
Pueblos y tesoros en la Jerusalén del Norte
Pocos lugares en el mundo concentran historias tan ricas y una estratificación de culturas y nacionalidades tan numerosas como Vilna, la capital de Lituania. De allí provenía el ámbar, el "oro báltico", con su floreciente tráfico de mercancías y leyendas, que llegaba incluso hasta el Adriático
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Vilnius para los lituanos, Wilno para los polacos, Vilna (Vilné) para los judíos, cuya vital presencia y cultura hacían de la "Jerusalén del Norte", un febril centro del judaísmo iluminista del gran maestro de erudición rabínico Garon Elia, contrario al misticismo y a las corrientes del mesianismo extremista. En Vilnius, cuyo nombre en esos años era la dicción polaca Wilno, se fundó, en 1925, el Yivo, el gran instituto de cultura hebrea. El exterminio nazi, las persecuciones soviéticas y un antisemitismo entonces bastante difundido entre la población destruyeron prácticamente la Jerusalén del Norte, no obstante la presencia de algunos notables poetas yiddish. Ahora, el Instituto opera y vive intensamente en Nueva York, donde conocí hace muchos años a Dina Abramowicz, una menuda e indómita anciana bibliotecaria, que por entonces me había ayudado mucho en algunas investigaciones. No sólo había logrado escapar del nazismo, sino que también había podido llevar consigo miles de volúmenes preciosos y salvar así una buena parte de la biblioteca judía.
Pocos lugares como la capital lituana concentran tantas historias y tal estratificación de culturas y nacionalidades. Los antiguos y desaparecidos pueblos bálticos, si bien son un sustrato de estas tierras, no dejaron mucho más que un nombre mítico: los curos, evocados por la actual Curlandia, entre Lituania y Letonia; los borusos o prusos, que sobreviven en los nombres de Prusia y prusiano; los jatvigos, destruidos por los polacos y por los Caballeros Teutónicos y que sobreviven en algún apellido, como el del abuelo materno de Milosz. En Lituania viven hoy los polacos (no muchos), los bielorrusos, cuya lengua era oficial en el Gran Ducado antes del polaco, y los rusos, casi divididos en dos categorías: los que residen hace tiempo en el país y los que llegaron con la Unión Soviética, todavía ligados -así me dicen- a la mentalidad y a las costumbres soviéticas.
Pero hay también exiguas minorías de antiguas tradiciones históricas, como los caraítas, llegados desde Crimea en el siglo XV, y que profesan un judaísmo limitado a la única acepción del Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia, próxima en algunos aspectos al islamismo. Son más o menos trescientos y casi todos viven en Trakai, la primera capital del reino de Lituania, con sus pequeñas casas de madera, cerca de un lago encantador y melancólico, dominado por un castillo de ladrillos rojos, reconstrucción de la primera residencia de Gedimino, el soberano fundador del reino. En realidad, más que la Kenessa, la sinagoga de Trakai, hoy cerrada, llaman la atención dos restaurantes de comida tártara. Una lápida recuerda al poeta y sacerdote Simunas Firkovicius (1897-1982), porque, cuanto más pequeño es un grupo, más necesita un poeta oficial, garante y cantor de su identidad. El judaísmo de esta comunidad debe de ser bastante impuro, si logró sobrevivir al nazismo.
2.
En las tierras de frontera, la cultura está particularmente ligada, en el bien y en el mal, a la política, sobre todo en los momentos de lucha por la independencia, en los que se superponen aspiraciones a la soberanía estatal y reivindicaciones de identidad nacional. Para parafrasear el título de la ponencia de Joanna Ugniewska en un congreso realizado en Seynj, en pocos lugares se siente y se comprende como en éste para qué sirve la literatura.
El padre fundador de la nueva Lituania libre, Vytautas Landsbergis, líder del Sajudis, el movimiento por la independencia, y primer presidente del país, cuya soberanía fue proclamada el 11 de marzo de 1990, se había hecho conocer como un estudioso, experto en Ciurlonis, el músico y ante todo pintor visionario, activo especialmente a principios del siglo XX, que expresó el imaginario lituano, trasfigurando el arcaico patrimonio de mitos y leyendas al enraizarlo en un oscuro origen natural. Entre Vilnius y Druskininkai, su aldea natal, el camino está salpicado por esculturas de madera creadas por varios artistas para el centenario de su nacimiento. Su forma y sus máscaras evocan los tótems de los indios de América, y recuerdan un misterioso paganismo típico de un país que fue el último en Europa en convertirse al cristianismo. Algunas de esas esculturas, en su mayoría de color rojo tierra, culminan en un crucifijo que se eleva por sobre el tótem, no para aplastarlo sino para seguir abrevando de sus linfas profundas, de ese tiempo ancestral que una auténtica religión universal como el cristianismo, captado en su justo significado, trasciende sin borrarlo; es más, lo hace existir en la continua transformación de la vida. El crucifijo es más alto que el tótem, pero en una altura fraternalmente consciente de la ligazón con ese origen primordial y terrestre, del que se nutre y del que necesita, y que lo vuelve más universalmente humano.
3.
Alabada hace pocos años por la Unión Europea a causa de su notable desarrollo económico, Lituania se encuentra hoy en grave dificultad, golpeada con virulencia por la crisis financiera internacional, y es sólo un débil consuelo que los otros países bálticos estén peor. Caminando por las calles de Vilnius, ordenadas, limpias, bien mantenidas, o por los alrededores, pulcros y serenos, no se percibe la crisis, que evidentemente aquí se afronta con dignidad civil. Hay interés por la literatura italiana y las editoriales, por ejemplo la pequeña y audaz Nummi Boni, publican, no obstante las penurias económicas, libros que saben que no están destinados a una vasta difusión, pero en los que creen.
En este repentino pasaje del boom al cuasi colapso, hay algo surreal y cómico, porque da la impresión de que todo está en juego, no en función de las cosas (escasez de petróleo y de papas), sino en función del papel. Cuando las finanzas triunfan sobre la producción y sobre la empresa, resultan una pantomima metafísica, y los ceros de los billetes y de los cheques se vuelven tan irreales como las burbujas de jabón, readquieren su naturaleza de ceros, no como número matemático, sino como símbolo de la nada.
Por suerte, ni en Lituania ni en ninguna parte nos encontramos en ese estado, a pesar de los lamentos de demasiados profetas de desventura, demasiado complacidos en anunciar desgracias y el fin del mundo o bien de nuestra manera de haberlo organizado. Pero el sentido grotesco y de la burla, enraizado en la tradición lituana, ayuda quizás a afrontar las vueltas surreales de la economía y, en particular, de las finanzas, a las que hoy se ha hecho necesario responder con las volteretas de un saltimbanqui. Un barrio de Vilnius, Uzupis, se ha proclamado cómicamente República Independiente, con elección de un presidente, un himno nacional, bandera, fiesta oficial (el Día del distraído), guardias con uniformes absurdos y una Constitución que garantiza el derecho al agua caliente y a ser felices, pero también infelices, condición que nuestra sociedad, en cambio, considera reprensible y culpógena.
Se trata de una transgresión que, a diferencia de otras tantas que nos afligen con su soberbia, no se toma en serio las cosas. Su numen tutelar ha sido Petras Repsys, profesor de la Academia de Bellas Artes, enamorado de la materia que se corrompe y de los muros que dejan entrever viejos grafitis. La moda, por cierto, es más alegre que cualquier pavada y, de hecho, transformó Uzupis en un barrio à la page , efecto no despreciable. Lo grotesco, por otro lado, forma parte de la literatura lituana: en su novela Fuga de las casas locas , Herkus Kuncius evoca el fantasioso funeral de Kastoné, la yegua del mariscal Pilsudski, el enérgico presidente polaco que derrotó a la Armada Roja; en Vilnius, ciudad donde había nacido y que ocupó militarmente en 1920, hizo sepultar a su yegua con todos los honores que se le deben a un personaje de Estado.
Los lituanos saben reírse. Cuando Gorbachov, durante las tensiones previas a la proclamación de la independencia lituana, promovida sobre todo por el movimiento Sajudis, ordenó que todos los cazadores, numerosos en el país, entregaran sus fusiles, recibió un agradecimiento caluroso de las liebres y de los zorros lituanos. Y hoy todavía, el "alma" de la Vilna judía recuerda a Shimelé Kaftan, un mendigo bufón que, por más de cincuenta años, con sus burlas, sus recitaciones improvisadas y su alegría, mitigaba el dolor de la gente del barrio judío haciéndola reír. El judaísmo destruido sobrevive en la humorada indestructible: "Yo río de Dios -decía un santo jasídico-, porque acepté Su mundo tal cual es".
Traducción: Alejandro Patat




