Pensar y actuar al borde del abismo
El historiador Tulio Halperín Donghi habla de su libro, de próxima aparición, La Argentina y la tormenta del mundo (Siglo XXI), en el que analiza cómo los pensadores y políticos del país elaboraron el debate ideológico y los hechos que ocurrieron fuera de las fronteras nacionales entre 1930 y el fin de la Segunda Guerra Mundial
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Hace unos meses, Tulio Halperín Donghi me solicitó que ubicara en el archivo de LA NACION el texto completo de un artículo aparecido en este diario en 1941. Su autora, la señora Eugenia Solveyra de Oyuela, una activista de la Acción Católica Argentina, había celebrado a mediados de los años 30, en las columnas del diario católico El Pueblo, la "guerra santa" iniciada por el general Franco en España y lanzado sus dardos contra Jacques Maritain por la posibilidad que éste ofrecía de una eventual colaboración de creyentes y comunistas frente a una causa justa. Sin embargo, el artículo mostraba que esta espada del catolicismo argentino había cambiado y que el motivo de ese cambio no era otro que la barbarie con que el nazismo espantó al mundo civilizado, especialmente desde el estallido de la guerra: la señora de Oyuela retomaba al antes atacado Maritain y casi consideraba un deber para los católicos colaborar con el comunismo si el objetivo era destruir al monstruo que aparecía bajo la bandera de la cruz gamada. Como no todos los católicos coincidían con esta transformación, la autora debió aclarar que sus opiniones eran personales y no representaban a la Acción Católica.
Este episodio era uno más en la cadena de sucesos que se desarrollaron en años que fueron, para la Argentina y para el mundo, el resultado de un contexto definido tanto por la confusión y la ambigüedad cuanto por la barbarie y la tragedia. Tulio Halperín Donghi despliega ese mundo apasionante de transformaciones, debates y contiendas en su libro La Argentina y la tormenta del mundo, de próxima aparición en la colección Historia y cultura, dirigida por Luis Alberto Romero para la editorial Siglo XXI Argentina. La obra, que expone las diversas facetas con que el pensamiento argentino recibió los desarrollos ideológicos y los acontecimientos ocurridos en esos años fuera de sus fronteras, forma un conjunto con otra, de próxima publicación en la editorial Ariel, llamada La República Imposible , centrada en la historia política del período.
-En La Argentina y la tormenta del mundo usted plantea que la crisis económica y política de 1930 instaura un nuevo juego de reglas en el mundo de la economía y el poder, donde se discute el papel de la democracia en el devenir futuro. También señala las crecientes embestidas realizadas contra la democracia en la década del 30. ¿Los que atacaban el sistema democrático con tanta seguridad sobre su escaso futuro no sintieron demasiado precozmente su derrota definitiva?
-Es indiscutible que quienes en los años 30 creyeron que estaban asistiendo a la agonía final de la democracia representativa estaban equivocados. Pero si lo creyeron era porque ya en la última etapa de avance de la democracia, ese avance era visto más como el de una marea irresistible que como la culminación de un cambio político que debía ser celebrado como positivo. Eso se ve ya en los debates sobre la Ley Sáenz Peña a principios del siglo XX. No es sorprendente entonces que, cuando esa marea comenzó a refluir a partir del golpe de 1930, fueran tan numerosos los que estaban dispuestos a concluir que la democracia había entrado en su ocaso definitivo porque no había satisfecho las ingenuas esperanzas que se habían puesto en ella en el pasado.
-Usted presenta a los años 30 animados de una atmósfera terrorífica a la vez que ingenua y denomina a las inexactas descripciones de Carlos Ibarguren y Manuel Gálvez respecto del fascismo italiano (al que adherían) como "la fuga a la realidad". La candidez se mantiene en Lisandro de la Torre, que juzgaba con cierta liviandad los asesinatos (que él creía "legales") del estalinismo. ¿Esa ingenuidad se relaciona con la forma atenuada, en comparación con el resto del mundo, en que la Argentina había sufrido la crisis económica del 30?
-En efecto, la Argentina sufrió de modo muy atenuado las consecuencias de una tormenta que en Europa estaba ya alcanzando efectos devastadores. Eso hacía más fácil que quienes la miraban desde aquí, con una visión en la que pesaban más bien las circunstancias locales, mantuvieran sus propias versiones del fascismo o del comunismo. Y así podían descubrir en el de Mussolini a un régimen al que sus enemigos calumniaban cuando lo presentaban como dictatorial, o en la Rusia soviética a un estado de derecho.
-En esa Argentina el partido radical ocupa no sólo un lugar clave como principal fuerza de oposición sino como supuesto defensor de la democracia. Pero, ¿hasta dónde el radicalismo de los años 30 se parece al que había precedido al golpe de 1930? Usted rescata a Julio Barcos, una figura olvidada en la UCR, que presenta una doctrina intermedia o equidistante del capitalismo y del socialismo, una suerte de tercera vía. La gran milicia civil, el populismo autoritario y la nueva democracia social que propone Barcos, ¿cuán influyentes resultaron en la trayectoria de la UCR?
-La actitud de Barcos refleja la tentación de dotar al radicalismo de la precisa definición ideológica y programática que Yrigoyen siempre se resistió a introducir en el partido. Esta tentación resurgiría una y otra vez en la trayectoria del centenario partido, sin alcanzar éxito ni aun cuando Arturo Frondizi pudo poner a su servicio un fragmento muy importante de la máquina partidaria. Como herencia de su tentativa, sólo alcanzaron a sobrevivir efímeramente dos movimientos de tendencias antagónicas (el desarrollismo y el Partido Intransigente), mientras el radicalismo emergió de esa encrucijada con un perfil similar al que había delineado desde antes para sí mismo. Es ésta, por otra parte, una tentación habitual en los movimientos populistas. Se dio también en el peronismo, entre quienes no creían que las 20 verdades peronistas ofrecieran una base ideológica y programática suficientemente sólida. Esa tentación se dio también en el Brasil, y allí el politicólogo Renato Boschi la atribuía a la noción, frecuente entre los marxistas, de que el populismo llevaba en sus entrañas al socialismo, del mismo modo que la roca de mármol de Carrara aprisionaba la estatua que liberaría de ese cautiverio el genio de Miguel Angel. Aceptando que esto sea así, Barcos fue sólo un Miguel Angel más de los que fracasaron intentando esa empresa.
-En las filas del radicalismo -en realidad de Forja- surgió una figura mítica, Arturo Jauretche, que quizá aparece menos citada en su libro de lo que un lector esperaría. Mucho se ha dicho de Jauretche, incluida la mención del padre O´Farrell sobre la supuesta profundidad de su pensamiento, que sólo lo hacía asimilable al de Heidegger. ¿Cuál es su opinión respecto de la influencia de Arturo Jauretche en la prédica de esos años y especialmente en la del antiimperialismo?
-Jauretche comenzó siendo otro fracasado Miguel Angel, que trató de esculpir al radicalismo sobre el modelo del APRA peruano. Su lugar en la constelación política e ideológica de los años 30 fue mucho más modesto de lo que después se recordaría. Su éxito comenzó en realidad cuando fue reclutado por la máquina de propaganda armada por Rogelio Frigerio y su revista Qué . En esta campaña Frigerio se empeñaba -para decirlo en el lenguaje estalinista al que se mantenía leal- en librar la batalla por el desarrollo también en el frente ideológico. A diferencia de Raúl Scalabrini Ortiz, que se retiró horrorizado al descubrir en qué consistía el proyecto que había sido invitado a sostener, Jauretche reveló tener ingenio suficiente para hacer su instrumento de quien había pensado instrumentarlo. Es verdad que sus dotes lo acercaban más a Fray Mocho que a Heidegger, y sin duda el Padre O´Farrell le hizo un flaco favor cuando proclamó haber descubierto en sus escritos una síntesis superadora de Kant y Marx. Pero apenas se deja a un lado todo eso se descubre que le debemos mucho de lo más legible que produjo el peronismo del largo interregno entre 1955 y 1973; aunque entre ese mucho no se encuentre nada realmente importante sobre el tema del imperialismo.
-Usted señala que en 1936 la Guerra civil española logró revivir por un instante "la moribunda llama de la tradición liberal" ¿Por qué luego esa llama parece apagarse y no vuelve a arder ante la caída de Francia, un país de tanta influencia entre los pensadores locales?
-Porque a través del espectáculo español, Victoria Ocampo, por ejemplo, creyó percibir cuál podía ser el horizonte último hacia el que avanzaba la recristianización que acababa de tener una manifestación clamorosa en el Congreso Eucarístico Internacional realizado en la Argentina en 1934. Este temor apareció cuando se supo que entre las víctimas de las ejecuciones franquistas de Badajoz figuraban respetables caballeros cuya única culpa había sido abstenerse de ir a misa los domingos. Eso bastó para que Ocampo se preguntara si la simétrica matanza de eclesiásticos no correspondía acaso a un secreto designio divino. Algo asimilar ocurría con el matrimonio Castex, que ardía en fervor republicano mientras usaba su incomparable prestigio social para introducir al embajador del Tercer Reich y su encantadora esposa en los más exclusivos salones de Buenos Aires.
Hay muy poco en común entre esa situación y la de 1940. En primer lugar, la relación de los intelectuales que aparecían como referentes en la Argentina con el nazismo era menos íntima que con otros totalitarismos. Y eso no dejaba de influir. Simone de Beauvoir confesaba que bajo la ocupación nunca pudo odiar a Hitler tan intensamente como al mariscal Pétain y a su estado de Vichy, porque contra éste volcaba todo lo que había logrado acumular en años de chocar con las verdades convencionales de los bienpensantes, ahora llevadas al triunfo por la derrota de Francia. Por otra parte, la reacción frente a 1940, aunque más pasiva, tiene una base de apoyo sin duda más amplia que frente al conflicto español: baste pensar que el dictamen de la comisión investigadora sobre la penetración alemana fue aprobado en diputados con un solo voto en contra. No sé si no se refleja en todo esto una cierta falta de imaginación, como la que George Orwell invocaba para explicar la solidez de la resistencia británica durante la Batalla de Inglaterra, que se debía, a su juicio, a que no podían siquiera imaginar la derrota.
-En esos años también se produjo un creciente antisemitismo. Este movimiento aberrante, sin embargo, parece encontrar un límite. Quizá un símbolo sea Monseñor Gustavo Franceschi, director de la revista Criterio desde 1932 y asesor espiritual de la Acción Católica Argentina. Primero considera que los judíos exageran su martirio y después se horroriza por la Noche de los cristales rotos. ¿Dónde está el límite para quien escribió en 1939 El problema judío ?
-Se trata menos de un límite que de una manera distinta de encarar el "problema judío". Mientras que en la visión hitleriana la judía es una presencia irreductiblemente ajena y hostil, en la católica el conflicto tiene toda la intensidad propia de una querella de familia. Tal como nos recuerda el papa actual, los judíos son "nuestros hermanos mayores". Pero es precisamente eso lo que lleva al Padre Mein-vielle -un hombre de posiciones más extremas- a concluir que la obstinada resistencia de los judíos a reconocer en Jesús al anunciado Mesías ha transformado en agente del Demonio al que antes había sido el pueblo elegido. E incluso llevó a que Monseñor Franceschi alcanzara conclusiones no demasiado alejadas de ésta, aunque prefiriera volcarlas en un lenguaje decididamente menos truculento.
-El comunismo logró avances significativos en el sindicalismo argentino de esos años. En su libro aparecen las vicisitudes del comunismo internacional, como el cambio al que se vio obligado en su idea de Frente Popular y acercamiento a los partidos burgueses ante el tratado Ribentropp-Molotov. Sin embargo, las actitudes de algunos dirigentes comunistas locales, como Rodolfo Ghioldi y de Ernesto Giudici, resultan relativamente dignas frente a la "tormenta del mundo", que atormenta y descoloca a los comunistas. ¿Es esta última una percepción mía?
-Como usted sugiere, tanto Giudici como Ghioldi se ubican muy por encima del nivel habitual en cuanto a las producciones de otros líderes comunistas, como Vittorio Codovilla y sus imitadores. En parte eso reflejaba el distinto papel que estos personajes desempeñaban. Mientras que los textos de Codovilla eran más bien circulares internas que se limitaban a informar a los militantes acerca de los detalles de la línea en ese momento en vigencia, los de Giudici y Ghioldi intentaban entablar un diálogo con el vasto mundo de los no-comunistas. Pero lo que me interesa en sus textos, más que el decoro argumental, es el anticipo de una problemática económica y social que es la que ha de predominar en la posguerra.
-En ese mundo de vaivenes, la figura del socialista Alfredo Palacios aparece como un ejemplo. El Partido Socialista había seguido la versión así llamada "liberal" u "oficial" para interpretar la historia argentina. Pero en los años 30 irrumpe su afinidad con la nueva corriente que inaugura el revisionismo y su reivindicación rosista. ¿Es esto explicable por sus visitas al interior, plasmadas en El dolor argentino (1938) y Pueblos abandonados (1942)?
-Creo que en Palacios los motivos revisionistas tienen raíces anteriores al descubrimiento del interior. Comienzan cuando ese revisionismo no se había identificado aún necesariamente con una reivindicación del rosismo. Por cierto, esta rehabilitación no se deduce de su evocación del Chacho Peñaloza, cuyas credenciales antirrosistas eran irreprochables, o del alzamiento al que éste convocó en defensa de "las sabias instituciones que surgieron el gran día del pensamiento de Mayo, y se establecieron en Caseros". En el caso de Palacios, debe de haber influido también su condición de hijo de Aurelio Palacios, exiliado dirigente del principismo blanco del Uruguay. Aunque decididamente antirrosista, la narrativa histórica en que se apoyaba la autoimagen de esa fracción del Partido Blanco era totalmente incompatible con la de la que en la Argentina los revisionistas llamaban ya historia oficial. Y eso contribuyó sin duda a que Alfredo Palacios mantuviera frente a ésta una independencia que en su caso no implicaba necesariamente hostilidad.
-¿La visión de Palacios sobre el interior profundo es tan diferente de la asumida por Benjamín Villafañe en Miseria de un país rico (1927)? Villafañe me parece una figura también sinuosa. Había comenzado por militar en la UCR, de la que fue expulsado por su enfrentamiento con Yrigoyen en su primera presidencia. Llegó a la gobernación de Jujuy con el apoyo del Partido Conservador en 1924 (con una recordada gestión en la que inauguró el estadio de la Liga Jujeña de Fútbol). Y terminó por denunciar en el Senado a sus correligionarios por los negociados de tierras en El Palomar, ya como representante del nuevo partido al que se había adherido.
-La afinidad entre Palacios y Villafañe sólo existe en la temática. Pero me parece que hay que subrayar con todo una diferencia: lo que en Palacios es un tema retórico, en Villafañe forma parte de la prehistoria de ese tema hoy central en la política nacional, que es la coparticipación federal. Si bien los problemas que evoca Villafañe desde Jujuy son también económicos y sociales, las soluciones que propone casi siempre tienen algo que ver con el acceso a fondos federales.
-Finalmente, la reescritura de la historia que pretenden los hermanos Irazusta es, como usted señala, una "manipulación implacablemente ideológica de los hechos". ¿Qué siente, después de haber enfrentado en las décadas del 50 y del 60 a un fenómeno que muchos historiadores académicos consideran como un "engendro", al estudiarlo ahora desde sus entrañas?
-Temo desencantarlo, pero ocurre que a ese "engendro", como usted lo llama, lo recuerdo con sentimientos mezclados. Estoy de acuerdo en que sería peligroso leer La Argentina y el imperialismo británico, redactado en 1933 por Julio y Rodolfo Irazusta y publicado un año más tarde, creyendo que se lee un libro de historia. Pero no ocurre lo mismo con toda la literatura revisionista. Varios de los "Ensayos históricos" reunidos por Julio en el volumen de ese título son de veras estudios históricos (entre ellos, el referido al centenario de la asunción por Rosas de la suma del poder público tiene enfoques perspicaces). Y en cuanto al revisionismo más tardío, encontré otros escritos que también lo son, como algunos de Eduardo Astesano o el de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde sobre los caudillos.
-Deberíamos recordar al lector que el Duhalde al que se refiere es el actual camarista y no el actual presidente. Y también deberíamos recordarle la común sensación que varios tenemos por lo que ahora ha venido a presentarse como historia en algunos escritos muy superficiales.
-Uno de los sentimientos encontrados respecto del revisionismo es que lo recuerdo con cierta nostalgia. Porque, como ya dije, algunos de sus trabajos son verdaderamente históricos. Pero estoy de acuerdo en que es una cosecha un poco magra luego de siete décadas de investigaciones supuestamente históricas. Y me parece más relevante que apenas se lee a los productos de los revisionistas como los instrumentos de adoctrinamiento ideológico y político que casi siempre son, se descubre que todavía pueden abrir perspectivas interesantes. Si no lo hacen sobre la época que declaran estudiar, por lo menos pueden abrirlas sobre la época en que fueron escritos.




