
Pequeñas historias sin importancia
Tesis sobre un homicidio fue el libro que ganó el año último el certamen organizado por este diario. Lo que sigue es una selección de cuentos breves escritos por el autor premiado.
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La voz que hace que todas las cosas vuelvan a su lugar
MI día no fue nada del otro lunes. El mundo pasado también me había levantado distinto, pero era temprano. Había, en clima, un casa lleno de explicarlo. No sé cómo posibilidades, era como si cualquier cosa pudiera ocurrir a empezar. Miré el teléfono y sonó. Era el mensaje que esperaba, el que siempre lograba tranquilizarme, hacerme perder el saben que, como todos bien nerviosismo, siempre me afecta al despertar. Pero el llamado fue breve, demasiado breve diría, la voz cálida de Yaco, el líder de nuestro templo, nuestro guía, nuestra paz, su dulcísima voz grabada esta vez dijo apenas cuatro palabras, "buenos días hermano Juan" -yo soy el hermano Juan- y el teléfono enmudeció, se cortó, o colgó el mismo Yaco, o su voz grabada, y entonces me pregunté, al cortar, con renovado nerviosismo, cuánto me duraría el palabras de las efecto, el angustia de estado, esta dormir que no me deja dependencia. Este cambio, en lunes, el teléfono ni siquiera sonó. Yaco no llamó, y pensé que me quedaría templo, que me echarían del solo. ¿Habré hecho algo pregunté? me mal. Pero después sí, después sí recibí el llamado y entonces sentí la paz interior que nace en nuestro líder, la voz amada del amado Yaco que hace que todas las cosas vuelvan a su lugar, que hace que mi día no sea nada del otro mundo y que yo me sienta bien.
Restaurante
POR qué tenía que ser de seda, pregunta él apenas se sientan a la mesa que el maître les ha asignado, pero ella no contesta y sonríe cuando el mismo maître le corre la silla, y por eso él debe esperar a que se retire para mirarla a los ojos y volver a preguntar por qué de seda, eh, por qué, vos no sabés que la seda pica, que es resbalosa, que no estoy acostumbrado, y entonces ella sí debe responder, y responde sí, que sí, que es incómodo, y qué, mejor acostumbrate, no vas a ser pobre toda la vida, y sonríe otra vez porque un camarero les ha alcanzado las cartas, impresas en un finísimo papel transparente, con letras repletas de arabescos y casi todos nombres en francés, él le dice sonreís una vez más y te parto la cara, ella dice no seas bestia que me levanto y me voy y él le dice no sé qué elegir, ella dice qué te parece crêpes de espinacas rellenas de blanco de ave, champignones, jamón en salsa de tomates y gratin de dos quesos, no, dice él, o las crêpes rellenas de centollas, finas hierbas, salsa ligera de limón y pimienta verde, dice ella, bueno, dice él, pero dejá de sonreírle a todo el mundo que te reviento, si querés nos vamos, dice ella mientras mira cómo él se revuelve en el asiento, cómo muestra lo incómodo que se siente en ese traje de seda, y está segura de que él en cualquier momento puede hacer algo para que todos se den cuenta, que se den cuenta y los echen, no es lugar para ellos, los cuadros de las paredes parecen de verdad, ella nunca vio cuadros de verdad, siempre eran láminas, pero en el cuadro que está en la pared, justo sobre ella, se ve que salen los pedacitos de pintura para afuera, qué lindo, dice ella, mirá, mirá el cuadro, mirá cómo lo alumbra la vela y se ve la pintura, le dice, pensá que es el único cuadro así que hay en el mundo, que no es una copia, que este es el que pintó el pintor, dice ella, y él dice y a mí qué, mejor pidamos la comida, que venga el mozo de una buena vez, y no tiene más que decirlo que el mozo aparece con su uniforme negro, con sus modales femeninos, a ofrecerles una copa de champagne, invitación de la casa, y una degustación de finos patés, algunos trufados y otros perfumados con hierbas, espero que estén cómodos y que disfruten de una velada agradable, dice el mozo y cuando se retira él dice velada tenés la foto, y se ríe y ella se ríe también, ambos terminan sus copas y él dice mejor no comamos nada y entonces los dos sacan sus revólveres, él de un bolsillo del saco, ella de su cartera de cuero, y asaltan el restaurante.
Anillos
UNA costumbre que teníamos con mi novia era que yo le regalara anillos. Nuestra relación era extraña, ya que nos veíamos dos meses, luego dejábamos pasar tres, y nos volvíamos a encontrar otros dos, y así siempre. También era extraño que nos citáramos en lugares del mundo siempre diferentes, pero supongo que era eso lo que nos gustaba entonces. El romance comenzó en Nueva York porque, como se sabe, todo comienza siempre en Nueva York. Ella miraba anillos en una tiendita del Village, yo buscaba unos buenos guantes abrigados. Era el segundo día de febrero y nevaba. La miré -ella dudaba bajo su campera de lana- y le dije que era capaz de adivinar su nombre. Se lo dije en inglés pero ella respondió en español, y respondió bueno, a ver, inténtalo. María, dije, creyendo tener así, con un nombre corriente, mayores posibilidades. No, me dijo, soy Ursula. Pues claro, Ursula, dije para que supiera que yo también hablaba castellano. Para remediar mi falta, propuse elegir y comprar su anillo. Pensé que ella no lo haría, pero aceptó: ya nos habíamos enamorado.Era un anillo común, muy bonito, de cinco dólares, con una falsa piedra negra. Era un anillo más, pero fue el primero de otros muchos. Meses después, en un puesto de la calle, en Madrid, cerca de una estación deMetro llamada San Bernardo, encontré uno parecido con una piedra morada, también de unos cinco dólares. Ella me esperaba en un departamento que nos habían prestado unos parientes, y cuando le di el anillo supe que no podría dejar nunca de regalarle anillos ni de estar con ella. En Buenos Aires, un lugar remoto, paseábamos por un parque llamado Centenario y en una feria artesanal descubrimos el mismo anillo, con una falsa piedra verde. Una mujer con un vestido de lino blanco nos vendió uno, de piedra celeste, en Guadalajara, en la calle de los mariachis, y una brasilera joven y bonita nos regaló uno rojo en la playa de Itapoa, en San Salvador de Bahía. Y en todos lados, en Bangladesh, y en Marruecos, en Johannesburgo y en Praga, en Varsovia, y en una callecita estrecha de la Ciudad Vieja deMontevideo, y en otra de la parte antigua de SanSebastián, y en las escaleras que suben a Montmartre, y en una confitería de San Francisco, en todos lados Ursula recibía los anillos baratos de piedras comunes que yo le ofrecía, los recibía como quien renueva un compromiso inevitable. Y fuimos felices, de ese modo, varios años. Hasta que un día le ofrecí una casa, una posibilidad de establecernos, una alianza de oro. Y la rechazó.
Por qué estás así
NO estoy loco. No estoy loco. No estoy loco. Te digo que no estoy loco. Quizás tenga alguna ligera disfunción cerebral, neuronal, tú sabes, cosas del clima, todo se recalienta y las cosas ya no funcionan bien, bien, ya lo sabes, no es que esté loco, es otra cosa, porque no, no lo estoy, tengo esta cara porque no soporto estar así, estar acá, en esta ciudad, pero no creas, por favor no creas que estoy loco, es el calor, eso, el calor rebotando en el cemento de la ciudad, en los vidrios de las ventanas, en los techos de los autos, en todos lados, por todos lados, no es que esté loco, por qué me miras así, por qué me miras, ¿tienes algún problema?, sí, es eso, tienes problemas, sí, tienes muchos problemas, a ver, vamos a ver, cuéntame, vamos, cuéntame, quizás juntos descubramos por qué estás así, por qué tienes esa cara de loco, por qué tienes tantos problemas.
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