Pequeña bailarina, récord para Degas
Una escultura del genio impresionista se vendió en casi 20 millones de dólares y se transformó en la obra de ese tipo más cara del artista
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Un comprador asiático no identificado se quedó anoche en Sotheby´s Londres con la más preciada de las esculturas de Degas. Pagó 20 millones de dólares, o 14 millones de libras esterlinas, por esa niña de gesto congelado en el bronce, vestida con un tutú de tul, que con gesto desafiante mira a la audiencia imaginaria.
Dos cosas pone sobre el tapete este superprecio, primero que frente a una obra de calidad museo no hay recesión que valga. Todos los compradores del planeta saben que esta joya del arte universal no volverá a aparecer por años en una subasta pública. Una versión idéntica se encuentra en el Museo Metropolitano de Nueva York. Segundo, el noble inglés que era su dueño la tenia en calidad de préstamo en la Royal Academy de Londres, hasta que decidió retirarla y enviarla a subasta. Nadie da un paso de esta magnitud sin saber que los coleccionistas hacen cola para quedarse con esta joyita. Edgar Degas tenía fascinación por las bailarinas, una pasión casi enfermiza que lo llevaba todas las mañanas a los ensayos del cuerpo estable del ballet de la Opera Garnier, de París.
Allí, sentado en la primera fila, ejercitaba sus bocetos que luego trasladaba al bronce o al papel.
Fue un cultor, también, de la técnica del pastel que ejecutó con maestría única en su obra La espera, en la que se ve a la pintora Mary Cassat sentada en un banco del Museo del Louvre. Este escena museística fue en su momento el pastel más caro del mundo y pasó por las manos de una gran coleccionista sudamericana, a la que, como a Degas , le encantaban las carreras de caballos, otro de los temas recurrentes del pintor impresionista que tiene siempre admiradores orientales.
En los años ochenta, cuando los dueños de los yenes coparon el mercado de arte, los impresionistas se fueron a las nubes. Las obras de Degas, Van Gogh, Monet, Manet , Degas y Renoir alcanzaron cifras astronómicas. La escalada de precios culminó en mayo de 1990, el día que el papelero nipón Rioei Saito pago 83 millones de dólares por El retrato del doctor Gachet y 78 millones por Le moulin de la Galette de Renoir. Ambos cuadros tenían el sello ganador de la museum quality.
Doctor Gachet con su mirada melancólica estuvo por años en el Met de la Quinta Avenida, prestado por el gran coleccionista Whitney, y la escena costumbrista pintada por Renoir tiene una idéntica versión colgada en las salas del Museo Orsay de París. El papelero nipón se llevó a la tumba el destino de sus cuadros millonarios, alguien dice que se los quedó el banco con quien tenía una deuda impagable, otros, más novelescos, aventuraron que los quemó antes de morir. Lo cierto es que este japonés de gustos caros llevó a la cima de los récords el retrato melancólico que Van Gogh hizo de su médico poco antes de su muerte y una festiva escena galante que celebra como pocas la alegría de vivir.
Atentos hoy lectores digitales, que sale en busca de nuevo dueño un Monet excepcional. En la pradera va en busca de un récord desafiando el tsunami financiero que hasta ahora no ha herido de muerte al mercado de arte, todo lo contrario, comprar una obra de arte con calidad y pedigree siguen siendo la mejor y la más gozosa de las inversiones de los tiempos modernos.





