
Notable final de juego
LA PIRAMIDE Por Henning Mankell-(Tusquets)-Trad.: Carmen Montes Cano-402 páginas-($ 44)
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Con La pirámide, Henning Mankell (Estocolmo, 1948) completa la última entrega de su serie de novelas policíacas protagonizadas por el inspector Kurt Wallander, personaje que ha cobrado celebridad mundial gracias a novelas de enorme éxito, como La pista falsa, La quinta mujer, Pisando los talones, El hombre sonriente, y sus versiones televisivas.
El escritor sueco era ya un destacado dramaturgo y novelista antes de iniciar el ciclo de relatos detectivescos que ahora concita el interés internacional. Fascinado por la cultura africana, en la actualidad reparte su tiempo entre su país natal y Mozambique, donde dirige un teatro. Aunque Mankell ha confesado que no es un lector devoto de la novela negra, algo del revisionismo del género a la manera de James Ellroy o de Walter Mosley puede leerse, reformulado, en el sutil mundo detectivesco de Wallander, donde la reflexión sobre la política sueca y el fenómeno europeo del Estado de bienestar se interfieren, con mayor o menor sutileza, en tramas de fuerte intriga y de densa criminalidad.
El desequilibrio entre la violencia social y la lentitud de la mano de la ley es uno de los ejes que construye la lectura crítica de la sociedad en los relatos de Wallander, un detective siempre atormentado por la incertidumbre de su propia profesión y por la inestabilidad de su vida emocional. La pirámide, pese a cerrar el ciclo de estas novelas, no presenta un caso muy riesgoso o de difícil solución, sino el conjunto de dos nouvelles (La cuchillada y La pirámide) y tres cuentos: "La grieta", "El hombre de la playa" y "La muerte del fotógrafo". Ni siquiera se trata de retos decisivos para la sagacidad del detective; por el contrario, lo que realmente importa es el develamiento de pormenores de su vida particular previa a la época en que transcurre el primer relato publicado, Asesinos sin rostro, es decir, cuando todavía vivía con su mujer y su hija, antes de refugiarse en la ciudad de Ystad.
A través de estos relatos anteriores al Kurt Wallander que conocemos, el lector accede a una dimensión histórica y social del personaje, que permite comprender desde su particular aspereza de modales hasta las dudas éticas de su quehacer profesional. Aun con esos propósitos que exceden el género policial, Mankell se las arregla para introducirnos en un universo de violencia y corrupción que siempre desnuda el verdadero rostro de la sociedad sueca y, por extensión, europea. Así y todo, la nocturnidad espiritual de Chandler o el doble filo de la justicia y el delito al estilo de Chester Himes están presentes como sustancia y como velada referencia.
De las dos nouvelles, La pirámide es la mejor construida: sin detener el ritmo trepidante, se da tiempo para orquestar una lúcida trama de complot intereuropeo en que la política y el crimen parecen estar de acuerdo. Pero La cuchillada presenta toques más sutiles en la constitución psicológica del destino criminal. Por su parte, los tres cuentos son perfectos y conjugan la proverbial capacidad de Wallander para desentrañar el misterio con una concepción dramática de la acción, que Mankell maneja, evidentemente, desde su pasado dramatúrgico. Una mención especial para los diálogos, siempre punzantes y precisos, en los que a menudo, como en "La muerte del fotógrafo", descansa la prosecución de la trama.
No faltan las referencias a la cultura sueca, a sus actores, cineastas y escritores, y se aprovechan para la acción fenómenos como la celebración de Santa Lucía, festividad de gran raigambre en Suecia.
Los vaivenes anímicos de Wallander, sus flaquezas en la vida doméstica, su incapacidad de retener el amor, su lúcida conciencia del costado terrible de la labor policial hacen de La pirámide un texto singular en el poblado repertorio del policial negro contemporáneo. Por otra parte, las notas escépticas y los destellos casi cínicos sobre el rol del Estado, la legalidad de la democracia y el difícil destino de una Europa perpleja ante su nuevo paisaje humano de la inmigración multiétnica lo ubican en un territorio limítrofe del género mismo, un espacio en que el entretenimiento de primer nivel y la reflexión social se amalgaman y potencian.
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