
Sabia intuición
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LOS papeles del registro civil y las referencias bibliográficas dicen que Alberto Rex González, el más grande arqueólogo vivo de la Argentina, nació en Pergamino (provincia Buenos Aires) en 1918. El dato lleva a imaginar un señor de 81 años, disfrutando un plácido retiro en su casa, rodeado de recuerdos y anécdotas de expediciones. Pero nada está más alejado de la realidad.
Para prueba, basta con tratar de ubicarlo: es casi imposible. Puede estar dando una charla en Washington DC, visitando ruinas seculares en la lejana Camboya o recorriendo las cuevas sudafricanas donde sus colegas están desenterrando a los más antiguos representantes de la raza humana. Eso si se excluye la posibilidad de que el científico esté excavando en alguna zona remota de nuestro Noroeste.
En ese caso, hay que verlo con el cincel y el pincel, bajo un sol de 40 grados, dando una apasionante explicación de cada pieza de alfarería que toma entre sus manos, pidiendo y escuchando atentamente las opiniones de cada miembro de la expedición, incluso las de los más jóvenes... Hay que participar de su buen humor sólo un instante para descubrir que cultiva un arte extraño: el del abuelo bueno y sereno que todos tuvimos.
A Rex González no le basta con realizar búsquedas arqueológicas desde 1933, ni con haber participado de la misión franco-argentina para el salvataje de los sitios arqueológicos y monumentos de Nubia (Sudán), como dicen los papeles. Tampoco con llevar más de 130 trabajos científicos publicados. No. El hombre sigue perfectamente activo.
Los papeles también dicen que el doctor Alberto Rex González primero se recibió de médico en la Universidad Nacional de Córdoba, en 1945. Pasaron unos años, hasta que 1952 lo encontró con un título de antropología (especialidad arqueología), en la Universidad de Columbia, Estados Unidos.
Apenas tres años después, Rex González realizó uno de los aportes fundamentales a la arqueología de nuestro país y de Sudamérica: estudió los extraños restos que aparecían en el Noroeste de la Argentina y que no encajaban con las conocidas culturas Condorhuasi y La Ciénaga. Entonces llegó a la conclusión de que se trataba de una entidad distinta; otra cultura. La llamó La Aguada. Sus integrantes vivieron durante la segunda mitad del milenio pasado, y resultó ser la más avanzada de todas las culturas que habitaron nuestro país, antes de la llegada de los españoles.
Desde ese momento, la vida de Rex González se rodeó de cerámicas con dibujos geométricos de cóndores, ranas, serpientes y jaguares; estos últimos, los diseños preferidos de La Aguada, casi hasta la obsesión.
La vida lo golpeó duro en 1991, cuando perdió a Ana Elsa Montes, su esposa y, además, compañera de expediciones. Pero él se sobrepuso y unos años más tarde retomó las salidas de campo gloriosamente. "La cultura de La Aguada tiene que haber dejado algo más importante, más monumental", repitió durante décadas. Y tenía razón: para su vuelta a las expediciones excavó una pirámide cónica de nueve metros de altura, ubicada en un paraje remoto de Catamarca. Tiene paredes escalonadas en forma de pétalos y una compleja estructura interna. Es algo grande... No existe otro monumento parecido ni en la Argentina ni en el mundo. Y lo construyó la cultura de La Aguada, claro, como predijo Rex González.



