
¿Para qué sirve una Bienal?
La del Fin del Mundo, una audaz convocatoria a artistas de 17 países en la ciudad más austral del planeta, inauguró un espacio de reflexión sobre el cambio climático
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USHUAIA.- Leonor Amarante atraviesa con paso rápido el lobby del hotel El Glaciar, sede oficial de I Bienal del Fin del Mundo, que ha transformado a la ciudad mas austral del planeta en el epicentro del arte actual. Ya está todo listo para la apertura y por la sonrisa de esta enérgica paulista, dos veces curadora de la Bienal del Mercosur; traductora de la obra de Bonito Oliva al portugués; buena amiga del suizo Harald Szeemann -hasta su muerte, ocurrida en febrero de 2006, el curador más respetado del mundo occidental-, se adivina que la nueva bienal es una gran oportunidad, porque el mundo está mirando al Sur con más interés del que todos imaginamos.
Los formatos de las bienales han cambiado desde que fue creada la Bienal de Venecia a fines del siglo XIX. La madre de todas las bienales, como se conoce a la "mostra" veneciana, tenía como objeto explícito reunir en un solo lugar las expresiones del arte contemporáneo internacional, pero, en el fondo, entonces como ahora, una bienal tiene siempre una segunda intención: potenciar la ciudad donde se realiza y posicionar a los artistas del país que la organiza.
En la huella del modelo veneciano, Cicillo Matarazzo fundó en 1951 la Bienal de San Pablo, convertida en poco tiempo en un faro mundial del arte. Los contactos de Matarazzo, su influencia como hombre de negocios y gran coleccionista, acercó al Brasil obras impresionantes como el Guernica de Picasso, para la segunda edición, y en los años sesenta las pinturas del pop norteamericano que tanta influencia tendría luego en la producción del vecino país.
Pensar una bienal para Ushuaia, que es literalmente el Fin del Mundo, fue una combinación de audacia y sentido de la oportunidad. Después de haberla recorrido y de haber compartido los días inaugurales con la mayoría de los artistas participantes, debe decirse que el esfuezo valió la pena. Esta nueva bienal abandona el modelo decimonico de Venecia y se pliega a los nuevos formatos, que, en realidad, como bien observó Leonor Amarante en su discurso de apertura, sigue las líneas marcadas por la Documenta de Kassel desde su creación, en 1959.
Un laboratorio
Kassel nació como un laboratorio de pruebas de lo Nuevo, que se activaría cada cinco años en las entrañas de una ciudad marcada por las cicatrices de la Guerra, con la autoestima herida de la Alemania derrotada. A través del arte, buscaba también una oportunidad.
Nació con el modelo del curador-director, dejando de lado el sistema de los envíos nacionales, que habían consagrado primero Venecia y San Pablo después. Alcanzó rápidamente un prestigio universal, sin que Kassel dejara de ser un pueblo tranquilo, cuyos habitantes, según Leonor Amarante, "caben todos juntos sentados en el Estadio Maracaná".
Una bienal sirve para posicionar artistas, ciudades, para incentivar el turismo, legitimar movimientos, activar el deseo de los coleccionistas y crear conciencia entre los gobernantes del capital activo que es el arte. Venecia ha tenido un largo reinado con sus pabellones nacionales, y la magia que supone albergar una muestra de arte en una ciudad que es en sí misma obra de arte. Los pabellones nacionales han sido desde siempre fuente de orgullo para los países participantes y también desde siempre una herida narcisista para la Argentina, que no tiene pabellón; sí lo tienen Brasil y Uruguay. La última oportunidad se perdió con el espacio cedido a China, que por razones obvias presiona con su creciente liderazgo mundial.
En su última edición, la Bienal de San Pablo cortó el cordón umbilical con Venecia y decidió optar por el formato del curador general, lugar ocupado en 2006 por Lisette Lagnado y seis curadores adjuntos, con el objetivo de lograr un nivel más homogéneo y alinear las propuestas estéticas a un proyecto curatorial común. En esa misma dirección se han orientado las bienales de Pontevedra, la más Antigua de España, y la de Valencia, fundada por Consuelo Ciscar y ahora en vías de extinción tras la fusión orquestada con la Bienal de San Pablo.
El mayor capital de la I Bienal del Fin del Mundo, la más joven y la más austral del planeta, es haber sintonizado con la preocupación por el futuro del planeta al generar un espacio de reflexión sobre el cambio climático y asumir como estandarte propio la creciente inquietud por el desequilibrio ecológico.
Paradigma de esta sintonía es la conmovedora y poética obra de Charly Nijensohn que se exhibe en el Polideportivo de Ushuaia. Sus imágenes, capturadas en Upernavik, Groenlandia, a 1500 kilometros del círculo polar ártico, fueron realizadas con la cooperación de miembros de la comunidad inuit. Cuenta Nijensohn que al llegar al lugar señalado con el localizador satelital como el comienzo del glaciar de Upernavik, éste ya no estaba más, se había retirado, que es la forma políticamente correcta de aceptar que había comenzado a derretirse. Entonces la camara de Nijensohn capturó esos restos de hielo a la deriva, como si fueran la representación del destino del hombre, que sigue el curso de la corriente sin saber a dónde va.
(I Bienal del Fin del Mundo, Ushuaia, hsta el 30 de abril. Locaciones: Polideportivo, Ex Presidio, Ex Casa de la Legislatura, Bus itinerante, Bosque Yatana, Bahia Encerrada, Canal de beagle, Cine Pakeuawa, Casa Beban, Museo del Fin del Mundo).




