Rachmaninov y su originalidad “5+”
Se dirigió al piano, saludó al tribunal y con gesto titubeante se sentó al borde de la banqueta. Comenzó a tocar. Era la música propia del joven Serguei, todavía un estudiante de composición en el Conservatorio de Moscú en su examen final. El inicio como siempre resultaba tedioso. Sudor, temblores y las manos frías hasta que la música se apoderaba del momento. Pero tocaba con el corazón y la sola idea de revivir en la melodía las llanuras verdes y los bosques de su infancia, lo abstraía de las miradas severas. Uno de los profesores se levantó apenas la ejecución se dio por terminada. Tomó la papeleta y escribió el número 5 (la nota más alta posible) y un signo + (más). Algo que nunca había sucedido en la historia de la institución rusa. “¡Esto no fue un examen, señores! —sentenció el profesor, de pie, argumentando con autoridad ante el resto del tribunal que no existía número que hiciera justicia a la originalidad de ese joven cuya interpretación tanto lo había impresionado—. ¡Esto fue un concierto!”. El jurado era Tchaikovsky. Y el prodigio, Serguei Rachmaninov.
Con ese triunfo comenzó su carrera. Al día siguiente, en las escuelas y los teatros de Moscú, ambos nombres comenzaron a pronunciarse unidos: el de Tchaikovsky reverenciado como un prócer nacional junto al del joven músico, treinta años menor, señalado como el sucesor, el continuador de un tipo de música basada en la tradición de Occidente. De hecho la pieza que compuso para su graduación —la ópera Aleko, en un acto, sobre un poema de Pushkin— fue estrenada al año siguiente en el Teatro Bolshoi compartiendo cartelera con la Iolanta de Tchaikovsky. O sea que el veredicto de ese “cinco plus” no sólo significó un impulso para el compositor en ciernes. Fue una asociación de por vida con una gran leyenda cuya referencia, cada vez que se menciona, sigue resonando como un eco en su arte.
Excepto por los sacrificios económicos y anímicos de la madre (abandonada por su marido, Vassili Rachmaninov, un aristócrata de gran prosapia y antecesores músicos que desapareció sin explicación después de haber dilapidado la dote y la fortuna heredada por ella), en la vida de Serguei el hábito era el éxito, la buena crítica, el reconocimiento, el aplauso. Hasta que un día llegó el primer gran fracaso y la decepción casi se cobra su talento. Fue a los 24 años con el estreno de su Sinfonía N° 1, en San Petersburgo, en 1897. Una experiencia demoledora que le costó la salud espiritual, lo sumió en una depresión profunda y en un período alejado de la música y el escenario. El efecto más visible de esa crisis existencial fue el cese de su labor creadora. Incluso decidió abandonar la composición.
Solo con la ayuda de familiares, de su amigo el escritor León Tolstoi y de la prima del músico, Natalia Satin (quien luego fue su esposa), Rachmaninov inició con un famoso psiquiatra, el Dr. Nikolai Dahl, una terapia de hipnosis cuyo tratamiento lo rescató del abismo. Recuperó la fe de la mano del piano con una obra triunfal e irresistible: el Concierto Nº 2 (dedicado a Dahl), que no solo curó su incertidumbre sino que selló su regreso con una de las obras más románticas y populares de todos los tiempos. Entre los laureles recogidos, una carta de invitación cambió el rumbo de su vida para siempre: Nueva York y su esperado debut en el Nuevo Mundo.
Así nació el Concierto para piano Nº 3, de la ambiciosa idea de dotar de brillo e impacto a esa gira norteamericana con un estreno monumental (con el concierto “más perfecto y difícil que jamás se haya escrito”, según Bruno Gelber, uno de sus intérpretes legendarios). Y de su música, esa música emocional que había nacido del corazón y de la conciencia de no admitir otro fracaso, porque además Tchaikovsky lo había bendecido como a un genio, finalmente lo consagraba entre los grandes del siglo. El sábado 29 y el domingo 30, Aristo Sham y la Filarmónica de Buenos Aires interpretarán el 3º de Rachmaninov en el Teatro Colón.



