Pasión literaria
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FERVOROSO absoluto de la cultura y de la literatura, el doctor Pedro Barcia es uno, pero parece muchos: trabaja sin parar, escribe varios libros a la vez, pone en marcha proyectos, viaja al otro extremo del mundo para dictar un curso y habla tan rápido, intercalando citas y chistes, que capta la atención total de su interlocutor. A los veintiún años enseñaba en la secundaria y era ayudante de cátedra en la Facultad de Letras. Desde aquel momento, compiló, prologó y anotó medio centenar de títulos, además de componer monografías y trabajos diversos. Ahora ha sido elegido miembro de la Academia Argentina de Letras y se lo ve exultante.
-Para mí es el premio mayor -confiesa-. El trabajo tesonero logra que el currículum frondoso se vuelva fructuoso y he tocado el cielo con las manos. Un cielo de tierra, hay que aclarar.
-¿Cuál será el tema de tu discurso de recepción académica?
-Como me tocó el sillón de Juan Cruz Varela, hablaré sobre la colección inédita de Poesías patrióticas de 1827 que él reunió. También preparo su edición crítica, para ofrecer a la Academia la mayor cantidad posible de textos referidos a la Independencia Argentina. Son dos volúmenes anotados.
-¡Qué personaje interesante y difícil este Juan Cruz Varela!
-Sí, más allá de sus aristas y dobleces. De muchacho tenía toda una lírica jocosa, picante, como crítico adelantó una especie de historia de los "géneros sin nombres", parodiando a Valéry. Fue un trabajador incansable dentro de la Secretaría de Gobierno, fue valioso antólogo y polemista (defendió a muerte la obra de Rivadavia) y además cumplió tres roles que lo han hecho pasar a la inmortalidad: gran traductor, gran dramaturgo y nuestro mayor poeta neoclásico. El poema "De mi muerte", escrito en versos sáficos y que elogió tanto Azorín por la década del treinta, vale la pena.
-Murió muy mal y solo.
-Sí, desterrado en una isla, lejos de los suyos y sin atención.
-Bien, ya has contado el tema de tu discurso académico, habláme ahora de tu Historia de la historiografía literaria argentina . Desde los orígenes hasta 1917 , que acaba de aparecer, y donde se promete un segundo tomo, de 1917 hasta hoy. ¿Qué has querido hacer?
-En primer lugar, una historia de los esfuerzos realizados en nuestro país por trazar la evolución de nuestra literatura (esto supone que desde muy temprano existe ese ser u objeto llamado literatura nacional); en segundo lugar, descubrir qué se ha hecho por captarla, definirla y periodizarla; en tercer lugar, ver qué corpus o cánones se han manejado a lo largo del tiempo y, por último, mostrar una búsqueda a conciencia de la cultura del país antes de Ricardo Rojas. El material que presento es, en un 80%, desconocido y busca nuestro sentido de la identidad a través de las tradiciones que van tejiendo la cultura y la literatura argentinas.
-Ese rescate del pasado es muy interesante. Pero, ¿la gente joven lee?
-Poco. Los que ingresan a Letras llegan sin la base de lecturas fundamentales y sin el hábito de leer. Reciben una avalancha de teoría sin la gratificación de textos creativos y eso les amortece o enfría el gozo. Cuando sean profesores no asociarán vida y literatura ni harán prevalecer la fruición al análisis. La lectura hedónica, esencial, es desplazada por la profesional.
-Han perdido la lectura como diversión. ¿Existe una franja importante de lectores calificados?
-Sí. Hay una "porción fiel", como dice la Escritura, y permanente, que sostiene el entusiasmo por la lectura.
-¿Qué deseo tuyo te gustaría ver cumplido?
-En lo literario, escribir (ya tengo mucho material) una historia de nuestra literatura en el período hispánico, para que se vea, como dice el refrán, "que estos lodos vienen de aquellos polvos". En lo personal, llegar a ver a mis cuatro hijos casados y ver nietos; por ahora tengo sólo dos. El abuelazgo te enseña a no meterte más, a no opinar y, al no tener responsabilidades, se transforma en un juego interesantísimo.
-¿Te queda tiempo para ser abuelo?
-Siempre hay tiempo para todo.





