Recuerdos, objetos y funciones
En el Recoleta, trabajos sobre la memoria de Carlos Gallardo y un diálogo con acento español acerca de los postulados de Duchamp.
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CIERTOS objetos, con su sola presencia, pueden insinuar ideas y, en algunos casos, permitir que se vislumbren sentimientos o destinos con los que la imaginación puede asociarlos. Un revólver, por ejemplo, puede transmitir la noción de muerte; una máquina de escribir, la de un mensaje. La vista de los objetos suele producir efectos que, por lo general, se vinculan con su función. Late la posibilidad de que cumplan su finalidad aun a distancia. Nadie ignora que una nota escrita en determinado lugar puede provocar tristeza o alegría en cualquier otro lado. Las cartas, aun sin conocer su contenido, estimulan la imaginación.
Lo sabe muy bien Carlos Gallardo (Buenos Aires, 1944), que carga el acento sobre la combinación de elementos que exaltan la función poética del lenguaje. Por lo demás, tiende a actualizar públicamente circunstancias de orden personal, de las que provienen los elementos de sus obras. Eso determina, en cierto grado, el origen y la finalidad que los une plásticamente.
Hay un antes y un después que supone el paso de un tiempo intermedio, más que una simultaneidad efectiva. Y eso es lo que explora plásticamente, tanto cuando realiza una gran instalación como Memoría (obsérvese la ubicación del acento), de 1994, donde apunta numerosos nombres vinculados con lo social y lo político sobre dos muros que se reflejan en el agua, como cuando compone sus trabajos con cosas que señalan sus obsesiones: máquinas de escribir, cartas, sobres, estampillas, buzones recogidos en su andar por el mundo. Con esos elementos realiza sus obras, que, por un lado, evocan parcialmente tiempos, lugares o situaciones pasadas, y, por otro, se alternan o juntan de una manera nueva. Eso configura su poder evocador fuera del contexto original, que es irrecuperable en principio, ya que la situación no es la misma. Pero también porque el paso del tiempo marcó los elementos en juego. La idea es protegerlos de ese deterioro, que a veces impide la lectura. Y, a propósito, una frase de Gallardo rescatada en Chile por Ramón Castillo da idea del tratamiento al que aquél somete el material epistolar: "Las cartas están cubiertas siempre con gelatina acrílica, se le da un acabado como si fuera cera. Pero me parecía una contradicción trabajar con cera, puesto que me parece tan frágil y la idea es preservar los documentos..."
El mismo texto nos informa que sucesivas exposiciones fueron mermando el número de cartas y que, como éstas están comenzando a escasear, los silencios son cada vez mayores. Por lo tanto, hay que suponer que la recuperación de lo perdido es cada vez más difícil o, en todo caso, les exige más a la memoria y a la imaginación.
En Kronos -una docena de trabajos en cuya base se detallan los meses del año, como en los almanaques- se infiere que los días señalados nostálgicamente por la composición son los que corresponden a los elementos usados: sobres, papeles, pedazos de máquinas de escribir...
Calendarios, relojes, fechas, todo tiende a señalar el paso del tiempo y la imposibilidad de recuperar la totalidad de sus instancias. Al revés de Funes, el célebre memorioso de Borges que para recordar un día, que podía recomponer instante por instante, necesitaba un día, Gallardo recupera con la imaginación las fallas de la memoria que interrumpen los objetos.
El objeto del arte
La obra abierta (definición de Umberto Eco inspirada en James Joyce y sus continuadores, que implica la participación del espectador) se basa en una trama estructural multívoca cuyo "argumento" no excluye la posibilidad de otros "argumentos", porque permite combinaciones e intercalaciones que provienen de las preferencias del "lector". En Rayuela , Cortázar propuso un par de lecturas posibles, según un orden dispuesto por él, y sugirió otras que podían ordenar los lectores. Algo análogo planteó en 62: modelo para armar. Ahora bien, la concomitancia que suele haber entre los idiomas verbales y los idiomas visuales nos permitió dar esta referencia libresca, en función de El objeto del arte . Sobre una idea propia, inspirada por Marcel Duchamp, Fernando Bellver organizó con ese título la presentación de obras sobre papel realizadas por sesenta y nueve artistas españoles. Tres años le llevó prepararla.
Veamos en qué consiste esa presentación, que patrocina la Agencia Española de Cooperación Internacional en el Centro Cultural Recoleta. Cada participante realizó su labor inspirado en una letra de la intrincada frase: "Si el objeto del arte es el objeto de arte, entonces el arte no existe fuera del arte". Más allá de la exposición en sí, el resultado se visualiza en una caja-catálogo diseñada por uno de los participantes, Jordi Teixidor, que contiene reproducciones de cada una de las piezas que integran El objeto del arte .
El catálogo, sobre cuyo sentido escribió un trabajo aclaratorio Javier Maderuelo, forma parte de ese objeto, que da la posibilidad de nuevas combinaciones, de cambiar la frase y, al expresar nuevas ideas, de realizar algo distinto. "La frase no es la obra -indica Maderuelo-, ni lo son cada uno de los sesenta y nueve cuadros-objeto en su individualidad. La obra, como señaló en varias entrevistas Marcel Duchamp, está en la idea. En este sentido, el único autor de El objeto del arte es Fernando Bellver; eso sí, con la ayuda de Marcel Duchamp y de los otros." A renglón seguido, aclara que el "objeto del arte" no es una muestra compuesta por obras de diferentes artistas que tomaron por tema el abecedario, sino un auténtico ready made en el que intervino el azar para oponerse al "determinismo clasicista", aunque estuviese decidida la elección de los artistas y de las letras. Lo curioso es que, después de una disquisición tan esclarecedora como lúcida, Maderuelo llegue a la conclusión de que "el arte existe dentro y fuera del arte".
Más allá de la posibilidad combinatoria a la que nos referimos, vale la pena señalar el prestigio de muchos de los artistas, entre los que se cuentan Martín Chirino, Luis Gordillo, Juan Genovés, Manolo Valdés, Josep Guinovart, Rafael Canogar, Eduardo Chillida, Jaume Plensa, Teixidor, José María Sicilia, Eduardo Arroyo o Gerardo Rueda, muchos de los cuales el público porteño tuvo la posibilidad de conocer a través de sus obras.
( Ambas exposiciones se pueden visitar hasta el 9 de abril en el Centro Cultural Recoleta. Junín 1930. )
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