
Restableció el Papa el rito de la misa en latín
Busca reconciliarse con los sectores tradicionales de la Iglesia
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ROMA.- Para reconciliarse con los sectores tradicionalistas de la Iglesia Católica que nunca digirieron la reforma litúrgica de 1970, fruto del Concilio Vaticano II -que significó la gran revolución de las misas habladas en los idiomas nacionales, con el sacerdote enfrentado a la asamblea-, Benedicto XVI publicó ayer el controvertido documento que rehabilita el uso de la antigua misa en latín y de ese rito tridentino para todos los demás sacramentos, incluso el matrimonio.
Según el "motu proprio Summorum Pontificum", de hecho, a partir del 14 de septiembre próximo, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, será posible celebrar libremente, sin la dispensa especial de un obispo, como sucedía hasta ahora, la misa según el viejo rito, creado por San Pío V después del Concilio de Trento (1542-1563), y actualizado por Juan XXIII, en 1962.
En los 12 artículos del documento "por decisión propia" del papa alemán -un refinado teólogo conocido por su pasión por los cantos gregorianos, su apego a las tradiciones y su disgusto por los abusos litúrgicos, como las misas show-, también se permite la celebración del antiguo rito en latín en matrimonios, bautismos, ordenaciones, exequias o celebraciones ocasionales, como por ejemplo las peregrinaciones.
Según el decreto papal, si un grupo estable de fieles desea la vieja misa en latín -esa con el sacerdote enfrentado al altar, y de espaldas a la asamblea-, "el párroco acogerá de buen grado su petición". Si este grupo "no ha obtenido satisfacción a sus peticiones por pare del párroco", deberá informar al obispo, que, según el documento -por supuesto escrito en latín-, es invitado "vivamente" a satisfacer su deseo.
Si un sacerdote quiere celebrar la misa en latín en privado, tampoco necesita ningún permiso especial; y lo mismo ocurre con comunidades religiosas que quieran hacerlo en sus conventos u oratorios. Si, en cambio, una comunidad quiere celebrar el antiguo rito en forma frecuente o, incluso, permanente, son los superiores quienes deben decidir.
Consciente de que este gran cambio, esperado desde hace meses, suscitó gran controversia y mucha resistencia de parte de conferencias episcopales importantes, como la francesa y la alemana, el Pontífice, de 80 años, acompañó su decreto con una carta dirigida a todos los obispos del mundo.
En esta misiva, de unas dos páginas, justificó su decisión de rehabilitar la misa en latín, y negó categóricamente que esto pudiera significar un retroceso o un golpe al Concilio Vaticano II, como muchos temen.
Tras admitir que "se han dado reacciones muy divergentes, que van desde la aceptación con alegría hasta una oposición dura", en su carta, el Papa asegura que "es infundado" el miedo "de que se menoscabe la autoridad del Concilio Vaticano II y de que una de sus decisiones esenciales -la reforma litúrgica- se ponga en duda".
Animo de reconciliación
Recuerda que, tal como indica el artículo 1° del "motu proprio", el misal actual, publicado por Pablo VI en 1970 y reeditado después en dos ediciones sucesivas por Juan Pablo II, "obviamente es y permanece" la Forma normal -la forma ordinaria- de la liturgia eucarística, mientras que el rito de la misa tridentina podrá ser utilizado como Forma extraordinaria de la celebración litúrgica.
Y subraya que "no es apropiado hablar de estas dos redacciones del Misal Romano como si fueran "dos ritos", sino más bien, "de un doble uso de éste y único rito".
Destaca que su intención "es una reconciliación interna en el seno de la Iglesia", y les tiende una mano a los sectores tradicionalistas, que nunca aceptaron la reforma de 1970, y a los ultraortodoxos seguidores del fallecido obispo francés, Marcel Lefebvre, que rompió con Roma hace 19 años.
Ratzinger se muestra comprensivo con los sectores enojados con las "deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable" que trajo la reforma del Concilio Vaticano II. "Hablo por experiencia -indica-, porque viví también yo aquel período con todas sus expectativas y confusiones."
En su epístola, Benedicto XVI considera asimismo "infundado" el temor a que la liberalización del rito tridentino "pueda llevar a desórdenes o divisiones en las comunidades parroquiales", porque el uso del misal antiguo "presupone un cierto nivel de formación litúrgica y un acceso a la lengua latina que no son muy frecuentes".
El Papa invita a los obispos a escribir un informe sobre sus experiencias tres años después de la entrada en vigor de la decisión: "Si vinieran dificultades serias -dice-, se buscarían vías para encontrar el remedio".
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