
Racionalidad y fantasía
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La vocación filosófica
Por Horacio Corti
Adriana Hidalgo/160 páginas/$ 32
Un lugar común asocia la belleza natural de un paisaje -por caso, la vista de un lago azul cristalino recortado por un fondo de montaña- con el término poético. Común y falso, lo poético rehuye las postales de destino turístico del mismo modo que los cuentos de La vocación filosófica se desentienden del prestigio social que rodea a la filosofía, como si su autor, Horacio Corti, dijera: "nada de profesionales del pensamiento". En cualquier caso, lo filosófico de estos relatos está dado por la indagación que realiza, desde los márgenes de la ficción y la filosofía, acerca de dos cuestiones que están en el centro de ambas: el acecho de lo real, y el lenguaje.
En el primer relato, "La infancia de Agustín", están presentes los elementos que van a circular por el resto del libro. La escena de violencia, la crueldad ejercida por un médico sobre su pequeño paciente, es desmentida una vez que concluye. La violación narrada es un acontecimiento que no ha tenido lugar, y sin embargo va a tener consecuencias un par de cuentos después. La máquina de alucinaciones que fabricó la escena en la mente de los padres del niño es el motor de la venganza de la que serán víctimas (reales) los familiares del médico. Racionalidad cartesiana y fantasía confluyen y crean la paradoja que sostiene un desplazamiento del sentido: aquello que creíamos cierto en una página, deja de serlo en la siguiente. "La realidad es tenue y parece invisible", escribe Corti. La ausencia de certezas comprende tanto a quien escribe como a quien lee, el estatuto mismo de la literatura se pone en entredicho constantemente.
Una chica de provincia empleada en un supermercado chino desata, sin pasión, una matanza; los operarios de la red de semáforos de la ciudad se abocan durante años al estudio de las obras de Kant; el portero y el vigilador de una galería de mala muerte recrean el Edipo de Sófocles; un abogado y una prostituta unen sus destinos en una Navidad violenta. Es en la violencia, precisamente, donde Corti concentra el mecanismo del pensar. Situaciones y personajes anómalos traducen los desvaríos de una mente, la del narrador, cuyo modelo parece construirse, por momentos, según la figura del idiota, alguien ajeno, ignorante, un "hombre no adscrito a una profesión".
Estos relatos se inscriben, con sus particularidades, en una tradición de nuestra literatura que va de Lamborghini (Leónidas y Osvaldo) a César Aira, de J. R. Wilcock a Héctor Libertella. Corti se inclina por las formas bajas, menores; sus argumentos importan menos por lo originales que por la complejidad de relaciones que logran establecer. El camino de ida vuelta que traza entre la filosofía y la literatura está sembrado de ironía, paradojas, de epifanías con las que reflexiona sobre las condiciones de las que surge el pensamiento, sobre la omnipresencia de lo político, sobre las pasiones del alma. Por lo demás, al lector solo se le pide una cosa: "Pretendo, de alguna forma, que pierdan parte de su tiempo conmigo, como quien dice ´contigo en la distancia ".
