Murió a los 76 años Carlos Regazzoni, el artista que sembró el país de monumentos de hojalata

Los galpones y vagones de tren en la terminal ferroviaria de Retiro fueron usina de todas las pasiones de Regazzoni, desde 1984
Los galpones y vagones de tren en la terminal ferroviaria de Retiro fueron usina de todas las pasiones de Regazzoni, desde 1984 Fuente: Archivo - Crédito: Hernán Zenteno
María Paula Zacharías
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26 de abril de 2020  • 13:49

El artista Carlos Regazzoni, conocido por sus trabajos con desechos de material ferroviario , falleció esta mañana a los 76 años en el Hospital Italiano, donde estaba internado como consecuencia de una enfermedad con la que venía luchando los últimos meses. Así lo confirmó su hijo, el médico y político Carlos Javier Regazzoni. "Se nos fue un grande! Abrazo Pa!", publicó en su cuenta de Twitter @RegaCarlos, quien fue titular del PAMI durante el gobierno de Mauricio Macri.

En 2015, el excéntrico artista y su hijo participaron de una entrevista conjunta para Conversaciones en la que hablaron sobre arte y política.

El arte despide hoy a Carlos Regazzoni, artista visual singular: rebelde, desfachatado, genial... bestial, casi salvaje. Sus obras con chatarra reciclada se esparcen en el país y el exterior con un sello inconfundible. Toneladas de metal que como una especie de collage a gran escala toman formas de animales, personajes de la literatura, insectos y héroes, modelados por el artista nacido en Comodoro Rivadavia en 1943.

Dinosaurios, aviones, hormigas y Quijotes son emblemas de ciudades como Pico Truncado, Bariloche, Azul, Neuquén, Ushuaia, Esquel, Balcarce. Muchas de estas piezas fueron realizadas con ayuda de jóvenes del lugar, que lo despiden en redes con imágenes de sus obras.

Quijotes de Regazzoni montados en el Paseo de las Esculturas en la exposición de 2014
Quijotes de Regazzoni montados en el Paseo de las Esculturas en la exposición de 2014

Su atelier, en los galpones y vagones de tren en la terminal ferroviaria de Retiro ha sido usina de todas sus pasiones desde 1984. Junto con su taller metalúrgico, había una especie de granja y huerta, que preveía a su bodegón, El Gato Viejo, donde el propio artista cocinaba. Su estilo se expandía en todo: platos voluptuosos, rejunte de muebles, rollos de papel higiénico como servilletas y incursiones de gallinas entre los comensales. Como en su vida, no había límites entre los ambientes, y todo era taller, granja, comedor. Todo era para él expresión de su arte. El enclave estaba en el límite difuso entre el Barrio 31 y Recoleta: Ragazzoni tampoco podía encasillarse en un sólo ambiente. Un chatarrero con castillo en Francia, creador de hormigas gigantes que trepan una torre en Avenida Del Libertador y artesano de empanadas de avestruz, cazador de jabalíes en Balcarce.

Se había formado en la Escuela Superior de Bellas Artes Manuel Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires, pero abandonó en primer año y siguió toda su vida de manera autodidacta. El crítico Raúl Santana fue uno de sus grandes impulsores, lo mismo que el francés Pierre Restany. Regazzoni tenía un mal carácter legendario, que blandía para combatir hipocresías. Un decidor de verdades a la cara, mal que le pesare a su carrera.

Quijotes de Regazzoni montados en el Paseo de las Esculturas en la exposición de 2014
Quijotes de Regazzoni montados en el Paseo de las Esculturas en la exposición de 2014

La última gran muestra en Buenos Aires fue en el Paseo de las Esculturas, que reunió tres grandes serie y obsesiones de toda su obra. Una flota de aviones rendía homenaje a la Aeroposta Argentina y a Antoine De Saint Exupéry. Estaba la recreación del último malón de Azul de 1876, con un cacique montando a caballo dispuesto a la pelea acompañado de sus hombres, y un grupo de aborígenes en estado de alerta esperando la llegada de la cautiva. En el Rancho de los esteros desplegaba su devoción por los animales, con especies autóctonas de los esteros: avestruces, ñandúes, charitos (un ave) y yacarés.

En París había vivido sus días de gloria, mimado por la prensa y visitado por celebridades. Viajó para la presentación del film El Hábitat del Gato Viejo (1991) del cineasta francés Franck Joseph y terminó quedándose 14 años. Tuvo un taller en un viejo hangar ferroviario en desuso, de 10.000 metros cuadrados, donde recibía celebridades y vendía obra a toda Francia. Las autoridades parisinas lo invitaron a participar de una exposición financiada por el Estado Francés enmarcada en la conmemoración de los 100 años de la historia aeronáutica francesa, el punto más alto de su carrera artística en París. Entonces, sus pinturas y esculturas, alcanzaron sus valores más altos.

Carlos Regazzoni
Carlos Regazzoni Fuente: Archivo - Crédito: Emiliano Lasalvia

Tuvo su propio programa de televisión, Vía Regazzoni, una "performance culinaria ferroviaria" que permanece disponible en YouTube.

Convivió con diferentes problemas de salud que negó hasta el final, en su empecinada fortaleza. Solía despertarse 4.30, tomaba medio litro de café amargo con pan y se ponía a trabajar. "Era un artista verdadero, desde que se levantaba hasta que se iba a dormir. No tenía una doble vida. Amanecía temprano para ir al taller de esculturas, después corría a la cocina con todas las manos engrasadas... era un delirio pero era increíble. Tenía una polenta, una fuerza descomunal", dice la escultora Desiree de Ridder, que a los 26 años se deslumbró con el artista y se fue a vivir con él a París. Tuvieron dos hijos, Lorenzo y Valentina. De un matrimonio anterior son Carlos (médico, director del PAMI durante el gobierno de Macri), Pablo, Bárbara y Grisel, y el menor, Dante, de 9, fruto de su relación con Claudia Terceiro.

En una entrevista reciente se describió así: "Soy justiciero. Muy, extremadamente, sensible. Autodestrucción. Todo el tiempo hago cosas en contra mío. Peleador. Como dijo una vez un amigo poeta, que ya murió: "Carlos Regazzoni: flaco, anarco, turro y cagador. Cuando hay que serlo". También dijo que sus últimos 30 años tuvieron un solo objetivo: "La búsqueda de la belleza, un desafío a lo desconocido".

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