
Premios y castigos
Este trabajo de investigación ofrece una radiografía de la cultura política argentina y pone al desnudo el modo en que el gobierno nacional administra los fondos públicos para favorecer a los comunicadores oficialistas o perjudicar a los independientes
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Propaganda K
Por María O´Donnell
Planeta/242 páginas/$ 35
Reseñas: Chejfec, Vignoli, Nohlen, Castellanos Moya y MandokiRaras veces se tiene en cuenta que la publicidad oficial la paga uno. Si lo hacemos, nos interesará saber qué se publicita y por qué, quién cobra esa publicidad y cómo. Y surgirían más preguntas. Y cuanto más y mejores preguntas nos hagamos, mejor ejerceremos la ciudadanía. Propaganda K , de María O Donnell, investiga algunas cuestiones centrales de la política de comunicación del gobierno democrático más consciente del papel de los medios y de la publicidad, y más hostil al periodismo.
Conviene decir de entrada que el kirchnerismo ha innovado poco en el terreno de la comunicación política y en la relación entre los gobiernos y los medios -ajenos y propios-. Sus intentos de controlar su imagen y dibujar la información, su confusión entre Estado y partido, el clientelismo y el amiguismo han sido una constante en la que han participado -en distintos grados- todos (todos) los gobiernos democráticos posdictadura. Además, es justo repetir algo ya subrayado en otros medios: que parte de la información más importante que María O Donnell ha utilizado como materia prima de su libro fue obtenida gracias al decreto sobre acceso a la información pública promulgado durante la gestión de Kirchner.
Propaganda K muestra primero que la relación del kirchnerismo con los medios es la continuación de una política aplicada en Santa Cruz desde que el sector del Presidente es gobierno. La constante ha sido la utilización de fondos públicos para favorecer a medios adictos, de baja o nula calidad periodística, y en el camino a personas y empresas ligadas de alguna manera al oficialismo. Y para castigar a los independientes. Fondos públicos que se dispensan como pago por contraprestaciones o se niegan como escarmiento o como advertencia al resto.
Rudy Ulloa, muy cercano a Kirchner, es uno de los adelantados entre los premiados. O Donnell muestra cómo lograba recibir 1.700.000 pesos por año distribuidos en un montón de sociedades, en una provincia de 200 mil habitantes, donde el segundo de televisión vale apenas un peso, y los avisos en radio y en medios gráficos cuestan una pequeña fracción de lo que se paga en Buenos Aires. El tema de los "auspicios", uno de los rubros a los que se destinan fondos públicos para medios y programas, ocupa un lugar relevante en el libro de O Donnell. La Secretaría de Medios de la Nación pasó de gastar 42 millones de pesos por año en avisos en 2003 a 212 millones en 2006: ¡un poco más de 400 por ciento de aumento! De esos millones, algunos han ido a parar a programas periodísticos de radio y TV, abierta y por cable, a los que el Estado "auspicia"; es decir, les da dinero.
Los "auspicios" son, en muchos casos, una herramienta con la que se espera ganar la buena voluntad de un periodista. Como señala O Donnell, implican que el auspiciante comparta la línea editorial del programa, del mismo modo que la Unesco auspicia un programa educativo, o una gaseosa apoya un concierto de rock. Es razonable, entonces, estar alerta sobre la independencia del periodista auspiciado. Se necesita integridad para rechazar un auspicio muy importante en dinero. Y más si de ese aviso depende la continuidad del programa. Peor aún es cuando el auspicio es del Estado. A todo lo de arriba se agrega este problema ético: ¿qué línea editorial necesita compartir el Estado en beneficio de los ciudadanos, ya que ninguna otra razón justificaría el uso de fondos públicos?
En su investigación, la periodista ha tenido acceso a una lista con los nombres del "periodista, columnista o conductor" de cada programa auspiciado por el gobierno, valor de la publicidad y nombre del "funcionario o dependencia que había movilizado el trámite". La lista es importante, entre otros motivos, porque permite deducir que alguien asigna "cuotas" . Ella dice que los "padrinos" eran funcionarios de distinta jerarquía, legisladores e intendentes bonaerenses. Y que no todos los periodistas de la lista tenían padrinos ni los necesitaban.
No explica por qué no revela los nombres de los periodistas. ¿No quiso poner bajo la misma sospecha a periodistas venales y honestos? Tampoco se sabe por qué no publica los nombres de los "padrinos" ni los montos. Lo correcto, tal vez, habría sido publicar la lista entera junto con lo que hubieran querido decir todas las personas aludidas. Esta carencia no opaca los méritos de Propaganda K . O Donnell aporta muchos datos concretos sobre la discriminación en el uso de la publicidad oficial. Para citar solo algunos: el castigo a la editorial Perfil, los premios a Daniel Hadad y su alianza con el oficialismo.
Hay otros aportes importantes: 1) los mecanismos de distribución de la publicidad en la vía pública por la Secretaría de Medios, a cargo de José Albistur, uno de los empresarios más importantes en ese rubro. O Donnell puntualiza que Albistur traspasó su empresa a su ex esposa y a sus hijos, y que no les ha derivado publicidad desde que asumió; pero -según su investigación- lo ha hecho a empresas de amigos y ex empleados suyos; 2) el modo en que Crónica TV y Canal 26 lucran con la emisión de actos de partidos políticos presentados como información legítima y no como publicidad. En el caso de Crónica, se detectó una diferencia extraordinaria entre los segundos de publicidad oficial facturados por la agencia Telam (429) y los efectivamente emitidos (55), quizás una manera creativa de realizar pagos; 3) la operatoria y la facturación de una productora privada que cubre los viajes de Cristina Fernández de Kirchner al exterior, algo inexplicable porque el Estado está en condiciones de hacerlo. Peor aún, esa empresa tiene exclusividad, ya que los medios argentinos son sistemáticamente excluidos.
O Donnell es una periodista joven, pero experimentada, cuya escritura en los medios gráficos es clara y atractiva; y también lo son sus comentarios políticos en radio, llenos de precisión y frescura. Por eso extraña que el libro tenga tramos áridos por sobrecarga de información: parece haber actuado en esos casos bajo la presión del espacio o del tiempo. El que atraviese esa dificultad encontrará que la recompensa justifica el esfuerzo. El mayor mérito de Propaganda K es iluminar uno de los agujeros negros de nuestra cultura política y algunas de las miserias del periodismo. Algunos de sus capítulos deberían ser leídos, sobre todo, por el lector común: incentivarán una lectura más crítica de los medios y una mirada más informada de los actos de gobierno. También lo deberían leer los periodistas honestos: se sentirán reivindicados. A los otros no se les aconseja. En todo caso, les arrancará una sonrisa cínica o -peor- los puede estimular a buscar nuevas técnicas de ocultamiento.





