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Rockefeller: "Perón les hizo muchísimo daño a los argentinos"

Falta un líder fuerte y democrático, dice
Juana Libedinsky
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13 de octubre de 2004  

NUEVA YORK.– Pasar entre las masas de turistas que disfrutan de una tarde de sol entre los negocios y restaurantes del símbolo ultimo del capitalismo norteamericano –el Rockefeller Center– y decirle al conserje (de la torre más alta del complejo, naturalmente) que uno viene a ver a mister Rockefeller tiene algo de intimidatorio.

Ni qué hablar de atravesar el pasillo que lleva a su oficina, donde cuelgan obras de Picasso, Manet, Gauguin, De Kooning, Rothko y Botero,y los budas, tapices y elefantes más extraordinarios del arte oriental.

Sin embargo, David Rockefeller –el menor de los seis hijos de John D. Rockefeller Jr. y el más parecido a su abuelo, John D. Rockefeller, el forjador de la fortuna familiar– es una persona extremadamente sencilla y con un gran sentido del humor. Cuando esta cronista comienza la nota preguntándole si hoy, siendo el último que queda de su generación, al borde de los 90 años y con el apellido que es sinónimo de millones, todavía usa billetera, Rockefeller, rápido como una bala, la saca del bolsillo del traje y la revolea alegremente para su inspección. Algunos billetes (considerablemente menos de los que tiene cualquier profesional de su edificio de oficinas, sin duda) y un par de tarjetas de crédito. Eso es todo lo que hay en el discreto estuche de cuero oscuro, ligeramente gastado.

Un poco decepcionante. Pero, claro, estamos hablando del hombre que fue durante décadas a trabajar en subte. "Me parecía lo lógico viajar como todos los demás empleados del banco; después me hicieron presidente del directorio del Chase Manhattan Bank y, como el cargo venía con auto de la empresa, tuve que cambiar mis hábitos", señala. Un hombre cuyo discretísimo traje gris y corbata azul pueden no ser de la última temporada. Que sostiene que "el éxito en los negocios requiere entrenamiento, disciplina y trabajo duro, pero si uno no teme a estas cosas, las oportunidades hoy son tan grandes como nunca". Pero un hombre que, a la vez, aclara: "Ser rico trae una obligación, que es hacer cosas que beneficien al resto".

En su caso ya ha quedado como símbolo de la filantropía. Además de su carrera como banquero y como diplomático informal del gobierno norteamericano, Rockefeller fundó el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard, que lleva su nombre, y es uno de los principales mecenas del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), fundado por su madre, del cual es presidente emérito y al cual donará la mayor parte de las piezas de su colección.

Rockefeller tiene un doctorado en economía de la Universidad de Chicago, en cuya tesis sostuvo que los empresarios toman decisiones no sólo para maximizar ingresos, sino para servir a las "necesidades de los trabajadores y de la comunidad en general".

Estuvo casado durante 55 años y su mujer, Peggy, murió en 1996. Tiene seis hijos y diez nietos y recientemente, para sorpresa de todos, publicó su biografía (que en breve llegará a la Argentina, editada por Planeta), en la que no sólo aborda las críticas a su familia sino que también se torna cándido respecto de los conflictos internos.

-En su biografía usted dice que se crió sintiendo que ser un Rockefeller equivalía a dar el éxito por sentado, a desarrollar cierta inmunidad a las críticas y a tener valores cristianos. ¿Cuán difícil fue crecer con ese apellido?

-Cuando se cuenta con amplios recursos, lo más importante es tener buenos padres y ser educado por personas que sepan transmitir valores. Yo los tuve, así que lo pasé muy bien. Me enseñaron que el dinero puede agregar mucho a la habilidad de desarrollar una vida constructiva, no sólo agradable para uno mismo, sino beneficiosa para los demás. Mi abuelo, por ejemplo, fue un pionero en la filantropía, que mi padre practicó en gran escala, y en la que la ética cristiana jugó una parte fundamental. Ahora, también es cierto que mi papá era el hijo mayor y heredero y puso muy en alto el standard de lo que significa ser un Rockefeller, por lo que cada logro era dado por sentado y la perfección era la norma. El siempre pensaba que había espacio para mejorar. De chicos nos dábamos cuenta de que pertenecíamos a una familia inusual, incluso excepcional, pero el efecto de esto fue distinto para cada uno de nosotros. Para algunos fue más una carga, para otros más una oportunidad. Yo siempre me sentí muy afortunado.

-Los Rockefeller fueron muy cuidadosos de su privacidad. ¿Por qué decidió publicar su biografía? ¿Es verdad que tomó la idea de Catherine Graham, quien fue la editora del Washington Post?

-Se dio una combinación de circunstancias. Básicamente, yo sentía que había tenido una vida interesante, en la cual había conocido a mucha gente importante, y que si bien había muchos libros escritos sobre mi familia, no había ninguno que diese la visión desde adentro. Así que me puse a juntar información que podía servir durante unos cuantos años y después armamos el libro junto a mi amigo y colega Peter Johnson. Mientras yo trabajaba en mi libro, Catherine trabajaba en el de ella, así que comparábamos notas. Vi que Catherine era muy abierta respecto de sus relaciones familiares y que eso resultaba interesante para el lector. Fue su ejemplo el que me dio el coraje para hacerlo yo también.

-Usted escribe que lo que más le gusta es el arte, conocer gente y viajar.

-Soy un viajero apasionado y, desde chico, los viajes fueron tan importantes en mi formación como la educación formal. Yo trato de rodearme de cosas bellas de diferentes partes del mundo. Eso lo aprendí de mi madre, Abby Aldrich Rockefeller, que tenía un gusto muy ecléctico, de la antigüedad clásica a lo último en arte contemporáneo. Claro que algunas cosas son transportables. Otras, como la catedral de Chartres... hay que ir a verlas. Es uno de los edificios más lindos del mundo, y trato de viajar allí cada vez que puedo.

-¿Compra cada obra de arte que le gusta?

-Cuando veo algo que me gusta mucho, lo compro, pero no voy por ahí en búsquedas desenfrenadas. Trato de ser razonable.

-¿Cómo nació su interés por América latina?

-Supongo que lo despertó mi hermano Nelson, a quien en la Segunda Guerra Mundial el presidente Roosevelt le pidió que fuera coordinador de relaciones con América latina para el gobierno norteamericano. Yo empecé a viajar con él y mi primera visita a la Argentina fue en 1954. Ya hablaba algo de castellano porque, como durante la guerra estuve dos años en el frente, al volver a casa decidimos tomarnos una segunda luna de miel con mi mujer. El lugar elegido fue México, así que antes de partir me puse a tomar clases. Después, en mi carrera en el banco, me ocupé varios años del área latinoamericana e incluso cuando fui presidente del directorio seguí muy interesado en la zona, porque era muy importante para nosotros y había que promoverla.

-Desde entonces ha visitado la Argentina en varias ocasiones. ¿Por qué cree que fracasamos como país una y otra vez?

-No sé si aceptaría la descripción de que el país fracasó una y otra vez. Lo que sí veo es que por una razón u otra la Argentina cayó presa de un número de dictadores que la manejaron demasiado tiempo, lo cual sólo podía resultar pésimo para el país. Nunca voy a entender por qué pasó, los argentinos son tan extraordinariamente bien educados, con gente tan brillante para los negocios, en las artes, la literatura? Es realmente sorprendente. En el caso de Perón, en particular, creo que les hizo muchísimo daño a los argentinos, no sólo internamente sino también externamente.

-¿Cómo ve a la Argentina hoy?

-Es muy triste ver que no logra establecer una base democrática sólida a partir de la cual elegir líderes que realmente sepan hacia dónde encaminar al país. Como resultado, se ha visto envuelta en una serie de crisis económicas, financieras y de varios otros tipos, lo que me parece una lástima inmensa porque, como le dije, la Argentina es uno de los grandes países del mundo.

-¿Qué opina de Kirchner?

-Lo conocí hace poco, y superficialmente, y no tengo una noción clara de cómo le está yendo. De cualquier manera, me parece que hace tiempo que la Argentina no tiene un líder democrático fuerte que a la vez sea bueno manejando la economía y los problemas económicos.

-¿Qué hay que hacer con la deuda?

-Si tuvieran un líder fuerte que entendiese los problemas económicos, estaría tomando más medidas para enderezar la economía y manejar la deuda. Entiendo que era muy difícil pagar cuando les iba tan mal, pero negociar con el Fondo y resolver el problema sigue siendo la mejor idea.

-¿Sigue creyendo en el capitalismo?

-El capitalismo, junto con la democracia, pueden tener muchos problemas. Pero, como dijo Churchill, aunque sea una mala forma de gobierno, todas las demás son peores. Yo tiendo a pensar que un gobierno democrático con un equipo económico sólido, que maneja las cuentas de manera prolija y que toma obligaciones y luego las paga, es infinitamente superior a cualquier otra cosa. Ni qué hablar de las dictaduras, que siempre han resultado un desastre. Por eso, todavía tengo esperanzas de que la Argentina logre un liderazgo fuerte y democrático.

-¿Cómo ve la década de los 90?

-Como una década de enorme prosperidad, en la cual alguna gente se dejó llevar y permitió que la ambición y el egoísmo fuese una parte demasiado importante de su vida. Creo que la década del 20 fue similar, hasta cierto punto, por las mismas razones.

-En la Argentina, ¿le gustaba Menem?

-Siempre me sentí más cercano a la perspectiva de Cavallo. Menem era más un político, y uno tendría la impresión de que estaba más sujeto a la corrupción de lo que hubiese sido deseable para el bien del país. En cambio, a Cavallo lo sigo viendo cada tanto acá en Estados Unidos.

-Peter Johnson dice que Cavallo a usted le reconoció haber hecho un par de errores de estimación, que quizá debería haber abandonado la convertibilidad antes...

-Pero probablemente haya sido la mejor persona que ustedes hayan tenido en el gobierno en mucho tiempo y todavía le tengo respeto.

-¿Qué hay de Amalia Fortabat?

-Es una gran amiga y su carrera fue impresionante. Tomó las riendas de la fortuna de su marido al enviudar y demostró que tenía un gran talento para manejarla. Respeto muchísimo su habilidad y además le tengo un gran afecto.

-En líneas generales, ¿cómo vive el mundo posterior al 11 de septiembre?

-El reconocimiento de que el terrorismo es una amenaza en todo el mundo ha conseguido que la gente se dé cuenta de que quienes están en el gobierno deben tomar medidas de una manera más seria y ordenada de lo que jamás lo hicieron. Al mismo tiempo, implica que las energías están puestas en lidiar con la amenaza y no en construir gobiernos sólidos.

-Así como las Torres Gemelas, el Rockefeller Center es uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. ¿Le da miedo un atentado?

-Obviamente, sé que existe ese riesgo, pero no paso mi tiempo preocupándome por ello.

-¿Cómo ve las elecciones?

-Creo que serán muy reñidas, pero si Bush fuera reelegido yo me sentiría cómodo con el resultado. Es un hombre al que respeto, así como respetaba a su padre, y tengo la esperanza de que será acompañado de gente idónea que le permitirá hacer un buen trabajo.

-Pero con Bush Estados Unidos es más odiado que nunca en su historia. Después de su trayecto a favor de la amistad entre los pueblos, ¿cómo lo siente?

-En la medida en que eso que usted dice sea cierto -y creo que lo es en una serie de países-, es quizá resultado de que Estados Unidos se ha convertido, de forma indisputada, en el país más poderoso del mundo. Al manejar a otras personas y lugares, ha dado la impresión de ser arrogante. Y la arrogancia no es una cualidad atractiva, sobre todo porque los muy poderosos pueden darse el lujo de ser gentiles y compasivos, algo que los norteamericanos no hicimos.

-Entre los enojados está Europa. ¿Cómo ve el futuro de la relación transatlántica?

-Las relaciones entre Estados Unidos y Europa, obviamente, dejan mucho que desear y en parte es, justamente, porque con demasiada frecuencia los norteamericanos hacemos lo nuestro sin consultar, como sería sensato, a nuestros compañeros europeos. Pero Europa seguirá siendo una parte importante del mundo. La gran pregunta es no qué pasará en su relación con nosotros, sino si podrá actuar como unidad o si los distintos países irán reclamando mayor independencia. Me parece que en eso se está trabajando en este momento.

-¿Cuál debería ser el papel de Estados Unidos en el mundo?

-Estados Unidos, como la nación más poderosa del planeta, tiene la obligación de jugar un papel internacional. Cuanto más sólido es un país, más fuerte es su obligación de involucrarse, de tener una función moral. Pero creo que las Naciones Unidas juegan en todo un papel fundamental, y deberían tener mayor apoyo. Los norteamericanos tenemos que entender que no podemos hacer las cosas solos, que eso va, incluso, contra nuestro propio interés.

-¿Es optimista o pesimista mirando al futuro?

-Soy optimista. Creo que la tecnología moderna está permitiendo la mejora económica de la población. Me cuesta creer que las naciones desarrolladas no van a sacar ventaja de esto y no van poner la tecnología a trabajar por el bien del planeta. Hay más de dos mil millones de personas viviendo en la pobreza. Las naciones desarrolladas tenemos que dar todo el apoyo posible a las organizaciones que están intentando ayudar a las más pobres y jugar un papel constructivo en el mundo en general.

-Mirando para atrás en su vida, ¿se arrepiente de algo?

-Me hubiese gustado hacer todas las cosas que hice mejor de lo que las hice. No tengo graves arrepentimientos. He tenido una vida interesante, pero siempre hay espacio para mejorar.

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