Reverenciar la tradición
COMO ESPEJO DE ENIGMAS Por Héctor E. Ciochini-(Linteo)-196 páginas
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Como una hiedra autónoma, que crece indiferente a los bullicios del campo intelectual y a las pequeñas rencillas del ámbito literario, la poesía de Héctor E. Ciocchini brilla por su ausencia en las menciones de los poetas oficiales y de las nuevas promociones. Oculta, silenciada, afirma su voz singular y perfecta, justamente en su ausencia de los círculos poéticos más transitados. Estos poemas, en que cada verso, cada palabra y cada letra parecen haber sido sopesados en la balanza de la sabiduría (que no es, necesariamente, la del equilibrio), se saturan de un universo coherente en su propia lógica, donde cada texto remite al círculo de una imaginería grávida de voces milenarias y de símbolos antiguos. Acaso la omisión de esta poesía entre nosotros se debe a que requiere de un esfuerzo inusual: el de la atención lírica.
La poesía de Ciocchini provee los materiales para su interpretación, que surge casi como la prolongación de un discurso lírico cuya perfección no reside en la expresión de una dimensión supraterrenal o suprasensible, sino en una categoría constructiva, pues los poemas parecen alimentarse de su propio lenguaje y de sus propios emblemas. Un contexto literario los ha hecho posibles: el clima poético de los años 40, del que otro libro del autor, Los Dioses, La Noche, Elegías (1949), es deudor ("Como el humo que asciende/ a los amargos pies de las estatuas,/ alienta en mí la Noche, vasto río/ tras el callado cuerpo;/ [É]/ y ardes, desnuda, altísima,/ hasta quemar la voz de mi garganta."
Adscripta a un canon, la tradición literaria de Occidente, con una consistencia que se afirma en las numerosas voces que la acompañan (las de Virgilio, Safo, Shelley, Keats, Rimbaud y Valéry, entre otros), esta poesía comparte, a pesar de su apelación clásica, las variables fundamentales de la lírica que imperó en el siglo XX: el verso libre y la ausencia de rima.
Quizás puede provocar cansancio alguna alusión mitológica, o irritar el cuidado con que se entrelaza cada verso o la atención preciosista al adjetivo, pero justamente la poética de Ciocchini es la de una gozosa detención en los restos de la alta cultura. Tejidos con la materia verbal de la literatura, sus imágenes y sus símbolos se organizan como un mosaico elaborado a partir de voces olvidadas, una particular combinatoria donde la elección de algunas palabras que cierta crítica consideró "de abolengo" propicia una suerte de extrañeza que promueve una nueva comunicabilidad.
Reconocer en el saber letrado, en la herencia literaria y en la mitología clásica un conjunto de materiales con los cuales escribir implica resignificar el lugar de aquéllos y devolverles una posición efectiva en la cultura contemporánea. Frente a las preguntas fundamentales que se formula cualquier individuo, frente a las inquietudes del mundo contemporáneo o frente al dolor íntimo por la desaparición de su hija, Ciocchini ha elegido las respuestas que la literatura, la historia y el arte le han dejado, como si desconfiara de las que entrega el tráfago cotidiano, en el que sólo hallara indicios de sordidez y de un saber trivial ("Allí, en pura edad, vela el destino/ y retornan cantando algunas madres/ en brazos de los héroes").
Esta antología, seleccionada por el poeta, cubre cincuenta años de su actividad (1949-1999). Para todo autor, organizar una antología luego de tan dilatada labor supone un balance y un asentimiento respecto de los textos que considera todavía valiosos. En este sentido, supone también una suerte de teoría de la lectura, en tanto se afirma con la publicación la voluntad de someterse al juicio de nuevos lectores en un nuevo contexto histórico. Si hacer una antología es convocar el pasado, al hacerlo la consistencia de éste se redimensiona, pues se desentierra una parte de los antiguos poemas, tomando posición respecto de otros que quizás hoy se consideran débiles, o ruines, o no tan representativos. La tarea se parece, entonces, a la selección que realiza la propia cultura, que elige determinadas piezas y reliquias a expensas de otras, y significa además reconocer la palpitación del pasado para extraer, entre otras cosas, su valor productivo y funcional.
Como un fino lazo que une el pasado con el presente y que esboza algún tipo de porvenir, el tiempo resulta el núcleo íntimo y persistente de la poesía. Cada poeta elige de qué modo nombrarlo. En el caso de Ciocchini, su forma de designarlo es una sostenida reverencia a la tradición.



