
Revolución espacial: Gae Aulenti, arquitecta
Aulenti proyectó los show-rooms de Olivetti en París y en Buenos Aires. El local porteño fue uno de los experimentos capitales de lo que se llamó el "total design". Agnelli le encargó el reciclaje del Palazzo Grassi, en Venecia
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Si se elaborara una lista de los diez arquitectos más importantes de las tres últimas décadas, el nombre de Gae Aulenti aparecería en ella. Y, con seguridad, sería la única mujer que integraría ese círculo de elegidos. Proyectos tan importantes como el Museo d´Orsay (París), el Museo de Arte Catalana (Barcelona) y el Palazzo Grassi de Venecia, encargado por la Fiat, la convirtieron en una especie de abanderada de los artistas e intelectuales italianos.
La familia de Gae, oriunda de Calabria, pertenecía a la burguesía profesional. Ella nació en Latisana, entre Friuli y Veneto. El hogar que contó para ella en la niñez fue el de su abuelo, en Laino Castello, donde pasaba largos veranos. Era una gran casa oscura. Había una capilla donde, según Gae, se respiraba la muerte.
Los Aulenti habían supuesto que Gae sería una joven cuya meta principal sería el casamiento. La muchacha cursó estudios clásicos en Florencia y en Turín. Además tocaba el piano y rendía exámenes en el Conservatorio. A los 18 años se rebeló. Cerró el piano y se inscribió en la Facultad de Arquitectura del Politécnico de Milán. Le interesaban las ciudades y quería intervenir en la realidad, modificarla. Y nada le parecía más adecuado para eso que la arquitectura.
El grupo milanés de estudiantes de arquitectura que pasó a integrar en la posguerra era muy inquieto.
Aulenti se graduó en 1954. Logró formar parte de Casabella, la revista de arquitectura y decoración más importante y revolucionaria de ese período.
Los éxitos comenzaron en 1964 con el Gran Premio Internacional por el Pabellón Italiano en la XIII Trienal de Milán donde montó una estupenda "escenografía" basada sobre la Carrera al mar de Picasso. La imagen aparecía reproducida en las paredes de espejos dispuestas sobre los lados del espacio expositivo y en el techo donde giraba un cilindro que contribuía a envolver a la concurrencia en un mundo irreal.
Los encargos importantes se sucedieron en los tardíos 60 y en los 70. En esta década, Aulenti hizo los show-rooms de Olivetti en París y en Buenos Aires, que infringieron la normativa en ese campo. El show room porteño fue uno de los experimentos capitales de lo que se llamó el total design. La repercusión de esa nueva manera de presentar los productos hizo que la Fiat le hiciera numerosos encargos. Cuando Agnelli compró el Palazzo Grassi de Venecia para convertirlo en una de las salas de exposiciones de arte más importantes de Europa, la tarea de restaurarlo y adecuarlo a sus nuevas funciones recayó en Aulenti.
Ella cooperó además en el montaje de la insuperable muestra inicial sobre el futurismo (1986). Pero sin duda el proyecto que hizo célebre a Aulenti en todo el mundo fue el Museo d´Orsay. Cuando alguien le dijo que hay en él mucho de una Babilonia recreada por Cecil B. de Mille, ella respondió: "La teatralidad está en el edificio original. Ese museo me permitió poner en práctica mis ideas, que son muy eclécticas".
Gae Aulenti también diseñó escenografías para óperas de distintos compositores y épocas, desde Rossini hasta Stockhausen. El éxito en el cambio de función que Aulenti introdujo en edificios como la estación d´Orsay la convirtió en un especialista en el tema. Con rescpeto a este asunto, ella declaró: "Un edificio siempre está en evolución. Por eso no se los debe destruir, sino transformar".
Las reacciones apasionadas que despiertan las obras de Aulenti quizá provengan de su actitud poco convencional tanto en su obra como en su vida.
En un país donde todavía mucha gente tiene un salotto, que usa tan sólo para mostrárselo a los amigos, a los que después se lleva a la cocina para conversar, Aulenti habla con desdén de "esos hogares burgueses cuyos habitantes tratan de buscar el centro de un cuarto para colgar de allí una lámpara."
La casa es para ella el eje de la intimidad, pero no de la calma. Cree, por el contrario, que la casa es algo muy inquietante, nada pacífico. Es el espacio de la introspección. Depara seguridad, pero también la inquietud del autoexamen. Dice: "En ese ámbito uno hace el balance de su propia vida. Y ese balance se rehace continuamente, nunca está acabado. Esa es la arquitectura de la existencia".


