¿Puede hacer llorar una obra de arte?
James Elkins, del Art Institute de Chicago, opina que sí, pero que la gente se reprime y disfruta menos
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Cavallo lloró frente a los jubilados; Batlle frente a Duhalde; cientos de argentinos, frente a la TV después del partido con Inglaterra. Pero no importa cuán conmovedora sea, casi nadie llora frente a una obra de arte.
Y eso es un error. Al menos según la opinión de James Elkins, profesor de historia y crítica del arte, uno de los principales teóricos del famoso Art Institute de Chicago. De visita a la Argentina, invitado para dar un seminario en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, dialogó con LA NACION sobre la polémica investigación que llevó a su último libro: "Imágenes y lágrimas; una historia de la gente que ha llorado frente a pinturas".
"Perdí muchos amigos con su publicación y me dijeron que ahora jamás podría enseñar en Harvard. Pero sentí el deber de señalar el tabú que existe alrededor de ese tema", dijo.
-La persona común y corriente que va a un museo, ¿ganaría algo llorando frente a una obra?
-Sería muy beneficioso. El visitante promedio se intimida mucho en los museos, lugares que parecen sacrosantos. Lo impresionan las etiquetas, y es como si necesitara permiso para hacer lo que verdaderamente siente. Y hay cuadros que fueron hechos para que uno llore frente a ellos. Por ejemplo, Mark Rothko, que hace esos grandes paneles que son casi de un solo color, dijo en muchas entrevistas que él hacía sus obras para que la gente llorase al verlas. Posiblemente, nos estemos perdiendo de algo si no nos damos la rienda suelta para sentir.
-¿Qué artistas buscaban nuestras lágrimas?
-Rothko es el caso más claro del siglo XX, pero el tema abarca toda la historia. Por ejemplo, esa búsqueda es evidente en los pintores medievales tardíos y los románticos alemanes como Friedrich, que exigía que sus obras fuesen expuestas a la luz de las velas. Pero mi investigación no sólo fue histórica: puse avisos en los diarios pidiendo que la gente que hubiese llorado frente a una pintura se comunicase conmigo. Para mi sorpresa recibí cientos y cientos de cartas. Pero sólo tres o cuatro de especialistas en historia del arte. Entonces, yo les escribí a los 30 más famosos: los pocos que reconocieron haber llorado no me autorizaron a que lo divulgue.
-¿Y eso qué indica?
-Muestra lo que anda mal con la historia del arte hoy. Porque para los historiadores, si uno llora frente a un cuadro es un neurótico; las lágrimas son propias y no tienen nada que ver con las de las personas a quienes la obra estaba destinada, en otro momento y lugar. En cambio, yo planteo que si estamos viendo obras de un período en el que los artistas buscaban nuestras lágrimas y no reaccionamos, posiblemente nos estemos perdiendo de algo históricamente importante.
-¿Y por qué no lloramos frente a las obras de arte?
-Hay muchas teorías. Algunos dicen que es porque, a diferencia de la ópera, el cine o las novelas, una pintura no es narrativa, no se desarrolla en el tiempo. Eso es mentira; hay obras para las que necesitamos una vida para poder realmente "verlas". Yo creo que la razón es mucho más trivial: los museos son lugares iluminados donde la gente se está mirando, y no cuenta con la intimidad de la lectura en la casa ni la protección de la oscuridad del teatro para liberar las emociones.
-¿Por qué realizó su investigación específicamente sobre la gente que llora frente a una obra y no otro tipo de reacciones fuertes?
-Porque es muy fácil decir: "Oh sí, yo me emociono mucho con las pinturas", pero ¿cómo saber si es verdad? Por eso, yo estudio los signos corporales externos, que es un criterio un poco más confiable. Es cierto que el llanto no es la única reacción de este tipo. Hay gente que siente como un golpe en el estómago frente a determinadas obras de arte y otros que, incluso, se han desmayado.
-¿Usted lloró alguna vez frente a una pintura?
-Era muy chico. Fue frente a una obra de Bellini, "El éxtasis de San Francisco". Tenía 12 años y lo que veía era la representación de un paisaje perfecto, casi igual al de los bosques de Ithaca donde crecí. Luego, al llegar a la Universidad, comencé a leer sobre esta pintura y aprendí que era una pintura religiosa, del momento en que San Francisco recibe estigmas, y que había un mensaje bastante específico detrás. La historia del arte me abrió los ojos a la teología de la obra, y así arruinó mi experiencia con ella. Ahora jamás podría llorar frente a ella. La veo y no siento nada. Por eso, mi teoría sobre las lágrimas me lleva a dos metáforas sobre la historia del arte. Una, que es como un aljibe con agua envenenada: cuánto más tomamos de él peor estamos. Y, dos, que es como el cigarrillo: malo, pero adictivo.
Lágrimas
¿Lloraron alguna vez frente a una obra? LA NACION consultó a artistas y respondieron lo siguiente:
- No. Soy un duro. Pero estuve cerca de llorar con "Los cipreses", de Van Gogh (Rogelio Polesello).
- No sé. La emocionalidad no es un grado de valoración. Yo he llorado con películas malísimas (Luis Felipe Noé).
- Sí. Lloré cuando vi mi Partenón de Libros terminado (Marta Minujín).



