
No todo debe ser reciclado
Por Carlos Libedinsky Para LA NACION
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Hace un tiempo se comentó que la colección denominada Museo de la Comunicación -aquel que funcionó en el edificio de la Cervecería Munich de la Costanera- sería trasladada al Palacio de Correos. Era una idea interesante, dado que el edificio albergaría en sus áreas desocupadas una función compatible con su origen y la función actual de su planta baja.
Tiempo después una aspirante a jefe del Gobierno de la Ciudad prometió "reciclar" el Palacio de Correos para convertirlo en auditorio o "palacio de la música". Días más tarde, el secretario de Cultura de la Nación lo mencionó como una opción para la instalación del Museo de la Industria y la Producción; magnífica idea, pero que no parece especialmente apta para ese edificio y sí para otras opciones de construcciones industriales desactivadas y patrimoniables mencionadas por él.
Ahora se anuncia la intención de traslado a la Secretaría de Cultura de una porción del edificio.
Sobre tales informaciones, y en respetuosa previsión de eventuales obras que pudieran degradar sus cualidades, me permito una reflexión.
Independientemente de la estupenda arquitectura del edificio, es su planta baja con todo el equipamiento absolutamente original y preservado -lo más sorprendente y significativo- la que presumiblemente sería, al menos, degradada en operativos de cirugía mayor, como algunos de los anunciados sobre un edificio en excelente estado de conservación.
Reconozco que habitualmente arrebato a mi secretaria la correspondencia a enviar por el puro placer que experimento al franquearla en ese recinto. No recuerdo ningún edificio público de la época que mantenga su sofisticadísimo equipamiento en la condición impecable de esta obra de Norbert Maillart.
Confieso mi zozobra cuando en cualquier operación de reciclaje los funcionarios deciden sobreimponer a la obra de un arquitecto consagrado la de otro ocasional profesional. Qué probabilidad de injusticia para la memoria de los autores originales o para el ciudadano sensible de su ámbito.
Tenemos el ejemplo de la Cervecería Munich de Andrés Kalnay, en la Costanera Sur. Sus tareas de restauración han sido muy dignas, pero la conversión en museo y la invasión del espacio central con un entrepiso, sus cielos rasos banales, sus barandas indecisas, la agrupación arbitraria y el pintado de las fuentes escultóricas (que no pertenecían a la obra de Kalnay), por ejemplo, revelan cierta incomprensión de la obra original.
No todo debe ser "reciclado". Muchas obras merecen ser "restauradas". Lo mejor que se podía haber hecho con esa cervecería hubiera sido, precisamente, una cervecería. Y lo mejor que se puede hacer con este histórico correo no es otra cosa que mantener el correo, encontrando en ambos casos (ésa es la tarea inteligente del funcionario) el modelo funcional, contractual y legal para la sustentabilidad de su funcionamiento, apelando, eventualmente, a funciones compatibles en los ambientes menos específicos. La tendencia al reciclado "como superadora de la restauración" ha desbordado sus propósitos conceptuales. A pesar del cuidadoso operativo desarrollado en el ex teatro Grand Splendid, devenido en magnífica librería, lamentamos que no haya sido restaurado como teatro en consonancia con el actual pensamiento de mantener teatros, conservando su concepción primigenia, para que obras de su época sean representadas en los ámbitos para los cuales habían sido pensadas.
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