
Raúl Soldi, diez años después
Por la intimidad de su mensaje y la dulce armonía de sus figuras femeninas, en su pintura de caballete podemos apreciarlo con satisfacción y alegría. Muestras de Agosta, Grinbaum y Ana Piazzardi
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Es un raro privilegio el que tenemos los porteños de poder visitar una muestra de la jerarquía de la organizada como homenaje al maestro Raúl Soldi (1905-1994), en conmemoración de los diez años de su muerte. Obras de este calibre suelen verse reunidas en el ámbito de un museo pero muy raramente en una galería particular.
Soldi nos ha dejado pinturas murales, como las de la capilla de Glew, las de la cúpula del teatro Colón y las de la Galería Santa Fe. Con esos logros testimonió su genio, por la intimidad de su mensaje y la dulce armonía de sus figuras femeninas. En su pintura de caballete podemos apreciarlo con la misma satisfacción y alegría.
En pequeños dibujos, en técnicas mixtas, en paisajes o en las más ambiciosas composiciones, Soldi pintó para deslumbrarnos con la magnitud de su talento. Basta una Mujer con sombrero, una Niña con flores, una Pensativa para que nos sintamos atrapados por el encanto de sus mágicos pinceles.
Soldi, como Matisse, quería que sus obras resultasen un descanso para el contemplador, una suerte de oasis en el desierto del trajín cotidiano. El tenía plena conciencia de su opción por la dulzura, algo apartado de expresionismos y gestualismos que abundan en una época alborotada como la nuestra.
Basta detenerse frente a una de estas obras maestras para sentirse transportado al mundo del ensueño, ese mundo al que aludió Shakespeare en su Tempestad: "Y nuestra breve vida rodeada por un ensueño".
(En Colección Alvear, Av. Alvear 1658, hasta el 26 de junio.)
Memoria de hierro
El de Julián Agosta es arte mayor, menos por la generosidad de sus dimensiones cuanto por la claridad, nobleza y gravedad de sus trabajos escultóricos.
Creador dentro de su espacio y de su tiempo, el arte de Agosta nos habla de un Pevsner bien asimilado y de su adscripción al americanismo de un Torres García y de un Lam; lo que sin duda lo llevó en su momento a integrar el grupo Ojo del Río, junto a Adolfo Nigro, Dorado y Delmonte, a quien rinde homenaje en uno de sus hierros batidos, soldados y patinados.
Llama la atención la foto del catálogo que muestra al artista sin máscara, soldando en medio de las chispas. Lo que ocurre, nos explica Agosta, es que lleva el hierro en las venas, ya que tuvo un abuelo herrero y un padre forjador de piezas de hierro. Pese a que estudió dibujo y pintura con Castagnino, la vocación tridimensional no adosada al muro pudo más y aunque nunca abandonó el dibujo, se alejó del arte de los pinceles.
Contemplar una obra de Agosta es rescatar la majestad del arte precolombino; es pensar en Machu Picchu y en la cordillera de los Andes, espina dorsal de nuestra Sudamérica.
Es esa espina dorsal la que está recorrida por la sensibilidad indoamericana. Estamos en presencia de un clasicismo arquitectónico, donde la austeridad se impone a cualquier barroquismo.
Agosta peregrina a las fuentes y con la sencillez y el despojo del auténtico peregrino, nos lleva, esta vez con el ojo, a lo más hondo de nuestra propia realidad.
(En Galería Palatina, Arroyo 821, hasta el 14 de junio.)
Sugerencias edilicias
Con el título de Urbanocrisis, Mario Grinbaum nos presenta sus acrílicos sobre tela, de dimensiones que suelen exceder el metro de cada lado.
He seguido a lo largo de sus presentaciones la labor de este artista que se destaca no sólo por la originalidad sino también por la calidad de sus trabajos, que no son fáciles de descubrir. Se trata de verdaderas sábanas de interminables sugerencias edilicias o de torres acostadas que producen una sensación de vértigo en tanto adivinemos que detrás de esa impersonalidad geométrica se esconde la dimensión de lo humano, un contraste que sin duda preocupa a Grinbaum. Los colores grisáceos o rosados acompañan a este clima pesadillesco.
Todas estas preocupaciones de nivel filosófico serían de menos interés si no estuviesen acompañadas por el talento pictórico de Mario. Sus rectas, sus curvas ondulantes, sus perspectivas múltiples, todo ello está orquestado con la sabiduría de quien conoce el manejo de esa batuta que se llama pincel.
Visitar pues una muestra de Mario Grinbaum es nutrirse con alimento espiritual de buena ley.
(En Galería Rubbers, Espacio Alvear, Av. Alvear 1595, hasta el 15 de junio.)
Paleta feliz
Dice bien J. M. Taverna Irigoyen en el prólogo del catálogo de la última muestra de Ana Piazzardi: "El puntillismo de otrora, el toque repetido y frenético de los pigmentos, sin desaparecer, ha cedido paso a una impronta cromática densa y fluyente". Es como si sus admirados Signac y Seurat hubiesen saludado cortésmente al maestro Grela, de cuyas enseñanzas supo Piazzardi adaptar lo que mejor se avenía a su propia personalidad. Y es así como esta pintura deviene más y más nuestra, más y más honda en la indagación del propio espacio.
Camalotes (o nenúfares), los campos con sus flores, rotundos en la afirmación de su identidad bajo el horizonte que marca cielos de azules violáceos, todo deviene poesía, una poesía en que la amabilidad nada quita a la fuerza.
(Galería Arroyo, Arroyo 834, hasta el 22 de junio.)


