas de producción económica, las formas sociales y hasta el modo de amar
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A inicios del siglo XX, el automóvil es el símbolo por excelencia de lo moderno. Su arribo a distintas partes del mundo ilustra la trayectoria irresistible de la movilidad. Llega la máquina bufante, el nuevo sauro mecánico, el carro de fuego, envuelto en una nube de polvo. Y montado en el caballo metálico arriba el heraldo de la motorización. Mientras el heraldo medieval llevaba mensajes y organizaba los registros de la nobleza, el piloto introduce lo no visto y lo extraño, anticipando el futuro. Como en los mitos, viene de lejos, anunciando la gran transformación. Pocas décadas después de la publicación del imaginativo libro de Julio Verne, La vuelta al mundo en 80 días (1873), el automóvil recorre orgulloso el planeta.
En La nuova arma. La macchina , Mario Morasso anticipa a F. T. Marinetti al comparar la Victoria de Samotracia con el motor del automóvil. Este le parece admirable por su impaciencia feroz y semejante a la alada Victoria de Samotracia , que reina en la cima de la escalera del Louvre y retiene el viento en los pliegues de su vestido, revelando el ímpetu del movimiento. Para Morasso la comparación no es irreverente: cuando el monstruo férreo se estremece y se contrae por la vibración incitante del motor, ofrece una revelación de fuerza virtual y demuestra la "loca" velocidad de que es capaz.
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¿Hasta qué punto el automóvil debe ser más que un instrumento satisfactorio de transporte? La propaganda comenzó a entronizar la ideología de la mercancía cuando a fines del siglo XIX aparecen los primeros anuncios que predican sus ventajas. [ ]
La mercancía pierde inocencia. Precisa encantar. Los objetos de la movilidad aparecen como seres mecánicos, elegantes o vibrantes, propiciadores de una nueva libertad. El automóvil se imponía como deseo de consumo. Aumentaba en consecuencia aceleradamente el dinero invertido en la propaganda, reconocida como un elemento decisivo en las ventas. Por su parte, los publicitarios, esos "persuasores ocultos", se enorgullecían de haber creado el deseo por el producto y de asociarlo a la imagen del consumidor triunfante. No solo la mercancía era presentada como bella, útil e importante, sino que el comprador de un automóvil debía sentirse parte de la cadena del éxito. Un winner , el propietario. A la propaganda automotriz no le bastaba la devoción a los hechos. Pasó a exagerar las diferencias y a proyectar una atmósfera de ensueño, dejando a un lado la demanda de sinceridad. Hasta hoy resulta común identificar la propaganda con insinceridad, y para ello mucho contribuyeron la propaganda automotriz y los vendedores de automóviles. [ ]
Cantantes, poetas y actores aparecían junto al auto propio u ornamental: Ernesto Nazareth, Marinetti, Carmen Miranda, Jean Harlow, Carlos Gardel. El cine aprovechó ese prestigio del automóvil. Fue uno de sus nuevos personajes. ¿No era una de las llaves para la felicidad y el éxito en la vida? Rodolfo Valentino entraba y salía de las limusinas para corroborar el glamour de las estrellas. Laurel y Hardy, en Adiós , siempre se despedían, pero el auto nunca arrancaba. En la pantalla aparecían, asociados al automóvil, héroes románticos, seductores, mujeres apasionadas y criminales que la ley se encargaba de liquidar. El automóvil se enfrentaba con animales. Carreras contra elefantes, camellos y caballos. En el cine norteamericano, entre 1900 y 1920, la presencia del auto fue masiva: el accidente feliz, la carrera por la vida, el agente de la fortuna, la boda "en fuga". También en América latina se nota la presencia del auto en la cinematografía. Es una figura común de los desfiles presidenciales, de las escenas en movimiento, de la vida social de las élites y de las transformaciones de la fisonomía urbana. Ya mencionamos la película mexicana de gánsteres de 1919, El automóvil gris , de Enrique Rosas, y la película uruguaya de 1928 Del pingo al volante . Cuando entra en escena una pandilla de gánsteres, los motivos de la moderna técnica industrial parecen obligatorios. Automóviles, trenes y teléfonos se mezclan con ametralladoras, asesinatos, fugas y atracos. El film de gánsteres exige el movimiento, la velocidad y la emoción dramática.
Un antiguo concesionario de la Ford se preguntaba a mediados de los años 1920 si el propio Mr. Ford sabía cuánto habían cambiado las cosas en los últimos años. Este comerciante había justamente terminado de leer la autobiografía de Henry Ford. En un pasaje del libro se afirma que los negocios crecen con la demanda pública, pero nunca aumentan más allá de esta, pues los negocios no son capaces de controlar o forzar la demanda. El comerciante no dudaba que Ford fuera un hombre notable. Quien valía un billón de dólares era inevitablemente un hombre inteligente. De todas maneras, cuando Mr. Ford decía que los negocios no podían controlar o forzar la demanda, el ex concesionario pensaba que se trataba de una broma. Se podía forzar la demanda a través de la propaganda: bastaba entrar en una agencia Ford para comprobarlo. [ ]
La ambición de poseer un automóvil no se restringe a las clases altas y aquellos con ingresos sustanciales, sino que alcanza a los empleados de oficina y personas de remuneración baja. Muchas familias viven en el umbral del peligro. Son "auto-pobres", ya que les resulta imposible ahorrar. La seguridad del futuro es sacrificada por el placer del momento, que se mezcla de modo constante con la ansiedad por estar viviendo más allá de las posibilidades económicas. El automóvil es "otra familia" de gastos. Cualquiera que sea la explicación de esta compulsión por las ruedas, el resultado es el mismo: "deudas, deudas y más deudas, por un artículo caro que se desvaloriza muy rápidamente y tiene un apetito insaciable de dinero. Claro que el dinero se va en pequeñas dosis, pero la suma es grande si se calcula el gasto anual, y al hombre común le falta el coraje necesario para enfrentar eso; o, si llega a enfrentarlo, no tiene coraje para renunciar. Debe conservar su automóvil".
El automóvil pasa a rivalizar con la casa en las ambiciones de la propiedad. La casa, sin embargo, no se mueve y pocos pueden ver su interior. Por el contrario, la circulación del automóvil por el espacio público lo torna un objeto de deseo constante. Ashdown registra con preocupación que el automóvil comienza a derrotar el domicilio como indicador de posición social. Ello resulta evidente en la importancia conferida al garaje. La casa sin garaje pierde mucho valor y se la vende con dificultad. El hogar en el suburbio, con un gran garaje a su lado, casi otra residencia, para alojar al automóvil, deviene un poderoso elemento en el sistema de los objetos.
¿Quién vende un automóvil a no ser por obligación, o para comprar uno mejor? Perder el auto es una calamidad y el recambio implica generalmente una voluntad de superación. Con el principio de la obsolescencia programada se esclaviza al consumidor: el sistema del modelo anual, iniciado por la General Motors a mediados de la década de 1920, exige la renovación. Las otras compañías tendrán que ajustarse al sistema de cambio planificado, mientras una parcela de los consumidores vive obsesionada por cambiar lo nuevo por lo más nuevo. En gran parte del planeta se repite anualmente la codicia del automóvil "cero kilómetro" y su olor inefable, con toda la publicidad (exhibiciones, revistas, folletos, películas, réplicas de juguete, etc.) que acompaña a los modelos flamantes y con todas las fantasías y problemas que persiguen a los consumidores.
La apreciación moralizadora de un filósofo como Ortega y Gasset verifica que el automóvil adquiere un amplio abanico de significaciones. En el artículo "La moral del automóvil en España", aparecido en El Sol de Madrid el 23 de agosto de 1930, Ortega acusa al señorito español. España contaba entonces con un gran número de automóviles a escala del número total de habitantes. Y esta desproporción entre la pobreza española y el número de sus automóviles representa un paradigma de la inmoralidad del señorito. No es que el filósofo rechace el automóvil, por el contrario, su entusiasmo por el objeto es conocido. Apoya fervorosamente la política del gobierno de aumentar los aranceles para la entrada de automóviles y sus accesorios en España por razones morales, no políticas ni económicas. Es que el señorito compra el automóvil para no usarlo y lo paga carísimo. Manda a un criado a limpiarlo, a pulirlo, a lustrarlo, a dejarlo siempre reluciente. ¿Para qué sirve si no facilita el ejercicio de las profesiones? Se transforma en un instrumento de prestigio social, en un objeto de lujo, no siendo un artículo de primera necesidad: el brillo constante revela el subdesarrollo de la nación. El prestigio del automóvil deriva de su falta real de participación en el mundo moderno. Al contrario de Francia y Alemania, países de industria nacional, el entusiasmo español por la máquina moderna manifiesta "el atraso celtíbero" en relación con la modernidad; en el carácter solitario de las pocas carreteras existentes en España radica, para Ortega y Gasset, la esencia de lo que el automóvil significa para el español. No lo usa para viajar a sus negocios o para recorrer las tierras, sino para lucir el vehículo. Por la exigencia de la vanidad, la pobre nación española se sacrifica y compra al extranjero proporcionalmente más coches que cualquier otra cosa.
Se trata de un lúcido diagnóstico del consumo de la tecnología en las sociedades periféricas en las primeras décadas del siglo XX: el automóvil como un lujo, lustrado por criados pobres, mientras el consumidor se hunde en deudas para adquirir un objeto que el país no produjo. Son varios los críticos latinoamericanos que comparten esta idea de la ostentación del automóvil en las periferias. Sin duda, el vehículo mecánico es indispensable para las naciones modernas como Francia, Alemania y Estados Unidos, ¿pero es igualmente indispensable en América latina? El argumento moral reaparece de modos diversos. El colombiano Germán Arciniegas establece nítidas diferencias entre Europa, Estados Unidos y América del Sur. Jamás máquina alguna ha producido una modificación tan profunda como el automóvil, según Arciniegas. Bajo la nueva sensación de las ruedas de goma y el motorismo las costumbres se transforman. El automóvil da ocasión al divorcio de los hogares, libera a las mujeres, esclaviza a los hombres, multiplica el poder de los contrabandistas y de los bandidos. Se abren para la industria perspectivas insospechadas, mientras se alargan los caminos, se detienen los ferrocarriles, se dispersan los ahorros y se crea una tribu de vendedores terribles.
Por ataques sucesivos progresa una industria del transporte que vence al caballo, lucha contra los tranvías y ataca a los ferrocarriles. El espíritu de la nueva máquina encaja perfectamente dentro del espíritu individualista, rebelde y libertario de la época.
¿Qué decir de la sensación de dominio sobre el espacio y el tiempo? Oprimir un pedal y cruzar con toda rapidez por las llanuras produce una satisfacción vibrante. Es el vértigo de la velocidad. Vértigo que contagia a los humildes, que lleva a quemar las horas y los días, a rechazar las viejas ideas, a renunciar a ciertos escrúpulos y echar a un lado detalles de moral: importa superar etapas y devorar millas. Para acceder a este vértigo motorizado la juventud vende el alma. En los sótanos de las universidades norteamericanas las paredes ostentan como decoración señales de tráfico robadas en los caminos. El deseo del automóvil mina la base moral de la juventud. Quien no posee este objeto se considera pobre, abandonado, carente, incompleto. Ahí está la trayectoria de Henry Ford, para recordarnos que el mundo no es nada sin un automóvil.
Arciniegas piensa por comparación. Mientras en Europa y Estados Unidos el automóvil fomenta el advenimiento de una nueva sensibilidad, en América del Sur prolonga vicios antiguos. Aumenta la deuda de las naciones, cada vez más dependientes del crédito internacional, mientras se abusa de los bienes públicos para fines privados. La degradación de la moral se resume en frases como: "Cuando mires que pasa en un Rolls-Royce, quítate el sombrero: ahí va un hombre superior". Es notable la descripción relativa al sentimiento de importancia de los funcionarios públicos cuando el gobierno de Colombia empezó a comprar automóviles Lincoln y La Salle para las dependencias de los ministerios. No solo los ministros cambiaban de modelos como si fuera humillante ir en un 1927, salido ya el modelo 1928:
Entonces esos escribientillos paliduchos que habían ascendido minuciosamente por la escala impalpable de la intriga hasta llegar a jefes de sección en un ministerio, escribientuchos pálidos, mordidos de uncinariasis y de politiquería, veían abrirse ante ellos las puertas del automóvil como las de un palacio encantado, y se arrebujaban en un rincón de la tapicería que los recortaba con estremecimientos sensuales, y cruzaban las calles, rodeados de terciopelos y cristales, sobre cojines de viento, como los príncipes, como los nababs.
Las crónicas enviadas desde París a Guatemala por Miguel Ángel Asturias, entre 1924 y 1933, registran diversos ejemplos de la importancia de la imaginación técnica. Al igual que Ortega y Gasset, Arciniegas y Martínez Estrada, Asturias percibe en el afán de consumo moderno -centrado en el auto a crédito- un fenómeno típico del subdesarrollo. El lujo como causante de males sociales. En tal visión político-moral del consumo, Estados Unidos se convierte en el invasor que impone el lujo en tierras de miseria. La desaprobación manifestada por Asturias a la importación del automóvil en Guatemala se debe, así, a lo que considera "realidad nacional". En consecuencia, la tecnología supuestamente universal, aparece subordinada al uso regional.
El automóvil no es elemento de progreso, bien entendido, en un país que ha tenido que pasar de la carreta al avión por falta de caminos, que carece de calles transitables, de higiene, de todo, hasta de lo más elemental. Su uso, no por agradable y moderno es menos digno de ser condenado, ya que como se dice, en América latina no estamos para tafetanes.
Análogamente, denuncia Asturias el abuso que se hace del automóvil oficial en Guatemala. A diferencia de otros países, donde su empleo se restringe al uso oficial, en Guatemala el automóvil de gobierno sirve para paseos matinales de la familia, para fiestas nocturnas o para aventuras del chofer (8/3/29). [ ]
Quien captó de manera ejemplar las contradicciones del "reinado social de la rueda" fue César Vallejo. En una de sus crónicas, "Salón del Automóvil de París", enviada desde la capital francesa a Lima en octubre de 1926, el escritor peruano examinó el significado de las "fiestas del motor", a las cuales venían expresamente, desde muchos continentes, miles de personas. Notó Vallejo que la vida refinada de la ciudad ya no comenzaba con el vernissage del Salón de Otoño, sino con la apertura del Salón del Automóvil: mandaba el automóvil, no los cuadros o las estatuas. La urbe maltratada por los fanáticos del progreso debía soportar las exposiciones de la velocidad y la arrogancia de los chauffeurs , quienes circulaban por todas partes haciendo "un ruido prepotente de bocinas". Vallejo admitió la verdad del argumento expuesto por Ernest Naef -la asociación entre el nuevo erotismo femenino y la velocidad moderna-, pero destacó que eran "argumentos de personas ricas", mientras el pobre quedaba excluido del festín. En lugar del progreso industrial y científico, el poeta peruano enfatizó la importancia de la justicia social. Sin la justa distribución de las ganancias, "unas parejas de novios seguirán besándose, repantigadas entre los cojines de un gran Renault, mientras otros se suicidan por hambre, arrojándose, precisamente, bajo las ruedas de los carros perfectos y brillantes".
Hay que imaginarlo, pues no existen pruebas empíricas del impacto del automóvil en las prácticas sexuales durante las primeras décadas del siglo. Claude Fischer advierte contra las exageraciones producto de las proyecciones culturales. Frases como "el automóvil se ha convertido en una casa de prostitución sobre ruedas", expresada por un juez del Estado de Indiana en la década de 1920, sería menos el reflejo de la realidad que una proyección. Los adultos perdían el control sobre las actividades de los jóvenes e imaginaban un uso promiscuo del vehículo.
Por otra parte, es indudable que la motorización estimuló el aumento del cortejo. En su historia del cortejo en los Estados Unidos, Beth Bailey afirma que el automóvil contribuyó con la difusión del galanteo como una práctica nacional. Los jóvenes ganaron movilidad y privacidad, especialmente aquellos que vivían en áreas rurales o suburbanas. Emergen lugares legítimos para las caricias amorosas y los besos. Espacios al mismo tiempo públicos y privados, donde se estimulan y se controlan las prácticas sexuales, como el "besódromo". Algunas revistas llegaban a recomendar el automóvil como la mejor opción para la privacidad sexual. Tales cambios en las prácticas sexuales forman parte de un conjunto más amplio de la modernización de los sentidos y del reajuste de los modos de sociabilidad.
Paul Morand reconoce la mudanza de la velocidad del amor en la época de la máquina. En Inglaterra y Estados Unidos, según Morand, "el amor se hace en auto". Por supuesto que el automóvil no fue el único medio de transporte que estimuló los contactos sexuales. El caballo, la bicicleta y el carruaje, el navío y el aeroplano, el tren y el tranvía, todos contribuyeron a acortar las distancias y facilitaron las relaciones corporales. Pero ningún medio de transporte brindó tantas oportunidades a la sexualidad como este vehículo motorizado que dispensó al cochero, eliminó los caballos y permitió el desplazamiento terrestre con una libertad hasta entonces insospechada. Mezcla de cuarto móvil y de cama, el automóvil extendió el alcance de la conquista amorosa poniéndose a disposición de paseos, viajes, picnics, bailes, fiestas y bares. Especialmente en la década de 1920, cuando la mayoría de los automóviles son cerrados, proporcionando mayor protección a los ocupantes. Basta recordar la escena de la desfloración de la heroína romántica en la película Titanic , en un automóvil acomodado en el garaje del fabuloso navío, para comprender la dimensión simbólica del vehículo mecánico de cuatro ruedas como instrumento sexual.
En América latina, el automóvil fue durante las primeras décadas menos el lugar del encuentro amoroso que un símbolo de estatus y de poder económico. Raramente fue el espacio concreto del acto sexual, y sí un medio de seducción. Antidemocrático, jerárquico, más señorial que perverso, servía a veces de instrumento para el libertinaje. Sobre todo por la noche, en lugares donde la luz eléctrica era limitada, se lo asoció a jóvenes patricios y personas de notoriedad, a "mujeres perdidas", licor, abusos, inmoralidad, escándalo, "intercambio" de favores y prácticas de desenfreno. Expresión de riqueza y de la "buena vida", el automóvil simplificaba la conquista. Era más un objeto de circulación y de flirt que la morada de la sexualidad. En su interior se llegaba a los besos y toqueteos, pero el acto sexual generalmente se consumaba en espacios más apropiados ( garçonniere , etc.). El automóvil era sobre todo exterioridad. Mucha imagen, superficie, ilusión: la fantasía plebeya de estar "dentro" del lujo. Diversos cronistas destacan la importancia del aspecto exterior del vehículo y señalan la dificultad de resistir a un automóvil lujoso. Las jóvenes que no se ilusionaban con el traje, anota Ezequiel Martínez Estrada, "se ilusionan todavía con el auto. Una buena carrocería es una elocuente declaración de amor y las abolladuras en los guardabarros equivalen a la tartamudez".
Un ejemplo del uso del automóvil para fines artísticos es el cuadro de Tamara de Lempicka, Autorretrato (también conocido como Mujer en el Bugatti verde ) de 1925. Fue inicialmente la portada de una revista de moda alemana, Die Dame , y rápidamente se convirtió en el símbolo de la mujer independiente. Tal impacto de la portada (el pequeño cuadro solo se exhibiría como obra de arte autónoma varias décadas más tarde) atestigua la importancia del automóvil como un símbolo de liberación. La representación constituye un gesto de desafío, que ignora las referencias naturales y se apropia de las formas metálicas.
Curiosamente, Tamara de Lempicka no poseía ningún Bugatti verde, sino un simple, aunque chillón, Renault amarillo y negro. Coordinaba su ropa con el color del auto: un pullover amarillo brillante, pollera negra y sombrero. Se vestía como el auto. Esta artista del Art Déco, vedette del período de entreguerras conocida como la "belle Polonaise", se convirtió en el paradigma de la mujer moderna en la París de la década de 1920. El New York Times la definió como "la belleza de ojos de acero, la diva de la era del automóvil". Gilles Néret estudió la vida de la pintora y se pregunta dónde comienza la mujer-automóvil y dónde termina el automóvil-mujer: el automóvil como su doble.
Queda establecida una relación simbiótica entre la conductora y el objeto. Para llegar a este punto fue necesaria una adaptación de la imagen femenina a la tecnología moderna. No eran pocos los que cuestionaban la posibilidad de que la mujer pudiera conducir un automóvil a comienzos de siglo: su temperamento "naturalmente histérico" parecía incompatible con el control de una máquina poderosa. Se asociaba el auto con masculinidad, no con feminidad. Pero la motorización no puede detenerse ante el género sexual. Su destino es la proliferación. En el cambio de imagen fue preponderante la propaganda, destinada a modificar las pautas de consumo. También las mujeres debían ser incorporadas al mercado y consumir las tecnologías del transporte. Ello es visible en la aparición de novelas seriadas dirigidas a niñas y adolescentes, tituladas Automobile Girls, Motor Girls y Motor Maids . Un mundo de aventuras infinitas, el de las mujeres conductoras. Tintíns femeninas. Les aguardaba la fama y la fortuna.
No solo era importante que la mujer mantuviera su feminidad cuando dirigía un automóvil poderoso. En adición, la máquina podía realzar su figura. Al volante del Bugatti, Tamara de Lempicka parece dominar el mundo. Es la mujer segura de su dominio del símbolo de su fuerza. Es la vamp desafiante, labios rojos, mirada insinuante y misteriosa. Aristocrática. Independiente. Soberana. Diva. Una gorra de soldadesca, la bufanda amplia que la envuelve, el guante izquierdo suavemente posado sobre el volante. La mujer-automóvil es una máquina a ser admirada. Su carácter estático señala que la modernidad cinética ya no precisa representar el movimiento para colonizar la imaginación. Es suficiente con la presentación de una parte del automóvil, para que se encienda el sentimiento de la aventura. Un volante, una rueda, una marca, todos anuncian metonímicamente el mundo del movimiento y la seducción.
En los años 1920 la fotografía comienza a hacer un uso explícito del automóvil en la representación del erotismo. Se va más allá de las fotografías eróticas de interiores, individuales o en pareja, de odaliscas semidesnudas en un ambiente de harén, próximas a la piscina, con el busto de un sátiro de fondo. En las fotografías que combinan mujer y automóvil se preserva el desnudo y la importancia de la posición sexual, pero la novedosa yuxtaposición está subordinada a la idea del desplazamiento. El acoplamiento "mujer y automóvil" resultó altamente fotogénico. Una y otra, hembra y máquina, se fusionaron como objetos del deseo masculino. El mensaje es claro, sin duda rústico para patrones actuales, pero no sustancialmente diferente: mujer y automóvil van juntos. Ambos pertenecen al mismo mundo de los objetos. Ninguna incompatibilidad entre el erotismo de los productos industriales y corporales. Si en ocasiones el deseo del automóvil parece competir con la imagen femenina, como en las conversaciones masculinas sobre autos, en las fotografías eróticas el vehículo aparece como un fondo "romántico". Basta entrar imaginativamente, en general, por la puerta trasera del automóvil, para consumar la relación sexual.
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El automovilismo intensifica la conciencia de la alteración del paisaje. No la produce, pues la percepción del cambio de la naturaleza es un elemento que el automóvil comparte con el tren, la carroza y el caballo. Análogamente a lo sucedido con los pasajeros del tren, los automovilistas registran el cambio de perspectiva como una novedad. Fotografiar automóviles en movimiento se convirtió en una pasión para el joven Jacques-Henri Lartigue y su estética de la instantánea. Mientras mayor la velocidad, mayor será el cambio en la percepción. Maurice Maeterlinck nos habla de árboles que por lentos años vivieron serenamente en los bordes de los caminos, y que ahora se encogen con miedo al desastre. Desde el automóvil a alta velocidad parece que los árboles se aproximan uno al otro y en grupo discuten cómo prohibir el camino de la extraña aparición.
Campos, villas, ciudades, un espectáculo variado en pocas horas de viaje. Con anterioridad a su polémico manifiesto del futurismo, F. T. Marinetti encumbraba la sensibilidad mecánica en el poema "All Automobile da corsa" (1905), en el cual el automóvil supera la naturaleza terrestre. En el "monstruo enloquecido" el conductor atraviesa montañas, ríos y llanuras para alcanzar las estrellas. No desea más contacto con la "tierra inmunda". Por fin se aparta de ella y vuela serenamente por la luminosa plenitud de los astros que tiemblan en su gran lecho azul. Marinetti celebró en diversos textos el surgimiento del paisaje mecánico. Lo saludó con gritos bien estudiados, negando la exigencia de la belleza y de la sinfonía verbal. No había necesidad de ser comprendido, sino de liberar las palabras.
Palabras violentas: era preciso escupir cada día en el altar del Arte, cancelar el "yo", destruir la sintaxis, usar el verbo en infinitivo, abolir el adverbio y la puntuación. Potencia y sonidos brutales. Muertos el espacio y el tiempo, se debía expresar la simultaneidad de los estados de la mente en la obra de arte. Se debía transformar en elementos literarios y plásticos la vida de acero, de orgullo, de fiebre y de velocidad; el tictac y las manecillas del reloj; el vaivén del pistón de un cilindro; la furiosa turbina de una hélice. El abrir y cerrar de una válvula creaba un ritmo tan bello como el parpadeo de los ojos de un animal, pero infinitamente más nuevo. ¡Vida al motor y al hombre mecánico! Después del reino animal, llegaba el reino mecánico, declara Marinetti en el Manifiesto técnico de la literatura futurista : "Con el conocimiento y la amistad de la materia, de la cual los científicos no podrán conocer sino las relaciones físico-químicas, nosotros preparamos la creación del hombre mecánico de partes mutables. Nosotros lo liberamos de la idea de la muerte y, por consiguiente, de la propia muerte, suprema definición de la inteligencia lógica".




