
Puentes flotantes
El que duerme despierto Por J. B. Pontalis Adriana Hidalgo Editora/Trad. Silvia Hopenhayn/122 páginas/$ 25
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Desde la publicación de sus primeras novelas ( Loin , 1980; El amor a los comienzos , 1986), Jean-Bertrand Pontalis (1924), profesor de filosofía en sus inicios, psicoanalista de notable trayectoria, tiende puentes entre la literatura y el psicoanálisis con obras escritas entre el ensayo y la ficción: puentes flotantes en cuya travesía, más que los puntos de amarre, se afirma el mundo intermedio -entre la vigilia y el sueño- de la ensoñación. Veintiún fragmentos componen este libro, publicado en francés en 2004, que se abre y se cierra con un cuadro de Piero della Francesca: El sueño de Constantino . El emperador romano duerme -un ángel le ha anunciado que saldrá vencedor de su inminente combate- y, a su lado, un joven centinela de aire melancólico se abandona a su propia ensoñación. Es el que "duerme despierto", el que vigila el sueño del emperador y, a la vez, se preserva a sí mismo de la amenaza de la pesadilla: no hay precipicio bajo sus pies, "no está ya del todo sobre la tierra pero jamás se hundirá en el abismo". A ese espacio intermedio, cercano al "entre" que instaló en el psicoanálisis Donald Winnicott (el "doctor niño", que "tenía el nombre de un personaje de dibujo animado", escribe) nos invita Pontalis, tendiendo puentes-fragmentos cuya orilla de llegada no está determinada de antemano ("como cuando trazamos un camino a través del campo sin saber adónde nos conducirán nuestros pasos") y cuya orilla de partida puede ser un recuerdo de infancia (de esos que conservamos pero "preferimos que surjan de improviso, prueba al menos de que ellos no nos olvidan"), un encuentro pasajero, una curiosidad literaria (como los Cuadernos de Paul Valéry), una reflexión, una fotografía o un cuadro.
Pontalis no se considera un visionario (Constantino) ni un vidente que "mira con los ojos bien abiertos". Su humildad -tal vez ganada en años de confrontación con el inconsciente- y su gracia serena, así como las ilustraciones en blanco y negro que, a media luz, guían la travesía de sus puentes, harán de este libro una buena compañía.
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