
Pensamiento diagonal
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El agua y el trueno
Por Esteban Ierardo
Prometeo/349 páginas/$ 45
En El agua y el trueno , Esteban Lerardo reúne ensayos que van hilando filosofía, arte, mitología y literatura en un ejercicio de "pensamiento diagonal", como lo llama, que invita a derribar las barreras disciplinarias. Más que convencer sobre una reflexión puntual o desplegar una filosofía personal, apunta a transmitir un modo de pensar: parado firmemente sobre la filosofía moderna, se anima a dar el salto que lleva a rutas menos transitadas de lo irracional y a abordar la naturaleza como un paisaje que precede a toda existencia humana.
Los ensayos agrupan nombres propios y reflexiones puramente filosóficas que apuntan a dar forma a una ontología del arte. En la primera parte, el autor pone en las mismas páginas a Artaud y Van Gogh como "artistas de la generación del fuego"; a El Bosco y Borges como maestros del exceso, que logran concentrar la multiplicidad del mundo en un pequeño espacio, en un punto en el tiempo; o a Goya como el artista racional que descubre lo irracional y siniestro de la Ilustración.
Los pasajes más provocadores están en la segunda parte. Lerardo vuelve la mirada a la naturaleza para encontrar en lo material una vitalidad creadora.
El bosque supera su carácter de fenómeno natural para acceder a la categoría de verdadero "otro mundo", que respira y se multiplica en el mundo urbano; el rayo y el relámpago aparecen caracterizados por su "condición de eternidad en acto", y la tormenta como muestra de "la vitalidad que bulle en cada hebra de espacio".
Un Dioniso "auténtico" -a la vez creador y destructor- y la comparación entre el arte zen y el arte occidental que quiso inspirarse en Oriente preceden la meditación nodal de la obra.
En el último ensayo, el autor se muestra a favor de una ontología del arte, entendida como la "intensificación de una realidad prehumana", un "estallido de la potencia combinatoria" que está en la base de la vitalidad creadora del universo, y que se refleja con claridad en la música, arte superior.
En ciertos pasajes, la prosa abigarrada oscurece las intenciones argumentativas, y se vuelve muy didáctica al explicar la mirada de Kant sobre el arte o la compleja arquitectura que Hegel ideó para pensar la estética. Es persuasiva, en cambio, cuando hilvana la vida y la obra de los artistas, o cuando sostiene la existencia del espacio como presencia anterior al pensamiento mismo.
Ierardo no busca recuperar la naturaleza en clave superficial de retorno a lo original o incontaminado que caracteriza ciertos discursos actuales. Su apuesta es por el pensamiento. Busca una vuelta de página al idealismo ilustrado, a la crítica romántica y a la representación poshistórica, al proponer la paradoja de eliminar el sujeto que piensa de su propia meditación.
Un ejercicio saludable en tiempos de mentes ocupadas más en deconstruir y compartimentar que en comprender y en disfrutar mientras se piensa.


