
Murió Luis M. Lozzia, un gran periodista
Fue jefe de Editoriales de LA NACION
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Ayer murió, en Buenos Aires, por determinación propia, Luis Mario Lozzia, uno de los más grandes periodistas de LA NACION en el siglo XX. Tenía 81 años.
Con Lozzia también murió un mirón de pájaros. Murió un ciclista, que en plena juventud pedaleó voluntariosamente en vueltas vecinales. Murió un vendedor de libros por catálogo y un lector voraz de todos los libros a su alcance. Murió un titiritero, que como prolongación de las clases de maestro rural rondó con sus muñecos por pueblos santafecinos, para alegría de los chicos. Murió el dirigente estudiantil de la militancia antifascista en la Universidad Nacional del Litoral, durante la Segunda Guerra Mundial. Murió el navegante que se ensimismaba en diálogo interior en el pequeño navío con el que navegaba por el Río de la Plata. Murió el entomólogo cuya mirada penetrante y eficaz ahincaba en el comportamiento de los insectos y se hendía hasta el hueso de la inconducta de los hombres públicos. Murió el andariego infatigable, que recorrió en casa rodante innumerables caminos de la patria. Murió el autor de "Domingo sin Fútbol", la novela que el cronista parlamentario fue escribiendo a borbotones, desde el palco de periodistas de la Cámara de Diputados de la Nación, a raíz de la cortesía involuntaria de legisladores que, "al pronunciar siempre el mismo discurso -ironizó-, nos evitaban tomar apuntes". Murió un escribano de provincia, que apenas tuvo ímpetu para levantar en su larga existencia, que con injusticia denominó de haragán, un par de actas notariales.
Luis Mario Lozzia fue todos esos hombres diversos y a menudo superpuestos, pero en realidad fue uno solo, y por sobre todo, el periodista magistral y de probidad intachable al que el destino llevó a constituirse en parte sustancial de la memoria de este diario.
Luis Mario Lozzia estuvo, a lo largo de los treinta y seis años que integró nuestra Redacción, en el cruce de las grandes decisiones que dieron renovada fisonomía a LA NACION en la segunda mitad del siglo XX. Cuando se retiró, en 1983, del ejercicio pleno del periodismo, hacía quince años que estaba al frente de la jefatura de Editoriales de LA NACION después de haber sido desde 1956, sucesivamente, secretario de Redacción y segundo jefe de Editoriales.
Había reemplazado en la conducción de la opinión editorial del diario al doctor Juan Santos Valmaggia, hombre de inmensa personalidad, en quien reconocía al más gravitante de sus maestros. Fueron ambos, en un sentido, liberales en la tradición de Mitre. Valmaggia, católico militante; Lozzia, escéptico, rebelde a los dogmas religiosos y refractario a otra fe que no fuera la de la confianza del hombre en las posibilidades de perfeccionarse por sí mismo, con prescindencia de cálculos en recompensas materiales de este mundo o de las que pudieran derivarse del hecho definitivo de la muerte.
Había llegado a LA NACION en 1947, como corrector de pruebas, después del cierre de Argentina Libre, periódico en cuyo nombre flameaba toda una bandera frente a las corrientes autoritarias de la época. Pronto fue cronista de notas policiales bajo el amparo tutelar de Francisco Domínguez, jefe de esa sección y veterano corresponsal en la guerra del Chaco entre Bolivia y el Paraguay. Y, poco después, fue cronista parlamentario.
Confiscada La Prensa, en febrero de 1951, los relatos publicados por LA NACION sobre los debates en la Cámara de Diputados se convirtieron en una de las raras ventanas desde las cuales se asomaba a la opinión pública la oposición y se amplificaba la voz de sus escasos representantes. Por esos años, en el Senado no había más que un bloque, el del peronismo. En cuanto a la Cámara baja, al final del régimen, por leyes electorales amañadas, la representación radical era de apenas doce diputados.
Alguna vez Lozzia confesó que la labor periodística había hecho de él un protagonista político, cuando en realidad no pasaba de ser sino un hombre de vocación contemplativa, cuyos placeres eran la observación de la naturaleza, el estudio de las ideas, el amor por la plenitud del idioma y el interés hacia aquello que perdura en un resplandor estético propio.
Marcaron su espíritu hasta el final trágico de ayer algunas contrariedades padecidas en su condición de periodista libre. Durante una de las cuatro presidencias de la Cámara de Diputados de la Nación habidas entre 1946 y la revolución de 1955 -la del doctor Héctor J. Campora-, agentes de la desaparecida sección Orden Político de la Policía Federal actuaban con la instrucción de tomar nota sobre quién de los redactores parlamentarios de LA NACION había hecho la crónica de tal o cual parte de los debates parlamentarios.
Aquellos agentes comenzaron por situarse detrás de las sillas ocupadas por nuestros redactores en el palco de periodistas y terminaron aplicándose, por lo que se rumoreaba, a asuntos más íntimos y sin duda mundanos, en espacios ajenos al recinto al que estaban asignados. Esto era posible porque nuestros redactores, después de un primer período exploratorio de ambas partes, habían aceptado aliviarlos del trabajo de informantes con la promesa de entregarles al día siguiente de cada sesión un ejemplar del diario con las indicaciones debidas para el conocimiento de las autoridades.
Lozzia sabía distinguir quién era quién en esos años de persecución y servilismo políticos. Cuando con la Revolución Libertadora los vientos cambiaron de dirección y de imputaciones políticas, fue propuesto como testigo de concepto por la defensa del doctor Alberto Rocamora, el último presidente peronista de la Cámara de Diputados en los años cincuenta, de quien tenía un elevado concepto personal. Y Lozzia cumplió como de él se había esperado; cumplió como un caballero.
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Soñaba, soñaba a pleno sol, y eso explica que los libros publicados finalmente por Lozzia hayan sido tantos como los que dejó en el purgatorio de los apuntes y esbozos fragmentarios. Uno ha sido el de la reconstrucción biográfica de Martín Malharro, el pintor azuleño de paleta impresionista que lo seducía. Otro proyecto inconcluso, al que también dedicó tiempo, hubiera abordado la vida de un último e imaginario caudillo de la política porteña.
Se había inspirado para esto en la trayectoria de Francisco Rabanal, famoso jefe parroquial de la UCR, fundador de la Intransigencia Popular e intendente de Buenos Aires. Siendo hombres de temperamentos e ideas disímiles, los vinculaba, sin embargo, una amistad invariable, nacida al calor de las tertulias parlamentarias.
No era fácil de entender que esa figura paradigmática del político de comité porteño suscitara el interés especial de este periodista rosarino, cuyas afinidades se aproximaban más al ideario y a la fisonomía huraña y distante de Lisandro de la Torre. Más de una vez, en las ruedas en que los editorialistas aunaban criterios sobre los temas de interés público de actualidad, Lozzia recordaba las tres condiciones que Rabanal le había enumerado al indagarlo sobre los requisitos necesarios a fin de que un político pudiera aspirar a la consagración de caudillo: primero, la buena salud, porque resulta indispensable la continuidad arrolladora en la acción; segundo, la atención afinada sobre lo que ocurre en el entorno, lo cual supone verificar con tanta frecuencia la solidez del suelo que se pisa como el grado de satisfacción y de protección de los dirigentes que a uno lo secundan y, tercero, la vocación de servir. En la casa de Rabanal, en Santa Catalina al 1300, en Pompeya, la puerta de calle permanecía siempre entornada, mientras que de noche una luz iluminaba el zaguán, en señal de bienvenida a quien acudiera por auxilios.
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Lozzia publicó tres novelas: "Domingo sin Fútbol", originada en sus reflexiones de cronista deportivo y que estuvo libre de las licencias canallas que de él podían esperarse, pues era un fervoroso hincha de Rosario Central; "Los grandes peces ciegos" y "Retrato reservado".
"Por los anuncios", el primero de sus libros de cuentos, obtuvo el Premio Iniciación, concedido por la entonces Comisión de Cultura de la Nación. La Sociedad Argentina de Escritores le confirió la Faja de Honor por "Estas noches que empiezan". Dos veces el PEN Club argentino lo distinguió con sus máximos galardones. También escribió una biografía de Augusto Mario Delfino, el periodista y escritor de origen uruguayo a quien admiraba en más alto grado entre todos sus colegas contemporáneos de LA NACION, en una de las tantas épocas en que han abundado en nuestra Redacción prosistas de extraordinaria valía. En ese tiempo, Manuel Mujica Lainez, Luis Mario Bello, Constantino del Esla, Alfredo de la Guardia, Eduardo Mallea...
Lozzia hablaba en toda ocasión como escribía, de manera elegante y filosamente incisiva. Este último domingo, en medio de una más entre las incontables internaciones a que lo sometía una larga enfermedad, entró en la habitación del sanatorio su hermana, Elba, quien, aproximándose al lecho, preguntó: "¿Cómo estás?"
-Es el último tramo -respondió el enfermo-. Estoy aquí con permiso del sepulturero.
Ayer, por la tarde, de vuelta al hogar de la calle Libertad, decidió con un revólver apresurar por sí mismo el final de la vida.
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Lozzia fue profesor de ornitología. Daba rienda suelta a su interés por las aves en plazas y paseos de la ciudad. Aquí mismo catalogó un número suficiente de especies que examinó en su libro ya de consulta clásica sobre los pájaros de Buenos Aires. Pero el terreno más apropiado para las observaciones que hacía en la condición de científico aficionado lo constituyeron los lagos y lagunas que fascinan a tan leves personajes de la fauna y los invitan, como ámbito propicio, a la nidificación que asegura la continuidad de las especies.
De aquellos desvelos nacieron libros como "Favor de alas" y "Aires, aguas y lugares". La última parte de la producción literaria de Lozzia se fundó en anotaciones hechas en renovados viajes por diferentes rumbos del país, si bien el vasto territorio de sus recorridas habituales comprendía preferentemente la mitad de Santa Fe hacia el Sur, el área meridional de Córdoba y Buenos Aires.
Describió ese mundo en líneas que reflejan la hondura y belleza con que exponía sus emociones de viajero: "Tierra horizontal, pradera inacabable cuya pobreza de bosques naturales no celebro y a cuyos ríos, arroyos y lagunas disfruto como retazos de la gloria vital: ésta es la pampa sobre la cual mi rodar traza los circuitos de las andanzas rutinarias en toda época del año. Si añado a esa pampa la ondulada planicie de Entre Ríos, tengo el mapa de mi gusto errante. Dispongo, pues, de cuatrocientos mil kilómetros cuadrados para transitarlos a mi placer. Cada vez que paso las fronteras marcadas hacia el noroeste por los primeros algarrobos blancos, hacia el sur por la línea del caldén y hacia el norte por la presencia del quebracho y el timbó, sé que a mis espaldas queda el aire tradicional de mis pulmones, la llanura pampeana en la cual, donde quiera que me halle, reconozco mi identidad con la tierra donde fui acunado".
En trabajos periodísticos para LA NACION, Lozzia defendió con denuedo el derecho de Israel a la existencia como Estado soberano. Fue acreedor, en los años sesenta, al Premio Comentario, conferido por el Instituto Judío Argentino de Cultura e Información. Como a Steiner, lo obsesionaba el hecho de que la irracionalidad del hombre contra el hombre hubiera llegado al límite contenido en las letras de ese siniestro vocablo alemán, judenrein , el de la limpieza étnica.
Lozzia abogó con tenacidad por el derecho de los argentinos de combatir la influencia internacional del comunismo leninista, a cuya perversión ideológica imputaba el haber mimetizado la acción con postulados tan encomiables como los de la igualdad o la defensa de la paz. Fue también persistente su prédica contra el fascismo de izquierda, tan presente, como él lo veía, en el fundamentalismo montonero de los años setenta y de manera más solapada en el cinismo de los políticos e intelectuales que empujaron a una parte de la juventud hacia el abismo.
Luchó por igual contra la violencia proveniente de los grupos situados a la izquierda del Partido Comunista, tan juicioso en aquellos años porque así lo imponía Moscú. Y denunció, por lo tanto, a quienes habían desencadenado en el país, por vías paralelas, la furia nihilista que atraería, como consecuencia, la represión que ha dejado heridas sin cerrar entre argentinos.
Lozzia era miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo. Estaba casado con Olimpia Laccino.
Había nacido el 25 de Enero de 1922.
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