
Poética fábula negra
LA VISITA DEL ARZOBISPO Por Ádám Bodor-(El Acantilado)-Trad.: Adan Kovacsics-132 páginas-($ 55)
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En Bogdanski Dolina, un rincón olvidado de los Cárpatos, los atardeceres se prolongan mucho más allá de la puesta del sol: la basura que rodea a la ciudad posee luz propia, "como si la iluminaran por dentro las luciérnagas". Es una bruma gelatinosa que brota de los desperdicios y envuelve en un aire melancólico a este hediondo vaciadero industrial donde alguna vez hubo vida. Esa pálida luz fantasmal es como la tenue poesía que Ádám Bodor, rumano de nacimiento pero húngaro de origen, echa sobre su negra fábula, sesgada alegoría del totalitarismo.
En Bogdanski Dolina, el poder es ejercido por las castas religiosas y quienes se atreven a resistirlo van a parar a Izolda, el campo en el que conviven las barracas del centro de aislamiento para enfermos de pulmón y la fábrica de peines y botones hechos con los restos del matadero: huesos, uñas, cornamentas. No todos son enfermos cuando llegan a Izolda, pero lo serán, tarde o temprano: el contagio es inevitable en los talleres polvorientos o en el campo entero, cubierto por el velo gris de la tos. Hasta las gaviotas evitan ese aire asfixiante y nauseabundo y quienes no están habituados a él suelen sufrir prolongados desmayos. Eso es lo que le ocurre a Gábriel Ventuza, el capellán que ha vuelto a la ciudad para recuperar el cuerpo de su difunto padre -viejo contrabandista de personas de trágico final- antes de que el archimandrita destierre del cementerio a todos sus ocupantes armenios. Despertará cinco días después, semidesnudo y sin un centavo, pero no cederá en su propósito y así tomará contacto con un medio donde el régimen dictatorial perdura (aunque una nomenclatura religiosa ha tomado el lugar de los perversos cazadores de montaña); donde todos esperan, siempre en vano, la anunciada visita del arzobispo a quien cada uno tiene algo que pedir, y donde abundan las historias fantásticas y los personajes desdichados, extravagantes o huraños. Hay un río que cambió su curso y de la noche a la mañana pasó de bordear la ciudad por el norte a rodearla por el sur, una muchacha a la que el rayo dejó sin un pelo, un vicario que lleva semanas durmiendo mientras sus allegados lo higienizan y le mastican la comida, seminaristas que se divierten apedreando a los prisioneros del campo; un narrador sin nombre que alguna vez también escapó del lugar y que llegará a capellán y una joven peluquera que ha soñado con él sin conocerlo.
Nada es normal en ese mundo imaginario y multiétnico que Bodor propone con la intención de ayudar a entender el mundo real, lo que de ningún modo invita a establecer paralelismos. La atmósfera es la de una tenebrosa fantasía, pero el narrador la aborda con la naturalidad de quien expone hechos comunes y corrientes, en un lenguaje lacónico, lírico en ocasiones y preciso siempre, sin comentarios indignados ni subrayados dramáticos, lo que vuelve aún más inquietante su visión y más negros sus dejos de humor burlón. Bodor -a quien el gobierno rumano encerró dos años en prisión durante la década del cincuenta por distribuir volantes en contra del régimen- hace sentir el gulag sin mencionarlo. Su novela es al mismo tiempo repulsiva, angustiosa y fascinante. Se sale de ella como de una pesadilla, de la que el lector no puede desprenderse porque con sus saltos y retrocesos, su información dispersa y retaceada y su deliberada búsqueda de intemporalidad exige atención muy comprometida. Se trata, sin duda, de un libro difícilmente clasificable y de un autor cuya obra puede remitir a Kafka, a Beckett o a Buzatti, pero se impone con una voz personal. Además de La visita del arzobispo , Bodor ha publicado volúmenes de cuentos y novelas, la más celebrada de las cuales es El distrito de Sinistra (1992).
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