Principios inciertos
CRIMENES IMPERCEPTIBLES Por Guillermo Martínez-(Planeta)-246 páginas-($25)
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Un joven matemático argentino (el narrador), becario en Oxford, se ve involucrado, primero como atónito testigo, luego como investigador aficionado, en una serie de crímen|es cuya primera víctima es la anciana dueña de la casa donde alquila un cuarto. Los crímenes parecen estar dirigidos, como una ofrenda o un mensaje cifrado, a llamar la atención de Arthur Seldom, "espada de la Lógica", prestigioso entre los científicos por sus estudios sobre la prolongación filosófica de los teoremas de Gödel y conocido también entre los legos por un libro de divulgación acerca de las series lógicas (que él ha aplicado a los asesinatos seriales).
Pronto se establece entre el famoso matemático y el joven becario una fuerte relación intelectual y amistosa en torno a la incógnita que plantean los crímenes. Seldom le expone su teoría --basada en Gödel-- acerca de los dos planos en que se mueve la lógica de la matemática (y también la lógica de lo real). Uno pertenece al orden nítido y visible de lo macroscópico; otro, al orden imperceptible de lo microscópico, regido por el principio de incertidumbre. Si el primero es el ámbito de las claras demostraciones, el segundo es el ambiguo reino de los enunciados indecidibles, que no pueden ser demostrados ni refutados. Ambos órdenes --sostiene Seldom-- se dan en la realidad, y todo hecho puede leerse en una escala infinitesimal, esto es, abriéndolo a una infinita complejidad. En la investigación de los crímenes los detectives policiales se basan ante todo en la evidencia física y prefieren apelar a las hipótesis simples, a las explicaciones inmediatas, pero Seldom (cuyo apellido, que significa "rara vez", no es casual) instruye a su amigo-discípulo sobre los insólitos saltos de las inteligencias que eluden los pasos consuetudinarios del razonamiento y rompen las secuencias ordenadas para lanzarse a un horizonte indeterminado e inquietante, en busca de esa parte de la verdad que se sustrae a la demostración, a las seguras costumbres de la percepción humana.
El viejo problema del conocimiento, la realidad que ama ocultarse, la kantiana inaccesibilidad de la "cosa en sí", la voluntad metafísica de Pitágoras y las abismales interrogaciones de Wittgenstein reaparecen en esta novela encarnados en las vidas y muertes de sus personajes, en sus deseos y terrores. La profunda perturbación que el relato introduce se halla en el cruce de las abstracciones lógicas con la móvil y carnal realidad, a la que irreversiblemente modifican, y también en la dosis de azar y en el grado de incidencia de lo involuntario sobre los acontecimientos. El mismo narrador, en una inesperada vuelta de tuerca, termina viéndose a sí mismo como el que ha desencadenado, sin quererlo y sin saberlo, tanto el primero de los crímenes, como la posterior arquitectura de la serie.
Así como los seres humanos desconocen la influencia imponderable que ejercen los unos sobre los otros, también ignoran la magnitud de sus inmanejables pasiones, que irrumpen en la aparente racionalidad cotidiana, y a menudo asedian y asombran a sus propios sujetos llevándolos a cometer actos reprobables (aunque puedan responder a impulsos generosos) que indefectiblemente los constituyen. Que cada hombre es la serie de sus actos (queridos o no) es una de las dos máximas trágicas que se enuncian aquí. La otra, no menos desconsoladora, declara que todo crimen es imperceptible, que la violencia y la crueldad pertenecen inextricablemente a la trama de la vida y desembocan en la indiferencia y el olvido. El mismo olvido, la misma descomposición, que aguarda a todos los que morirán de muertes "naturales", nunca naturalmente aceptadas, sino experimentadas, antes bien, como crímenes injustos, por los frágiles y anómalos animales capaces de crear un orden simbólico para engañarse con presuntas certezas, para protegerse, para sentirse anclados en el oscuro tembladeral de la existencia.
No quedan cabos sueltos en esta novela de pulida escritura que lleva hábilmente a su lector de enigma en enigma y que, en la tradición de la mejor narrativa policial, se proyecta hacia los "agujeros negros" del humano conocimiento. Con ella obtuvo su autor, Guillermo Martínez (1962), el Premio Planeta Argentina 2003.




