Pancho Ibáñez: "El cuarto de hora es la vida"

Diego Sehinkman
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21 de julio de 2019  

Pancho Ibáñez fue, durante muchos años, una presencia de peso como conductor de televisión, por su porte, su voz y su bagaje cultural. Cómo el hijo de un diplomático se convirtió en un respetado conductor de televisión. De eso y de su actualidad habla el creador de El deporte y el hombre en este Cuestionario Sehinkman .

-A ver si te sentís identificado con la siguiente frase: "Y un día el joven Juan Francisco Ibáñez le dijo a su padre embajador que no quería seguir la carrera de diplomacia porque deseaba ser locutor, actor y conductor. Quizá fruto de la tensión entre esos dos deseos, el del padre versus el del hijo, se produjo una síntesis, una fusión: Pancho Ibáñez, conductor y locutor... con el estilo y la elegancia de un diplomático".

-[Se ríe] Está bien, me gustó. Desde el diván te digo: tuve la suerte de decirle eso a mi padre en las Navidades de 1968, ya a punto de terminar mi carrera de Derecho, en Santiago de Compostela, España. Él estaba en ese momento en Hungría, en Budapest, como encargado de negocios en la embajada, y esa charla que yo temía que terminara con una gran desilusión de mi viejo, por suerte terminó con un: "me parece muy bien, hijo mío. Cada uno en la vida tiene que hacer lo que quiere hacer. Te felicito y que seas muy feliz en eso", lo cual fue una especie de gran liberación que valoré meses más tarde, porque mi padre murió muy joven, meses más tarde, a sus 48 años, de un infarto.

-¿En qué momento advertiste que tenías un don, un talento para ejercer profesionalmente la conducción?

-No sé si hubo un momento, porque ya en la secundaria conducía. Hice el Liceo Naval, entre otras cosas por los viajes diplomáticos de mi viejo. En los años 50, el Liceo Naval era un instituto modelo al que todo el mundo aspiraba a ir, de mucha exigencia y nivel de estudios muy alto. Los compañeros me recuerdan porque yo era el director del teatro del Liceo, el que imitaba a los profesores, el que hacía las sátiras de todos los años. A fin de año también había un teatro en el Liceo y yo fui actor en los primeros años y director en los últimos. Ya ahí me di cuenta de que me encantaba lo de las tablas, me divertía, me encantaba encarnar a otros personajes, imitar a los profesores.

-¿Qué es lo primero que pensás cuando escuchás esto? [se le muestra un antiguo programa en YouTube de El deporte y el hombre, con su clásica cortina de inicio]

-Me enorgullezco de haber encontrado esa música, porque la estuve buscando una semana entera. Pertenece al grupo Mecano, un trío español. "Boda en Londres" se llama el tema. El anecdotario da para mucho. El programa comenzó en 1983. Transcurría 1992 y yo estaba haciendo el programa por décimo año. Había pasado por Canal 13 y en ese momento estaba en América. Y, a la vez, en ese año '92, en América estaba haciendo a mitad de semana unos especiales de música: videos de Queen, Tina Turner, Phil Collins". La cuestión es que una vez yo iba caminando cerca de casa y me para un señor muy aseñorado que me dijo: "Ibáñez, ¡déjese de joder! ¿Qué hace usted presentando a esos melenudos? ¡Por favor, Ibáñez, usted es otra cosa!". "¿Yo qué soy?", le pregunté. "Usted es el deporte". Entonces sentí como una especie de sello de la Aduana en la frente que decía: "Ibáñez, usted no hable de otra cosa que no sea de deportes". Ahí pensé: "Si yo sigo haciendo solo El deporte y el hombre porque le hago caso a este señor, entonces me autoprohíbo hablar de otras cosas, cuando a mí me encanta la historia, la geografía, los viajes, los idiomas, la historia universal, la política universal y hasta la medicina, que también es otra de mis pasiones. Y fue allí que pensé que tenía que dejar de hacer aquel programa y hacer otro para que me vean en otros ámbitos. Después de 10 años dejé de hacer El deporte y el hombre y empecé con 360 todo para ver, viajando por el mundo. Después surgió Tiempo de siembra, una reencarnación de Odol pregunta. [se ríe] Mucha gente me decía: "Usted es muy culto". Y yo respondía: "Pero, ¿usted vio el programa? Yo soy el que pregunta. Los cultos son los que responden".

-¿Hay discriminación por edad en la tele de hoy?

-No, yo no me siento discriminado ni marginado por edad. No, en absoluto, yo no creo eso. No me gusta el culto absurdo de la juventud porque sí, o al revés, condenar a la vejez por tal. Siempre hago el chiste del tipo que entra al anticuario y dice: "¿Qué tal? ¿Qué hay de nuevo?" "Es un anticuario, venga a ver lo que hay de valioso, en todo caso, no qué hay de nuevo". Quiero decir que hay viejos que son tontos, absurdos, deleznables, y hay jóvenes brillantes, y viceversa. No es una cualidad ni de la juventud ni de la vejez. Todos mis compañeros están jubilados, ya olvidados de la actividad, pero yo no me veo así. Se irá dando normalmente, pero sigo vivo y trabajando. Es una cuestión de actitud.

-"Estoy en pantalla, luego existo" es una premisa que afecta a mucha gente del medio.

-Eso yo nunca lo viví. Están los que dicen que "hay que aprovechar el cuarto de hora". Y yo digo que el cuarto de hora es la vida. Esa ha sido mi actitud.

-Durante tu carrera encabezaste programas muy importantes, de mucho éxito. ¿Tuviste momentos de mareo del ego estando arriba de un pico de rating?

-Nunca me la creí. Tuve cierta autocrítica equilibrante. Miro para atrás y me doy cuenta de que lo mío no es que ha sido el exitazo, el boom. Pero sí buenos programas con lo fundamental, el reconocimiento. Y en este caso reconocimiento de amplio espectro: voy por la calle y me saluda un señor que me dice: "¿Cómo le va, Ibáñez? Soy el doctor Fulano de Tal, usted es de los pocos valores de Argentina que todavía." y parece que estoy en la Primera Junta o en la Casa de Tucumán. Y camino media cuadra y está doblando el camión de recolección de residuos y sale un tipo por la ventanilla que me grita: "¡Panchito, querido! ¡Maestro, capo!". Eso es fantástico, poder estar en esos dos lados. Entonces me digo: "No lo habré hecho tan mal".

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