
Poesía para Nochebuena
Pocas fechas congregan a la humanidad como las Fiestas. Por profundas convicciones religiosas, por no contradecir el sueño de ilusión que el mundo se regala, o por la formalidad de cumplir con las citas familiares. Lo que sigue es una selección de poemas, fragmentos de diarios y relatos en los que los escritores, a veces con emoción, a veces con sarcasmo o con nostalgia, también se ocuparon del tema.
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SIEMPRE he añorado los ritos de mi niñez con sus Reyes Magos que ya no existen más. Ahora, hasta en los países tropicales, los reemplazan con esos pobres diablos disfrazados de Santa Claus, con pieles polares, sus barbas largas y blancas, como la nieve de donde simulan que vienen. No, estoy hablando de los Reyes Magos que en mi infancia, en mi pueblo de campo, venían misteriosamente cuando ya todos los chiquitos estábamos dormidos, para dejarnos en nuestros zapatos algo muy deseado; también en las familias pobres, en que apenas dejaban un juguete de lata, o unos pocos caramelos, o alguna tijerita de juguete para que una nena pudiera imitar a su madre costurera, cortando vestiditos para una muñeca de trapo.
Hoy a esos Reyes Magos les pediría sólo una cosa: que me volvieran a ese tiempo en que creía en ellos, a esa remota infancia, hace mil años, cuando me dormía anhelando su llegada en los milagrosos camellos [...]. Esos seres que ansiábamos ver, tardándonos en dormir, hasta que el invencible sueño de todos los chiquitos podía más que nuestra ansiedad. Sí, querría que me devolvieran aquella espera, aquel candor. Sé que es mucho pedir, un imposible sueño, la irrecuperable magia de mi niñez con sus navidades y cumpleaños infantiles, el rumor de las chicharras en las siestas de verano.
( Antes del fin , Seix Barral, 1998)
La palabra del asno
(Fragmento)
"POCO a poco todos se fueron ubicando y los ruidos se apagaron. A veces la joven gemía suavemente, y así supimos que su marido se llamaba José. Él la consolaba lo mejor posible, y así supimos que se llamaba María. No sé cuántas horas transcurrieron, pues debo de haberme dormido. Cuando desperté, sentí que se había operado un gran cambio, no sólo en nuestro reducto, sino en todas partes, y hasta se diría que en el cielo, del que, a través de nuestro miserable techo, se veían centelleantes jirones. El gran silencio de la noche más larga del año cayó sobre la tierra, que hasta parecía contener sus manantiales, como el cielo su aliento, para no turbarlo. En los árboles, ni un ave. Ni un zorro en los campos. Ni un ratoncillo en la hierba. Las águilas y los lobos, todos los animales de pico y colmillo, hacían tregua y velaban, con hambre en el estómago y la mirada fija en la oscuridad. Hasta las mismas luciérnagas y los bichitos de luz ocultaban su fulgor. El tiempo se borraba en una sagrada eternidad.
"Y bruscamente, en un instante, se produjo un acontecimiento formidable. Un estremecimiento de incontenible alegría recorrió el cielo y la tierra. El crujido de innumerables alas atestiguó que nubes de ángeles mensajeros se lanzaban en todas direcciones. La paja del techo que nos albergaba se iluminó por el resplandeciente paso de un cometa. Oímos la cristalina risa de los arroyos y la majestuosa de los ríos. En el desierto de Judea la arena se estremeció y cosquilleó los flancos de las dunas. La ovación que subía de los bosques de terebintos se mezcló al algodonoso aplauso de los búhos. La naturaleza toda se alegraba.
"¿Qué había pasado? Casi nada. Se oyó, saliendo de la cálida sombra de la paja, un ligero grito, y ese grito no venía ciertamente del hombre ni de la mujer. Era el suave vagido de un niño pequeñito. Y al mismo tiempo una columna de luz se posó en medio del establo: el arcángel Gabriel, el ángel de la guarda de Jesús, estaba ahora allí, haciéndose cargo, en cierto modo, de la situación. Por otra parte, la puerta se abrió en ese momento, y vimos entrar a una de las sirvientas de la vecina posada, trayendo una palangana de agua tibia apoyada en la cadera. Sin vacilar, se arrodilló y bañó al niño. Luego lo frotó con sal para afirmarle la piel y, envuelto en un lienzo, lo tendió a José, quien lo posó sobre sus rodillas en señal de reconocimiento paternal.
(En Los Reyes Magos , Emecé, 1982. Traducción de Amanda F. de Gioia)
El cultivo de árboles de Navidad
Existen diversas actitudes en relación con la Navidad,
y de alguna de ellas podemos hacer caso omiso:
la social, la torpe, la manifiestamente comercial,
la bulliciosa (los bares están abiertos hasta la medianoche),
y la infantil, que no es la del niño
para el cual cada vela es una estrella, y el ángel dorado
desplegando sus alas en la copa del árbol
no es solamente un adorno sino un ángel.
El niño se maravilla ante el árbol de Navidad:
dejadlo que continúe con ese espíritu de maravilla
ante la Fiesta, como un evento aceptado no como un pretexto;
de modo que el luminoso enajenamiento, el asombro
del primer árbol de Navidad recordado,
de modo que las sorpresas, las alegrías de las nuevas posesiones
(cada una con su inconfundible y excitante perfume),
y la espera del ganso o del pavo,
y el expectante momento de su aparición,
de modo que la reverencia y el gozo
no sean olvidados en las experiencias posteriores,
en la fastidiosa rutina, la fatiga, el tedio,
el conocimiento de la muerte, la conciencia del fracaso,
o en la piedad del converso
que pudiera teñirse de vanagloria
desagradable a Dios e irrespetuosa hacia los niños
(y aquí recuerdo también con gratitud
a Santa Lucía, su villancico, su corona de fuego):
de modo que antes del fin, en la octogésima Navidad
(significando por "octogésima" la última, cualquiera que sea),
los acumulados recuerdos de la emoción anual
puedan concentrarse en una gran alegría
semejante siempre a un gran temor, como en la ocasión
en que el temor llega a cada alma:
pues el principio nos ha de recordar el fin
y la primera venida la segunda venida.
(En Valores diarios, de Alberto Girri, Sudamericana, Buenos Aires, 1970)
Nacimiento de Cristo
Si tú no hubieras sido sencilla, ¿cómo podría
tener lugar en ti lo que ahora ilumina la noche?
Mira, el Dios que retumba en las nubes
se hace benigno y viene en ti al mundo.
¿Te lo has representado más grande?
¿Qué es grande? A través de todas las medidas,
que él recorre, va la magnitud de su destino.
Ni siquiera las estrellas tienen un curso parecido.
Ves, estos reyes son grandes,
y arrastran sus tesoros para ponerlos en tu regazo,
los tesoros que ellos tienen por más grandes,
y tú quizás te deslumbras también con ese tóxico:
pero contempla en los pliegues de tu vestido
cómo él sobrepasa ya ahora todo eso.
Todo el ámbar que de lejanas tierras se trae,
todo ornamento de oro y la volátil especería,
que disipándose nubla los sentidos:
todo eso fue de muy breve duración,
y al final no ha quedado más que pesadumbre.
Pero (tú lo verás):El irradia alegría.
(En Antología poética, Espasa Calpe, Madrid, 1968. Versión de Jaime Ferreiro Alemparte)
Navidad
(Fragmento)
¿Tendremos el valor de reunirnos esta noche
padres y hermanos, la novia que no tiene a dónde ir, el
vecino cordial?
Y el buen amigo de la infancia -qué sería de ella sin él-
¿encontrará esta noche
el buen camino entre su corazón y el nuestro?
(En Porque escribí , Fondo de Cultura Económica, Chile, 1995)
Mi último suspiro
En Navidad de 1930, Tono y su mujer organizaron una comida a la que asistimos una docena de españoles, actores y escritores, Chaplin y Georgia Hale. Cada uno llevó un regalo, de veinte a treinta dólares, que colgamos de un árbol de Navidad.
Empezamos a beber -el alcohol corría en abundancia a pesar de la Ley Seca- y un actor llamado Rivelles, muy conocido en aquella época, recitó en español unos versos de Marquina, bastante grandilocuentes, ensalzando a los antiguos soldados de Flandes.
Aquella poesía me repugnó. Me pareció innoble, como todo alarde de patriotismo. Durante la cena, yo estaba sentado entre Ugarte y otro amigo, Peña, un joven actor de veintiún años. Yo les digo en voz baja:
-Cuando me suene, es la señal. Yo me levanto, vosotros me seguís y entre los tres destruimos ese miserable árbol de Navidad.
Así lo hicimos. Me soné, los tres nos levantamos y, ante las miradas de asombro de los invitados, nos pusimos a destruir el árbol.
Desgraciadamente, es muy difícil partir un árbol de Navidad. Nos desollábamos las manos sin resultado. Entonces cogimos los regalos y los tiramos al suelo, para pisotearlos.
En la habitación había un gran silencio. Chaplin nos miraba sin comprender. Leonor, la esposa de Tono, me dijo:
-Luis, eso es una verdadera grosería.
-En absoluto -respondí-.
Es cualquier cosa menos una grosería. Es un acto de vandalismo y de subversión.
La velada terminó temprano.
Al día siguiente, estupenda coincidencia: leí en el periódico que en una iglesia de Berlín uno de los fieles se había levantado durante el oficio y había intentado destruir el árbol de Navidad.
Nuestro acto de subversión tuvo una secuela. Chaplin nos invitó a su casa la noche de Fin de Año. Allí había otro árbol con otros regalos. Antes de pasar a la mesa, nos retuvo un instante y me dijo (Neville hacia de intérprete):
-Puesto que le gusta romper árboles, hágalo ahora, Buñuel, y así ya no tenemos que volver a pensar en ello.
(En Mi último suspiro, Plaza & Janés, Barcelona, 1984. Traducción de Paula Brines)
Navidad en el Hudson
No importa que cada minuto
un niño nuevo agite sus ramitos de venas
ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sólo esto: desembocadura. ¡Oh esponja mía gris!
¡Oh cuello mío recién degollado!
¡Oh río grande mío!
¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!
New York, 27 de diciembre de 1929
(En Poeta en Nueva York , Aguilar, Madrid, 1988)
Nochebuena cincuenta y una
Amor, dios oscuro,
Que a nosotros viene
Otra vez, probando
Su esperanza siempre.
Ha nacido. El frío,
La sombra, la muerte,
Todo el desamparo
Humano es su suerte.
Desamparo humano
Que el amor no puede
Ayudar. ¿Podría
El, cuando tan débil
Contra nuestro engaño
Su fuerza se vuelve,
Siendo sólo aliento
De bestia inocente?
Velad pues, pastores;
Adorad pues, reyes,
Su sueño amoroso
Que el mundo escarnece.
(En La realidad y el deseo , Fdo. de Cultura Económica, México, 1979)
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