Pasiones con letra y música
En La ópera: cuatrocientos años de magia (Claridad), la autora despliega su amor por el género lírico
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Fue a comienzos de 2007 cuando me habló la directora del Instituto de Musicología "Carlos Vega" de la Universidad Católica, doctora Diana Fernández Calvo, para "rogarme gentilmente" que hiciera una lista más detallada de mis publicaciones. Estaba ella a punto de editar mis Antecedentes de la musicología en la Argentina , y yo había pasado una lista que a mi colega le pareció anémica. Ahí figuraban sólo los libros, una media docena. Pero nada más. Ni estudios en obras colectivas sobre temas especializados, ni los escritos para el entonces Suplemento Literario de LA NACION, ni los comentarios para los programas de conciertos del Colón.
Después de un rato de romperme la cabeza, encontré una salida: incluir los títulos y las fechas de mis trabajos realizados durante más de quince años para las funciones de ópera del Teatro Colón. Eran el resultado de días enteros de estudio, partitura en mano, para enterarme bien de lo que ocurría allí en el aspecto musical y poder seguir de cerca a los escritores o movimientos literarios y el curso de pensamiento que sustentaba cada libreto. Mis primeros años en el Colón sólo abarcaban el trabajo relativo a las obras de conciertos de cámara y sinfónicos. Pero al llegar a 1990, Juan Andrés Sala, el inolvidable comentarista de ópera de la casa, pidió que Juan Pedro Franze y yo repartiéramos el trabajo para los futuros programas de ópera. Así me inicié en la tarea, con Così fan tutte de Mozart. Paralelamente realizaba algo similar para la Revista del Colón . La lista de escritos dejó satisfecha a la editora.
Pero cada paso de nuestra vida nos lleva a otro. Y otro más. Cuando vi la lista impresa en la edición de la universidad, me pregunté por qué no volcar en un libro mis experiencias de clases y escritos sobre un género al que llegué bastante más tarde que otros profesionales y que tantísimos aficionados. Porque a la ópera no ingresé con la naturalidad con que arriban, según leo a veces, o me cuentan, otras personas. Hay quienes recuerdan que en sus años de infancia ya estaban instalados en una butaca del Colón. Nacida en una ciudad de provincia donde no había, ni hay, teatro de ópera, mi temprana formación musical estaba muy apartada de ese mundo. Sólo la producción instrumental me acompañó hasta terminado el conservatorio de música y el colegio secundario.
Cuando empecé en Buenos Aires a trabajar en un diario y mientras terminaba mis estudios en Letras, comenzaron a probarme en la sección Espectáculos. Y allí encontré mi perdición. El hombre que habría de formar parte de mi vida, Alberto Emilio Giménez, era crítico de música de LA NACION y mi resistencia a la ópera se perdió en el tiempo y el espacio. Sin embargo, me empeñé en llegar al género lírico por el conocimiento y el estudio, lo que trajo, de manera natural, el amor que hoy tengo por la ópera.
Un pequeño librito que publiqué hace años terminó por convencerme. Había que recopilar los escritos musicales de Sarmiento, quien, durante su segundo exilio en Chile, había dado a luz una serie de notas sobre los espectáculos de una compañía italiana que había llegado a Santiago desde Lima. En determinado lugar del artículo del diario El Progreso , publicado el 23 y el 27 de abril de 1844, rescaté estas dos líneas, y me bastan: "Al que dijere, pues, ¿quién ha visto llorar o morir cantando?, contestaríamos, ¿quién ha visto hombres de piedra, de bronce o de madera?" No me hizo falta nada más. Sobre estas pocas palabras, se puede escribir todo un tratado en defensa de la ópera.
Me fue fácil emprender el libro, en relación con mis experiencias didácticas. Había que empezar por el principio, por lo cual invito al lector a entrar... por la puerta de ingreso. "Lo que hay que saber para que su vecino de asiento no lo apabulle con su sabiduría": ésa es mi primera receta. Entonces explico las diferentes secciones musicales de una ópera y los cambios que experimentan a lo largo del tiempo: recitativo, aria, arioso, etc. Y enseguida, muy importante, cómo conocer los distintos registros vocales y los personajes que los tipifican, así como los cantantes emblemáticos. Ciertos términos técnicos son necesarios para el que se inicia y con esto termina la primera de las cinco partes que forman el libro.
En la segunda hay un poco de historia, desde el nacimiento del género, allá por el 1600, hasta hoy. Son cuatrocientos años de una actividad que tiene sus apasionados adeptos y sus detractores. Aquí los indiferentes quedan fuera de la cuestión. En este sector se abre un espacio dedicado a la música argentina. La razón para separarla está en que no existen libros, que yo sepa, que se dediquen de manera expresa a este repertorio, de modo que al trazar su trayectoria histórica en forma aislada, es posible valorizar mejor sus períodos estilísticos.
La tercera parte se ocupa del "gran repertorio", es decir, de aquellos títulos que han superado los límites del tiempo de vida de sus autores y forman parte del muestrario de los teatros lírico del mundo. No mucho más de un centenar y medio entre 35.000 o más. Sin embargo, se incluyen otros que, sin formar parte de ese núcleo privilegiado, han tenido importancia histórica en el desarrollo del género. En este sector se ofrecen apenas unos escasos datos: nombre del compositor y del libretista, lugar y fecha de estreno y un brevísimo argumento con los registros vocales de cada personaje. Eso sí, de ahí se envía al lector al análisis de muchas de esas obras, que se desarrollará en las páginas subsiguientes.
La cuarta parte presenta pues el fruto de aquellos trabajos que preparé para las representaciones del Colón y otras salas. Ahí se pretende ir al fondo del asunto, tanto desde el punto de vista del drama como de las estructuras y el lenguaje sonoro. En algunos casos se incluyen ejemplos musicales y terminología técnica, aunque esto último con cautela, para no agobiar al aficionado que no lee música o no está en condiciones de comprender ciertos hechos sonoros. También hay cuadros con las estructuras que merecen ser destacadas, como las de Fidelio de Beethoven, Wozzeck de Alban Berg o Don Rodrigo de Ginastera. La quinta y última sección contiene el estudio de óperas argentinas, siempre sobre la base de mis trabajos ya publicados. Quedo en deuda con todas aquellas obras sobre las que no tuve oportunidad de escribir.
¿Qué espero de este libro? Simplemente que sirva para el mejor acceso a las óperas y para que el lector pueda anticipar su deleite antes de concurrir a un espectáculo lírico. Pero por sobre todo, recordarles lo que dijo Sarmiento: acceder a él con la misma convicción con que admiramos hoy, en medio de nuestra ciudad, la estatua ecuestre de Alvear, de Bourdelle; un bello atardecer dentro de una cuadro; los personajes que ríen, sufren y mueren en un escenario de teatro en prosa o en la pantalla de un cine o de nuestro televisor. Se sufre y se muere cantando, porque el canto es el legítimo lenguaje de este género que encierra 400 años de magia.





