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Valiente, inteligente e ingeniosa. Capaz de despertar pasiones descontroladas. Así fue Helena de Troya, un personaje de la mitología griega sobre el que no se suele hablar demasiado, pero al que se ha etiquetado con ligereza: la mujer fatal. En 2015, la gran actriz española Carmen Machi hizo en el Maipo cinco funciones de Juicio a una zorra, obra teatral del multipremiado dramaturgo y director español Miguel del Arco inspirada en la vida de Helena. Cuatro años más tarde, Paula Ransenberg, otra gran actriz, pero nacida aquí en Argentina, protagoniza una versión que dirige Corina Fiorillo. Y realmente se luce. A lo largo de una hora intensa, asume un verdadero tour de force en el que divierte, conmueve y emociona. Termina cada función exhausta, y el público que viene colmando hace meses una sala de tamaño inusual para el circuito independiente inevitablemente la ovaciona.
Ransenberg no vio la versión original de la obra, pero sí había recibido comentarios muy entusiastas de María García de Oteyza, asistente de dirección de Fiorillo que tuvo la oportunidad de verla en Madrid. "Creo que fue mejor saber poco de la otra versión", reflexiona. "Siempre es bueno darse el espacio para escuchar tu propia voz, más que pegarte a lo que hizo otro. Y por suerte la obra se disparó hacia un lugar nuevo, según me comentan quienes vieron la que protagonizó Carmen Machi".
Uno de los desafíos del unipersonal es dominar la presión que supone una exposición tan alta, sin el apoyo de otros. La mirada del público está siempre ahí, fija, penetrante, cargada deseos y expectativas. Pero Ransenberg tiene herramientas como para resolver esa exigencia. Va por su tercera experiencia de este tipo (las anteriores, en las que actuó y dirigió, fueron Solo lo frágil y Para mí sos hermosa) y sabe cómo usar a su favor un ida y vuelta que en Juicio a una zorra se produce invariablemente. "Ese juego efectivamente se da todo el tiempo y me fascina. Nunca me siento sola", asegura.

Trabajando con mucha astucia un texto que reinventa un relato de carácter épico, la actriz consigue, con una interpretación que funciona con la misma fluidez tanto en los tramos donde despliega un erotismo desbordante como en los que se mueve maltrecha por el peso de la decadencia, cumplir con uno de los mandatos del buen teatro: poner el zoom sobre un asunto o una circunstancia específica para que podamos leerla de una manera novedosa, reveladora: "La historia de Helena de Troya fue contada demasiadas veces de la misma forma", sostiene. "La tenemos metida en el disco rígido de una manera, pero acá contamos otra cosa, cambiamos el eje de la mirada. Abrimos la posibilidad de verla desde un lugar diferente, de sentir más empatía con ella".
Cuando leyó por primera vez el texto, Ransenberg se imaginaba otra Helena, una que no tenía tanto que ver con la ahora aparece en la obra, posible heredera de aquellas performance zarpadas y delirantes con las que Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese hicieron brillar al under porteño a finales de los años 80.
"Me quedaba muy lejos el imaginario de la guerra de Troya, con el famoso caballo y toda esa historia. Entonces empecé a hacerme preguntas. Helena era un ícono de belleza. ¿Qué otras mujeres lo fueron? Y ahí me aparecieron Marilyn Monroe, la Coca Sarli, las vedettes como Moria Casán... Hay un documental muy hermoso que me ayudó mucho en este trabajo. Se llama Bellas de noche, es de una directora mexicana, María José Cuevas, y está en Netflix. Es una investigación sobre el derrotero de las vedettes que fueron famosas en su país en los 80. Y que hoy están como pueden, digamos. Son vidas signadas por el drama y por el hecho de haber sido quienes eran. Si Helena está condenada a vivir eternamente, como cuenta la mitología, tiene que hacerse cargo de que el tiempo pasa, aun para un ícono de la belleza. Y ella lo enfrenta con humor, con fortaleza, con ese dolor que muchas veces aparece atravesado por la furia y el descaro".
Juicio a una zorra, de Miguel del Arco. Unipersonal de Paula Ransenberg dirigido por Corina Fiorillo. Viernes en Timbre 4, México 3554. A las 20.30. Entrada: $380.
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